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Mostrando las entradas etiquetadas como leyendas urbanas verdaderas

Dosis

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  Es sábado y la casa, tan grande y tan vacía, tiene ese silencio espeso de los fines de semana solitarios, cuando el tiempo parece derretirse sobre los muebles. La luz entra oblicua por la ventana del comedor y cae sobre la mesa donde debería estar trabajando. La computadora abierta, el cursor titilando como un reproche. Pero yo no estoy ahí. Estoy caminando. Camino por la casa con el celular en la mano, como si llevara un vaso de whisky que no puedo apoyar ( no tomo whisky, pero esta escena lo exige). Audio va; audio viene. Dos horas; tal vez más. El reloj dejó de tener importancia hace rato. Desde que lo desbloqueé en WhatsApp, en nombre de la civilización, algo volvió a abrirse como una puerta que yo había clausurado con llave. Por email era distinto. Más lento. Más frío. Más razonable. El correo electrónico no tiene respiración. La voz sí. La voz entra por el oído y baja directo al cuerpo. Escucho el tono, las pausas, ese modo de decir “bueyes perdidos” como si de verdad e...

Policial negro sin cadáver

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  La casa olía a café de ayer y a madera húmeda, recorrida por cucarachas nocturnas que se oían cuando se imponía el silencio. Era una casa donde las cosas no se rompían; solo se quedaban donde las dejabas. Como él. Ella supo la verdad una noche cualquiera. No hubo gritos. No hubo confesiones.  En el cuarto, los niños dormían atravesados sobre la cama matrimonial, ocupándolo todo,  con la televisión murmurando dibujitos azules en la pared. Él estaba parado en la puerta. No entraba. No salía. Miraba. No parecía un hombre enamorado. Parecía un hombre que había tomado una decisión años atrás y todavía la estaba pagando. Ella entendió algo simple; que él nunca se había quedado por ella. Se había quedado por un cuerpo pequeñito ocupando el centro del mundo. Por no ser el tipo que arma una valija y desaparece. Por poder mirarse al espejo sin escupirse. Con ella tenía una vida. Y después, otro hijo; otra estaca clavándolo al suelo. Con la otra, tenía una historia....

El día de mi película

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Fue bastante revelador para mí leer el libro “Sapiens” de Yuval Harari, donde reconstruye, a partir de las investigaciones científicas disponibles, la historia de nuestra humanidad como cimentada esencialmente sobre la base de la ficción. Los humanos, desde esa perspectiva, vivimos en un mundo irreal para cualquier otro animal, construido exclusivamente por relatos ficticios que existen solo dentro de nuestras mentes, pero que compartimos intersubjetivamente, y eso es lo que los constituye en “realidad”. Ejemplo de esa realidad alterna posibilitada exclusivamente por relatos es lo que voy a contarles a continuación. Todavía le doy vueltas al asunto y me pregunto cómo habría resultado si no hubiera narraciones orales, libros, películas. Y la conclusión a la que llego, por diferentes caminos, es la misma: nada de esto habría tenido lugar en otra dimensión, otro universo, donde no se contaran historias. Para la Navidad de 2018, mi amiga goiana Ebe con su marido e hijos decidieron pa...

Fantasma de hospital

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Retrato del fotógrafo Lee Jeffries, tomado de https://www.lilavert.com/blog_lilavert/lee-jeffries-photography/ Cecilia es Licenciada en Enfermería y Supervisora General en el Hospital Español. Hoy llega como siempre, a las 12 del mediodía con un yoprole en el bolsillo, de frutilla, como ella sabe que será bienvenido. Pasa frente a la habitación de Marcel y lo busca dentro, con curiosidad. Él está sentado sobre la cama, la ve y sonríe, como siempre. Alguna enfermera lo afeitó ayer, se nota en el brillo aterciopelado de su piel entre los pliegues surgidos de sus gestos, los mismos que durante años y años de vida fueron dejando su surco. Él la ve pasar y sale a su encuentro al pasillo, con los ojos luminosos como un niño. Hasta ayer le caía un mechón de canas sobre la frente, pero también se lo recortaron. Parece un trabajador, vestido de pobre y de limpio, pronto para salir a tomar el ómnibus. Sólo que él no va a ningún sitio, ni hoy ni en los días siguientes, al menos según el p...

