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Extraña conversación fuera de tiempo y espacio

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Cuando ella entró en el bar, él ya la estaba esperando, igual que la primera vez. Le costó un poco localizarlo, porque se había dejado la barba y el pelo se le había encenizado de canas. Pero era el único hombre que estaba sentado solo y el único que la miraba fijamente con una semi-sonrisa socarrona en el rostro. Ya no la miraban así. Ella se acomodó instintivamente el pelo detrás de las orejas, como hacía años atrás, cuando aún lo llevaba largo, pero ahora los mechones cortos y rebeldes –las canas, aun bajo la tinta son como viejas empecinadas- volvieron a encresparse como las patillas de un gato. No importa, pensó, qué más da. Se le sentó en frente. Buscó en el aire su penetrante olor a cigarro, pero el tiempo había pasado y ya no dejaban fumar en lugares públicos cerrados. Aquel gesto seductor sobre una taza de café quedaría para otras intimidades, que ellos no volverían a tener. Él le tomó con la punta de los dedos la punta de los dedos de ella. -Ya no te comés las uñas – dijo...

De madres e hijas

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Mi abuela materna, en cuyo honor llevo mi nombre, era lituana de origen. Vivía con mi abuelo, polaco él, en la Villa del Cerro de Montevideo  como la mayoría de los gringos provenientes de Europa del Este . Esta es la historia de su muerte. Perdón si los entrevero entre tanto "mi madre" y "su madre". Es que las historias de las generaciones, al mejor estilo de Esquilo, están imperiosamente entretejidas. María Teresa, mi madre, nunca le perdonó a mi abuela que no se cuidara la salud, yo estoy segura, pero nunca se permitió decírselo a nadie, y a mi abuela, menos. Mi abuela era gordísima, así me lo contó mi madre, y así es evidente en las numerosas fotos con las que me tropezaba cada tanto tiempo cuando aún vivía con mis padres. Era una mujer imponente, con una cara anchísima y cuadrada, con un par de ojos severísimos mirando fijamente a la cámara desde detrás de un par de anteojos, la boca pequeña y rígida, nunca dejaba entrever ni un esbozo de sonrisa. Per...

Protocolos

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Hace mucho, mucho tiempo, allá por el siglo XIII en que aparecieron las primeras universidades europeas en la civilización occidental, el mundo se volvió tan consciente del valor y el poder del conocimiento que, ya en el umbral del Renacimiento, los primeros humildes maestros que otorgaban a sus estudiantes habilitados la Licencia como nuevo maestro (de ahí la palabra "Licenciatura") se convirtieron gradualmente en aristócratas que concedían el honor de licenciar a alguien siempre y cuando a cambio el homenajeado diera una fiesta como las de la nobleza e hiciera a sus profesores regalos muy caros. Esa costumbre perduró en Europa hasta el presente, por lo menos en España, donde hasta por lo menos hace diez años los doctorandos tenían que llevar a los miembros del tribunal, luego de su defensa de tesis, a un restaurante gourmet para ofrecerles un banquete quizá tan caro (aunque puedo estar exagerando) como la carrera para la que había tenido que conseguir beca (pero sin bec...

Un buen trueque

Cuando empezamos a venir las primeras veces a la casa recién hecha en Playa Hermosa, alrededor era una selva de yuyo y barro. En un terreno frente al nuestro hay unos vecinos mayores, gente de chacra, sencilla y directa. No los conocíamos, pero vimos su pericia y le fuimos a pedir consejo sobre cómo empezar para armar un cierto jardín, que por el momento parecía imposible. El hombre, Miguel, sexagenario, una enorme panza pero hombros de remero, le prestó a Gustavo​ una bordeadora a nafta que había que colgársela con unas correas de cuero de tan pesada que era... Le dijo que si empezaba descabezando las margaritas asquerosas, esas que salen de las plantas pinchudas e invasivas, ya era un gran paso. Le enseñó a usar la bordeadora, y esperó a que se la colgara, la encendiera y cobrara sus primeras víctimas. Entonces se fue. Le dijo "usala todo lo que quieras, yo no la necesito hoy". Gustavo le daba sin ton ni son alrededor de toda la casa, ¡era verdaderamente una selva! Y se ca...

