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Mostrando las entradas etiquetadas como inmigrantes

La boda

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Carmen Laffón - La novia Fue el 24 de febrero de 1968, exactamente diez meses y una semana antes de que yo abriera mis ojos por primera vez en este mundo. Todavía está el álbum de fotos en casa, todas monocromáticas, prendidas de las páginas de cartulina negra con esquineritos dorados. Ella parecía una princesa con su vestido blanco largo, sus guantes de seda y su diadema de piedritas brillantes, y le agregaba un cierto aire de solemne misterio un velo transparente de tul que la cubría desde la cabeza hasta el pecho. De casi todas las novias se dice que parecen princesas. Esta descripción no es nada original, y de nulo valor literario. Pero permítaseme hacerla porque se trataba de mi mamá, y todas las niñas en algún momento de la vida queremos decir que nuestra mamá era una princesa. No voy a privarme de ese gusto. En las fotos resalta mi abuelo Casimiro llevándola al altar, ya viejo (creo que siempre fue viejo, hasta su muerte veinte años después). Está también el resto de los p...

Encuentros imposibles (y que, sin embargo, sucedieron)

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Algunos de ustedes saben que estoy escribiendo sobre mis ancestros, y sobre mi búsqueda, esa misma búsqueda que me permite escribir sobre ellos.  Esta es la historia de un encuentro que sucedió en febrero de 2013, en que estuve 1 día en el pueblo donde nacieron mis abuelos en Polonia, llamado Zabiele. "Magoya", a quien se hace referencia, no es ningún personaje tanguero. Se trata de mi prima Malgorzata (Margarita en polaco) que me hizo de guía e intérprete durante ese día que marcó un antes y después en mi vida. Le llamo así porque su diminutivo en polaco suena algo así como "Maugoya"; me reí la primera vez que lo dije en casa, todos dijeron "Magoya!" y le quedó, entre nosotros, aunque ella lo sepa pero no entienda jamás. Tendría que nacer de nuevo en el Río de la Plata para entender lo que el apodo que le dimos significa.  Aquí va el relato. Comenzando con una foto del descampado paisaje con el que mis abuelos crecieron, y que para mí fue tan exótico...

Pez gordo

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“Puede arrancar a nadar”, le dijo el capitán Lovera al periodista argentino. Era el 1 de agosto de 1952, en Helsinski, y Uruguay acababa de ganar la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos en básquetbol contra Argentina. El periodista, al ver a Uruguay en la penosa situación de terminar el partido con 4 jugadores, había prometido al aire que si Argentina no ganaba el tercer puesto en esas circunstancias, volvería a nado. Enardecida, la prensa oriental habló de patriotas, pero había uno de ellos que no era uruguayo, venía desde muy lejos, y estaba en ese glorioso momento por una serie de casualidades. Hacia finales de la década de 1920 fueron llegando al puerto de Montevideo, en esos tantos barcos que venían de la Europa oriental, una cantidad numerosísima de gringos entre los que estaban mis abuelos. Llegaban con sus baúles repletos de sus ropas desteñidas y recuerdos, una única foto existente de sus padres, o un relicario con un mechón de cabellos. Esos viajes, que duraban ...

De madres e hijas

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Mi abuela materna, en cuyo honor llevo mi nombre, era lituana de origen. Vivía con mi abuelo, polaco él, en la Villa del Cerro de Montevideo  como la mayoría de los gringos provenientes de Europa del Este . Esta es la historia de su muerte. Perdón si los entrevero entre tanto "mi madre" y "su madre". Es que las historias de las generaciones, al mejor estilo de Esquilo, están imperiosamente entretejidas. María Teresa, mi madre, nunca le perdonó a mi abuela que no se cuidara la salud, yo estoy segura, pero nunca se permitió decírselo a nadie, y a mi abuela, menos. Mi abuela era gordísima, así me lo contó mi madre, y así es evidente en las numerosas fotos con las que me tropezaba cada tanto tiempo cuando aún vivía con mis padres. Era una mujer imponente, con una cara anchísima y cuadrada, con un par de ojos severísimos mirando fijamente a la cámara desde detrás de un par de anteojos, la boca pequeña y rígida, nunca dejaba entrever ni un esbozo de sonrisa. Per...