La boda

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Carmen Laffón - La novia Fue el 24 de febrero de 1968, exactamente diez meses y una semana antes de que yo abriera mis ojos por primera vez en este mundo. Todavía está el álbum de fotos en casa, todas monocromáticas, prendidas de las páginas de cartulina negra con esquineritos dorados. Ella parecía una princesa con su vestido blanco largo, sus guantes de seda y su diadema de piedritas brillantes, y le agregaba un cierto aire de solemne misterio un velo transparente de tul que la cubría desde la cabeza hasta el pecho. De casi todas las novias se dice que parecen princesas. Esta descripción no es nada original, y de nulo valor literario. Pero permítaseme hacerla porque se trataba de mi mamá, y todas las niñas en algún momento de la vida queremos decir que nuestra mamá era una princesa. No voy a privarme de ese gusto. En las fotos resalta mi abuelo Casimiro llevándola al altar, ya viejo (creo que siempre fue viejo, hasta su muerte veinte años después). Está también el resto de los p...

Diario de Rio IV

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Historias viejas para entender historias nuevas. O "no puede ser verdad".  (escrito el jueves 12/10/2017; pasible de ser publicado recién hoy…) Praia de Icaraí, Niteroi El silencio de varios días en este diario se debió por una parte a las actividades académicas, sobre las que no siempre hay algo muy pintoresco que decir, y por otra parte a un viaje de toda la tarde del martes a Niteroi, del que sí hay mucho para contar, pero cuando los acontecimientos son conmovedores por demás es necesario que pase un tiempo para ser capaz de decir algo. Ahora, a mi regreso, desde el aeropuerto de Galeao, esperando mi vuelo con tiempo de sobra, puedo intentar recuperar ese recorrido. Niteroi es la antigua capital del estado de Rio de Janeiro, una pequeña ciudad de apenas medio millón de habitantes, cruzando la Bahía de Guanabara, que se comunica con Rio por un puente de varios kilómetros que atraviesa  la Bahía. ¿Qué íbamos a hacer a Niteroi? Es un relato aparte. Un relato que co...

Réquiem para una osadía

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26/10/2016. Mawi Gómez fotografía Llegué al barrio de los “cuernos de Batlle”, del que Krisse se acaba de marchar, en 1977, poco antes de cumplir los nueve años. Ella me llevaba sólo tres, pero a esas edades la diferencia parece muy grande. Vivíamos, tanto en ese entonces como hoy (que ambas volvimos después de que la vida girara a su propio antojo), a sólo dos cuadras de distancia. Pero cuando uno es pequeño, su radio social se restringe a la propia manzana. Es recién en la adolescencia que uno comienza a aventurarse por su cuenta alguna calle más lejos, tal como los documentales muestran a los cachorros que se alejan de la madriguera para explorar. Krisse llegó a esa etapa, pues, tres años antes que yo. Mi mejor amiga era Fernanda, que vivía casa por medio de la mía. Ella sigue estando en mi núcleo más cercano; es increíble qué cortos son al fin y al cabo los trayectos que podemos llegar a recorrer los humanos durante nuestras increíbles vidas. Los cachorros de los documentales ...

Pez gordo

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“Puede arrancar a nadar”, le dijo el capitán Lovera al periodista argentino. Era el 1 de agosto de 1952, en Helsinski, y Uruguay acababa de ganar la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos en básquetbol contra Argentina. El periodista, al ver a Uruguay en la penosa situación de terminar el partido con 4 jugadores, había prometido al aire que si Argentina no ganaba el tercer puesto en esas circunstancias, volvería a nado. Enardecida, la prensa oriental habló de patriotas, pero había uno de ellos que no era uruguayo, venía desde muy lejos, y estaba en ese glorioso momento por una serie de casualidades. Hacia finales de la década de 1920 fueron llegando al puerto de Montevideo, en esos tantos barcos que venían de la Europa oriental, una cantidad numerosísima de gringos entre los que estaban mis abuelos. Llegaban con sus baúles repletos de sus ropas desteñidas y recuerdos, una única foto existente de sus padres, o un relicario con un mechón de cabellos. Esos viajes, que duraban ...

