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Mostrando las entradas etiquetadas como golondrinas sin retorno

La boda

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Carmen Laffón - La novia Fue el 24 de febrero de 1968, exactamente diez meses y una semana antes de que yo abriera mis ojos por primera vez en este mundo. Todavía está el álbum de fotos en casa, todas monocromáticas, prendidas de las páginas de cartulina negra con esquineritos dorados. Ella parecía una princesa con su vestido blanco largo, sus guantes de seda y su diadema de piedritas brillantes, y le agregaba un cierto aire de solemne misterio un velo transparente de tul que la cubría desde la cabeza hasta el pecho. De casi todas las novias se dice que parecen princesas. Esta descripción no es nada original, y de nulo valor literario. Pero permítaseme hacerla porque se trataba de mi mamá, y todas las niñas en algún momento de la vida queremos decir que nuestra mamá era una princesa. No voy a privarme de ese gusto. En las fotos resalta mi abuelo Casimiro llevándola al altar, ya viejo (creo que siempre fue viejo, hasta su muerte veinte años después). Está también el resto de los p...

Encuentros imposibles (y que, sin embargo, sucedieron)

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Algunos de ustedes saben que estoy escribiendo sobre mis ancestros, y sobre mi búsqueda, esa misma búsqueda que me permite escribir sobre ellos.  Esta es la historia de un encuentro que sucedió en febrero de 2013, en que estuve 1 día en el pueblo donde nacieron mis abuelos en Polonia, llamado Zabiele. "Magoya", a quien se hace referencia, no es ningún personaje tanguero. Se trata de mi prima Malgorzata (Margarita en polaco) que me hizo de guía e intérprete durante ese día que marcó un antes y después en mi vida. Le llamo así porque su diminutivo en polaco suena algo así como "Maugoya"; me reí la primera vez que lo dije en casa, todos dijeron "Magoya!" y le quedó, entre nosotros, aunque ella lo sepa pero no entienda jamás. Tendría que nacer de nuevo en el Río de la Plata para entender lo que el apodo que le dimos significa.  Aquí va el relato. Comenzando con una foto del descampado paisaje con el que mis abuelos crecieron, y que para mí fue tan exótico...

De madres e hijas

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Mi abuela materna, en cuyo honor llevo mi nombre, era lituana de origen. Vivía con mi abuelo, polaco él, en la Villa del Cerro de Montevideo  como la mayoría de los gringos provenientes de Europa del Este . Esta es la historia de su muerte. Perdón si los entrevero entre tanto "mi madre" y "su madre". Es que las historias de las generaciones, al mejor estilo de Esquilo, están imperiosamente entretejidas. María Teresa, mi madre, nunca le perdonó a mi abuela que no se cuidara la salud, yo estoy segura, pero nunca se permitió decírselo a nadie, y a mi abuela, menos. Mi abuela era gordísima, así me lo contó mi madre, y así es evidente en las numerosas fotos con las que me tropezaba cada tanto tiempo cuando aún vivía con mis padres. Era una mujer imponente, con una cara anchísima y cuadrada, con un par de ojos severísimos mirando fijamente a la cámara desde detrás de un par de anteojos, la boca pequeña y rígida, nunca dejaba entrever ni un esbozo de sonrisa. Per...

Terminar de matar a un fantasma

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Yo la quería a mi abuela paterna. La veía como un ángel. Eso me decía mi padre: “es un ángel”, sobre todo porque había logrado salir adelante con mi abuelo, que no era para nada bueno. “Borrachín” al principio de la vida, y con “poca iniciativa de hombre” durante el resto de la vida, es decir, no había sabido poner un negocio, siempre había sido empleado, como carpintero. Ella, por el contrario, había puesto un almacén, y lo había llevado adelante bastante bien para ser una mujer indefensa. (Mucho más tarde en la vida conocí la definición del complejo de Edipo). Yo la quería, aunque alguna vez me hizo “chas chas”. Yo la quería, aunque una vez, yo ya una mujercita, se dejó manipular por mi madre y me salió con un discurso sobre las chicas serias que nunca tendrían relaciones sexuales antes del matrimonio. Igual la quería.  Ella murió el 31 de diciembre de 1996. El día antes yo había estado cumpliendo veintiocho años. Ella tenía Alzheimer, y el día 29 se atragantó con un boc...