Morir una muerte ajena

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Detalle de Guernica, Picasso. Mi hermano llamó a su hijo Jan Modzelewski, en honor a su bisabuelo, a quien no tuvo posibilidades espacio-temporales de conocer. Pero mi hermano llegó hasta ese momento de la historia; el nombre elegido fue el de nuestro abuelo, porque era el más viejo de la línea ancestral que conocíamos, y le divertía el hecho de que se llamaran igual. Lo que mi hermano no sabía en ese momento, era que su nombre no era el segundo en la dinastía, sino el cuarto, y que cada uno tenía su historia, una historia diferente. Tal vez la más fascinante sea la del Jan Modzelewski nacido en el año 1920; heroica y a la vez irónica, como pocas historias que he conocido. Jan Modzelewski era sobrino de mi abuelo, y se cruzaron en el mundo cuando ambos vivían en Zabiele, hasta 1930 en que mi abuelo partió para Sudamérica. Fueron 10 años en la vida del pequeño Jan, pero su tío Jan ya tenía 20, y un corazón audaz y enorme como para enamorarse de una mujer y lanzarse a lo desc...

De inmigrantes y barcos

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Barco de inmigrantes, de Marcel Janco (rumano, 1895-1984) Así llegó Jan Modzelewski, mi abuelo, en uno de esos tantos barcos que traían inmigrantes desde la Europa oriental. Llegaban con sus baúles, repletos con sus humildes ropas, abrigos como acolchados de plumas que en sus aldeas habían sido imprescindibles, y recuerdos, como alguna única foto existente de sus padres, o un relicario con un mechón de cabellos de alguien muy querido, a quien no sabían si volverían a ver. Casi con certeza que no, que no volverían a verle. Esos viajes están llenos de anécdotas; todas muy diferentes pero todas capaces de ser contadas en un solo capítulo, porque no importa si fueron protagonizadas por alguien con tal o cual nombre, ni un año antes o uno después; todos vivieron cosas semejantes, o al menos podían reconocerse en el relato de otros. Por eso les gustaba reunirse, por las noches, a estos jovencitos inmigrantes, a contarse sus anécdotas y recuerdos del barco, que a todos fascinaban...

Despedidas y encuentros

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La víspera del día que murió mi padre, yo estaba a punto de dormirme cuando me sobresaltó un golpe en la puerta del dormitorio. Mi marido estaba mirando la televisión con auriculares para no molestarme, por lo que no había escuchado nada. “Alguno de los chiquilines golpeó la puerta” le dije, incorporándome. “Entrá”, ordenamos al unísono, pero la puerta no se abrió. Entonces él se levantó y comprobó que no había nadie. La casa estaba sumida en el silencio. Veinticuatro horas más tarde, mi padre murió, mientras dormía, en la residencia de ancianos donde vivía hacía alrededor de un año. Ese día, el que transcurrió entre el golpe en la puerta y su muerte, no fui a verlo. Pero mi madre sí. Había alerta climática ese día, una lluvia y un viento insistentes que doblegaban a los árboles más jóvenes y a los transeúntes empecinados, pero ella sintió que necesitaba verlo. Así que agarró su campera de nailon con capucha, porque no había paraguas que resistiera, y ahí fue, cargando con esa...

Historia de una mente enferma

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Detalle de Alegoría con Venus y Cupido (1540/45) de Agnolo Bronzino Cuando conoció a María Luisa, Antonio sospechó que se perdería con ella. Nunca le había ocurrido eso. Había creído conocer el amor con su primera novia, la sonriente Angélica, cuya voz recordaba a un cascabel navideño, y siempre estaba alegre y juguetona. Era bajita y morocha, con una naricita que fruncía con picardía cuando estaba a punto de soltar un chiste, y era profusa en abrazos y besos. A él le había gustado en la etapa en que descubrió su naricita y sus ojitos que se llenaban de lágrimas tanto por risa como por sensibilidad exacerbada, pero lo enloqueció cuando sus besos se fueron haciendo más apasionados, y su lengua exploraba terrenos en que la boca de él había permanecido virgen. Había algo de enfermo en lo que sentía por Angélica, él lo presentía, pero no pudo detenerse para reflexionarlo y hacer un alto, o entregarse al gozo. Les había encantado al comienzo del noviazgo ir al cine; de hecho, esa...