Venganza tardía

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Nunca fui una niña "chuchi". Las "chuchis" de mi escuela, a pesar de la pretendida uniformización del guardapolvos, usaban zapatitos ultra femeninos y se aguantaban las colitas o trenzas con adornos en forma de corazones o frutillas, y eran conscientes de ello. Notaban a la legua que yo era diferente. Jugábamos en ronda a "Yo soy la marinerita", y a mí nunca me elegían, porque nos levantábamos la falda de la túnica y allí quedaba al descubierto la pollera, que en las "chuchis" tenía muchos voladitos y colores, mientras que yo llevaba un shortcito azul marino de gimnasia. No se trataba de pobreza, ni de falta de cuidados de mi madre. Al contrario; era que mi mamá estaba muy comprometida con la practicidad. La ropa linda era para salir, no para ir a la escuela debajo del guardapolvos, donde nadie la veía y, además, se ensuciaba y envejecía. Las colitas tenían que ser unas banditas elásticas que sobresalieran poco, para que no se engancharan con n...

Terminar de matar a un fantasma

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Yo la quería a mi abuela paterna. La veía como un ángel. Eso me decía mi padre: “es un ángel”, sobre todo porque había logrado salir adelante con mi abuelo, que no era para nada bueno. “Borrachín” al principio de la vida, y con “poca iniciativa de hombre” durante el resto de la vida, es decir, no había sabido poner un negocio, siempre había sido empleado, como carpintero. Ella, por el contrario, había puesto un almacén, y lo había llevado adelante bastante bien para ser una mujer indefensa. (Mucho más tarde en la vida conocí la definición del complejo de Edipo). Yo la quería, aunque alguna vez me hizo “chas chas”. Yo la quería, aunque una vez, yo ya una mujercita, se dejó manipular por mi madre y me salió con un discurso sobre las chicas serias que nunca tendrían relaciones sexuales antes del matrimonio. Igual la quería.  Ella murió el 31 de diciembre de 1996. El día antes yo había estado cumpliendo veintiocho años. Ella tenía Alzheimer, y el día 29 se atragantó con un boc...

Mundo aparte

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Isabel se despertó a las cinco de la mañana, y se levantó un rato más tarde. No porque fuera necesario, sino porque no pudo volverse a dormir. Su compañera de habitación, por suerte, no se enteró de nada. Le mortificaba la idea de despertarla a su vez, de arruinarle el sueño. El día anterior Isabel había pasado todo el tiempo encerrada en el hotel, puliendo la conferencia que daría al otro día. Declamándola, practicando los énfasis y tonos de voz para que fuera inteligible para el público brasileño. ¿Todos entenderían español? Portuñol, seguro, pero ¿llegarían a comprender las sutilezas de sus argumentos sobre la relevancia de la discusión sobre derechos para la filosofía política? Que la entendieran era crucial. Era un argumento que venía pensando hacía varios años, y ahora había encontrado una ejemplificación extraordinaria en la legalización del matrimonio igualitario. ¿Sería claro el planteamiento? Y el lenguaje… ¿tendría que hablar demasiado rápido para poder comprimir...

En un lugar de Montevideo, de cuyo nombre no quiero acordarme...