Morir una muerte ajena

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Detalle de Guernica, Picasso. Mi hermano llamó a su hijo Jan Modzelewski, en honor a su bisabuelo, a quien no tuvo posibilidades espacio-temporales de conocer. Pero mi hermano llegó hasta ese momento de la historia; el nombre elegido fue el de nuestro abuelo, porque era el más viejo de la línea ancestral que conocíamos, y le divertía el hecho de que se llamaran igual. Lo que mi hermano no sabía en ese momento, era que su nombre no era el segundo en la dinastía, sino el cuarto, y que cada uno tenía su historia, una historia diferente. Tal vez la más fascinante sea la del Jan Modzelewski nacido en el año 1920; heroica y a la vez irónica, como pocas historias que he conocido. Jan Modzelewski era sobrino de mi abuelo, y se cruzaron en el mundo cuando ambos vivían en Zabiele, hasta 1930 en que mi abuelo partió para Sudamérica. Fueron 10 años en la vida del pequeño Jan, pero su tío Jan ya tenía 20, y un corazón audaz y enorme como para enamorarse de una mujer y lanzarse a lo desc...

De inmigrantes y barcos

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Barco de inmigrantes, de Marcel Janco (rumano, 1895-1984) Así llegó Jan Modzelewski, mi abuelo, en uno de esos tantos barcos que traían inmigrantes desde la Europa oriental. Llegaban con sus baúles, repletos con sus humildes ropas, abrigos como acolchados de plumas que en sus aldeas habían sido imprescindibles, y recuerdos, como alguna única foto existente de sus padres, o un relicario con un mechón de cabellos de alguien muy querido, a quien no sabían si volverían a ver. Casi con certeza que no, que no volverían a verle. Esos viajes están llenos de anécdotas; todas muy diferentes pero todas capaces de ser contadas en un solo capítulo, porque no importa si fueron protagonizadas por alguien con tal o cual nombre, ni un año antes o uno después; todos vivieron cosas semejantes, o al menos podían reconocerse en el relato de otros. Por eso les gustaba reunirse, por las noches, a estos jovencitos inmigrantes, a contarse sus anécdotas y recuerdos del barco, que a todos fascinaban...

Despedidas y encuentros

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La víspera del día que murió mi padre, yo estaba a punto de dormirme cuando me sobresaltó un golpe en la puerta del dormitorio. Mi marido estaba mirando la televisión con auriculares para no molestarme, por lo que no había escuchado nada. “Alguno de los chiquilines golpeó la puerta” le dije, incorporándome. “Entrá”, ordenamos al unísono, pero la puerta no se abrió. Entonces él se levantó y comprobó que no había nadie. La casa estaba sumida en el silencio. Veinticuatro horas más tarde, mi padre murió, mientras dormía, en la residencia de ancianos donde vivía hacía alrededor de un año. Ese día, el que transcurrió entre el golpe en la puerta y su muerte, no fui a verlo. Pero mi madre sí. Había alerta climática ese día, una lluvia y un viento insistentes que doblegaban a los árboles más jóvenes y a los transeúntes empecinados, pero ella sintió que necesitaba verlo. Así que agarró su campera de nailon con capucha, porque no había paraguas que resistiera, y ahí fue, cargando con esa...

Mi hijo y sus conclusiones de lo que yo le cuento...

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Cuando tenía ocho años, mi hijo Emiliano tuvo que escribir para la escuela una redacción sobre sus ancestros. Esto fue lo que escribió, después de preguntarme anécdotas y con mi ayuda para expresarse más claramente. ¡Lo encontré hoy después de años perdido en un cajón! Es divertidísimo, y lo comparto. "Los inmigrantes" de Rodolfo Campodónico Hace muchos años cuando en Europa no había trabajo mis bisabuelos vinieron de Polonia a Uruguay en barco. Les llevaba como un mes llegar. Venían en muchos barcos y no todos juntos. Venían unos un mes y otros otro mes. Los que venían primero iban aprendiendo el idioma español despacio. Porque ellos hablaban polaco y no entendían nuestro idioma. Eran tan despistados que mi bisabuelo una vez cuando se estaba quedando en el Hotel de los Inmigrantes en la Ciudad Vieja salió a caminar y encontró una barraca y por señas preguntó si le podían dar trabajo y le dijeron que sí que viniera mañana. Al otro día fue muy contento a trabajar pero ...

Golondrinas sin retorno (intermedio 1)

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Para ayudar en esta reconstrucción de mi propia historia estoy recurriendo a personas que pueden haber conocido de una manera u otra a mis abuelos. Mi madrina era alguien muy importante en esta tarea, porque era hija del hermano de mi abuela. Ya hablé de ella en una de las entradas de las golondrinas. Fue un día en que me dispuse a llamarla para averiguar, si era posible, la dirección de mi abuela en Zabiele, para pasársela a la muchacha polaca que vive en Canadá cuya abuela aún sigue viviendo en Zabiele. Esas vueltas de la vida... Esa tarde no encontré a mi madrina en su casa, porque estaba internada, con líquido en los pulmones. Era el comienzo del fin. Nunca más hablé con ella. No teníamos una relación fluida, yo sólo la veía en algún funeral de conocidos, poquísimas veces al año. El último funeral en el que la vi fue en el de ella misma, hace aproximadamente un mes. Se murió mi madrina... Y con ella los últimos datos más verosímiles sobre la vida de la familia de mi a...