Historias tangenciales (a la presentación de un libro) 1

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El 5 de octubre presenté mi segunda novela. No voy a contar lo obvio, como si hiciera una nota de prensa. Quiero contarles cosas que sólo viví yo, y que fueron verdaderamente movilizadoras. Como si fuera, digamos, los entretelones. Empecemos por esta:  EL SEÑOR QUE VINO BUSCANDO A UN FANTASMA Terminada la presentación, yo me encontraba en el hall del Salón Dorado de la Intendencia de Montevideo, firmando primeras páginas de ejemplares del libro, sonriendo tanto que hasta dos días después me dolían los músculos de la cara, bastante aturdida, entreverando nombres y pasando vergüenza si a alguien bastante conocido le tenía que preguntar cómo se llamaba porque la emoción me provocó lagunas. Me ocurre seguido eso. De sentir una importante sensación en el pecho y de pronto olvidar lo que estaba diciendo. En fin, un enjambre de personas, caras sonrientes, mucho amor, claro, muchos abrazos previstos, imaginados y deseados, pero que en ese momento no podía disfrutar del ...

Protocolos

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Hace mucho, mucho tiempo, allá por el siglo XIII en que aparecieron las primeras universidades europeas en la civilización occidental, el mundo se volvió tan consciente del valor y el poder del conocimiento que, ya en el umbral del Renacimiento, los primeros humildes maestros que otorgaban a sus estudiantes habilitados la Licencia como nuevo maestro (de ahí la palabra "Licenciatura") se convirtieron gradualmente en aristócratas que concedían el honor de licenciar a alguien siempre y cuando a cambio el homenajeado diera una fiesta como las de la nobleza e hiciera a sus profesores regalos muy caros. Esa costumbre perduró en Europa hasta el presente, por lo menos en España, donde hasta por lo menos hace diez años los doctorandos tenían que llevar a los miembros del tribunal, luego de su defensa de tesis, a un restaurante gourmet para ofrecerles un banquete quizá tan caro (aunque puedo estar exagerando) como la carrera para la que había tenido que conseguir beca (pero sin bec...

Venganza tardía

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Nunca fui una niña "chuchi". Las "chuchis" de mi escuela, a pesar de la pretendida uniformización del guardapolvos, usaban zapatitos ultra femeninos y se aguantaban las colitas o trenzas con adornos en forma de corazones o frutillas, y eran conscientes de ello. Notaban a la legua que yo era diferente. Jugábamos en ronda a "Yo soy la marinerita", y a mí nunca me elegían, porque nos levantábamos la falda de la túnica y allí quedaba al descubierto la pollera, que en las "chuchis" tenía muchos voladitos y colores, mientras que yo llevaba un shortcito azul marino de gimnasia. No se trataba de pobreza, ni de falta de cuidados de mi madre. Al contrario; era que mi mamá estaba muy comprometida con la practicidad. La ropa linda era para salir, no para ir a la escuela debajo del guardapolvos, donde nadie la veía y, además, se ensuciaba y envejecía. Las colitas tenían que ser unas banditas elásticas que sobresalieran poco, para que no se engancharan con n...

Terminar de matar a un fantasma

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Yo la quería a mi abuela paterna. La veía como un ángel. Eso me decía mi padre: “es un ángel”, sobre todo porque había logrado salir adelante con mi abuelo, que no era para nada bueno. “Borrachín” al principio de la vida, y con “poca iniciativa de hombre” durante el resto de la vida, es decir, no había sabido poner un negocio, siempre había sido empleado, como carpintero. Ella, por el contrario, había puesto un almacén, y lo había llevado adelante bastante bien para ser una mujer indefensa. (Mucho más tarde en la vida conocí la definición del complejo de Edipo). Yo la quería, aunque alguna vez me hizo “chas chas”. Yo la quería, aunque una vez, yo ya una mujercita, se dejó manipular por mi madre y me salió con un discurso sobre las chicas serias que nunca tendrían relaciones sexuales antes del matrimonio. Igual la quería.  Ella murió el 31 de diciembre de 1996. El día antes yo había estado cumpliendo veintiocho años. Ella tenía Alzheimer, y el día 29 se atragantó con un boc...