Dosis
Es sábado y la casa, tan grande y tan vacía, tiene ese silencio espeso de los fines de semana solitarios, cuando el tiempo parece derretirse sobre los muebles. La luz entra oblicua por la ventana del comedor y cae sobre la mesa donde debería estar trabajando. La computadora abierta, el cursor titilando como un reproche. Pero yo no estoy ahí. Estoy caminando. Camino por la casa con el celular en la mano, como si llevara un vaso de whisky que no puedo apoyar ( no tomo whisky, pero esta escena lo exige). Audio va; audio viene. Dos horas; tal vez más. El reloj dejó de tener importancia hace rato. Desde que lo desbloqueé en WhatsApp, en nombre de la civilización, algo volvió a abrirse como una puerta que yo había clausurado con llave. Por email era distinto. Más lento. Más frío. Más razonable. El correo electrónico no tiene respiración. La voz sí. La voz entra por el oído y baja directo al cuerpo. Escucho el tono, las pausas, ese modo de decir “bueyes perdidos” como si de verdad e...