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H. G. Wells en La máquina del tiempo describió un futuro de la especie humana dividido en dos razas: los Morlocks y los Eloi. Estos últimos viven en la superficie del planeta, en hermosos jardines, rodeados de armonía y belleza. Sólo tienen una perturbación. Saben que en determinadas noches del año, la tierra se abre para dar paso a los Morlocks, que habitan viviendas subterráneas, embrutecidos por la escasez de luz y condiciones sanitarias. Las noches en las que salen, indignados, ofuscados por la falta de aire y espacio, se dedican a devorar Elois. Los Morlocks son lo único a lo que los Eloi temen. * * * (Lo que van a leer a continuación no es ficción. Tuve el privilegio de que me fuera relatado por el mismo protagonista, mi colega. Uno de esos locos que quieren salvar el mundo. De esos locos que el mundo necesita, para tender puentes, no quemarlos. Uno de esos locos que no ven Morlocks ni Elois, ven personas. Como las vieron Martin Luther King, Madre Teresa de Calcuta, ...

Réquiem para el último de los goliardos

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Una fotografía cualquiera de Lee Jeffries, llamado "el fotógrafo de los indigentes" Nada, no hay nada. Busco una fotografía que me lo recuerde, algo en mis álbumes viejos de fotos impresas, algún dato en Google. Pero nada, todo apunta a que Carlos Schweizer, el personaje más pintoresco de todos los tiempos de nuestra Facultad de Humanidades, está condenado al olvido. Tipeo "Schweizer", "Humanidades", nada. Mucho menos en imágenes, y yo me muero por verlo una vez más. Con sus ojos azules, su pelo rubio oscuro, lacio y grasiento, su barba canosa, su sobretodo de paño tramado que despedía ese olor de los indigentes. Como lo describe Auster en "El palacio de la luna", "[...] mezcla de sudor rancio y agua de lluvia [...] como si todos los pliegues y arrugas de las prendas hubiesen decidido de repente contarle sus secretos al mundo." No lo encuentro. ¿Ya no lo veré más? Me tropiezo con esta foto de Lee Jeffries, y se le parece bastante....

Claustrofobia

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El grito - Edvard Munch A veces me encuentro con esa mujer. Porque me da lástima. Me dice alguna gente que hago mal, que no tengo que verla más. Otros me dicen que hago bien, que mi naturaleza compasiva me será alguna vez recompensada. La mujer me da lástima porque vive sola. Vive cerca de mi casa, y por lo tanto no debería costarme tanto trabajo ir a verla. Pero no me hace bien ir a verla. Le llevo unas fotos de mi viaje, y se aburre pronto, frustrando mis ganas de ver las imágenes una vez más, mostrárselas a alguien una vez más. Me interrumpe diciéndome: "Es muy interesante, pero tengo algo más urgente... Tenés que hacerme las cuentas de las facturas que pagué, porque quiero estar segura de que no haber perdido plata en alguna distracción". Le hago las cuentas con la calculadora de mi celular, enternecida porque supongo que a su edad ya se entrevera con las cuentas, y yo soy una especie de "experta" que le presta gratuitamente mis servicios. Eso me hace senti...

Road movie 2014 - al estilo impresionista IV - Demasiado pronto

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Generalmente a las personas se las conoce a lo largo del tiempo. Uno casi ni siquiera piensa en que las está conociendo. Los ve actuar, hacer gestos, hacer chistes o fruncir el ceño, preocupados por algo muy serio pero imperceptible para otras personas (y eso los hace grandiosos), o algo muy trivial (y eso los hace estúpidos), y nos vamos haciendo una idea del carácter. Después, nos  cuentan historias de su vida. Vemos ahí, también sin darnos cuenta, si sus historias se focalizan en señalar “la paja en el ojo ajeno”, o están llenas de compasión y buenos sentimientos. También tendemos a juzgar mejor los actos egoístas de alguien que ha sufrido mucho, si nos da la oportunidad de descubrir su lado vulnerable y ver que en realidad ha sufrido mucho. En fin. Tras unos meses, o tal vez años, uno después de esto puede decir que conoce a una persona. El problema está cuando uno está convencido de que la persona es relevante, quiere conocerla contra viento y marea, y sólo tiene unos ...