T.O.C.

 

Foto de Paweł L.: https://www.pexels.com/es-es/foto/foto-en-escala-de-grises-de-candado-1256911/
                      Foto de Paweł L.: https://www.pexels.com/es-es/foto/foto-en-escala-de-grises-de-candado-1256911/ 

Se despertó pensando en un sueño. En el sueño entraba a una vieja confitería bailable junto con Gonzalo. Estaban divorciados, pero lucían jóvenes, como cuando se habían conocido. Subían a la confitería, que quedaba en un piso alto, en un ascensor donde también viajaban dos muchachas. Una de ellas no tiene rostro en el recuerdo. La otra sí. No era ninguna belleza; era apenas una muchacha linda. Lo que llamaba la atención no era su aspecto sino su manera de estar en el mundo. Hablaba mucho, se reía mucho, hacía observaciones a veces bobas y a veces ingeniosas, y parecía completamente inconsciente del efecto que eso podía producir a su alrededor, porque parecía creer que no producía ninguno. Y entonces no intentaba agradar ni destacar. Hacía lo que le salía, nada más.
Al llegar, ella percibía el clima de la confitería y le preocupaba si él estaría cómodo, entonces le preguntaba si quería quedarse o si prefería irse. Él respondía que quería quedarse.
Luego se separaban, cada uno por su lado.
No recuerda qué hizo durante el resto de la noche. Sólo recuerda el final.
Había un mostrador donde regalaban souvenirs del lugar. Ella buscaba un objeto que de verdad le entusiasmara llevarse. Mientras curioseaba, se encontró a Gonzalo, también frente al mostrador, conversando con la muchacha. Él estaba fascinado; de eso no había duda. La observaba con la mirada de alguien que observa una obra de arte.
Y entonces ella comprendió por qué, incluso con aquella atmósfera de la confitería, que a él le habría desagradado en otro tiempo, quiso quedarse. La había identificado en el ascensor. 
Y no pensó: “Ha encontrado a alguien distinta de mí”, sino exactamente lo contrario. “Ha encontrado a alguien que se parece a mí. Se ríe igual, como si fuera tonta, aunque él sabe que no lo es. Habla igual, sin parar. Tiene esa misma indiferencia a la impresión que causa, porque está segura de que es invisible.”
Y se sintió triste; no porque la envidiara, ni porque quisiera ocupar su lugar. Sintió tristeza por ella. Pensó que aquella muchacha todavía no sabía. Lo que no sabía era que aquello que hoy despertaba fascinación podía convertirse mañana en motivo de corrección. Que aquello mismo que él admiraba hoy podía transformarse con los años en una lista de pequeñas modificaciones: hablar un poco menos fuerte, reírse un poco menos, controlar un poco más esto, cuidar un poco más aquello.
Y entonces la historia comenzó a ensancharse. Durante mucho tiempo ella había contado aquel matrimonio como la historia de una mujer espontánea que había terminado casándose con un hombre controlador. Pero ahora se dio cuenta de que era una historia incompleta, porque ella también había necesitado de ese control.
Antes de conocer a Gonzalo había sufrido un trastorno obsesivo que hoy podría reconocerse como un TOC severo. Cuando salía de su casa y nadie de su familia quedaba, podía volver una y otra vez para comprobar si la puerta estaba cerrada, no una vez ni dos, sino en una repetición interminable. A veces sentía que podría quedar atrapada en su propia casa cualquier día en que simplemente no consiguiera marcharse.
Durante años creyó que el problema eran las amenazas externas, posibles ladrones. Ahora sabe que el problema era la certeza. Necesitaba estar completamente segura. Lo más revelador de aquellos recuerdos no es que comprobara la puerta una y otra vez, sino que necesitaba que quedara alguien en la casa, respaldándola, haciéndose responsable de que la puerta estuviera cerrada.
Y entonces apareció Gonzalo, que era exactamente esa clase de persona a quien no se le escapaba nada. Era capaz de advertir una reja que comenzaba a oxidarse, un desperfecto mínimo, una tarea pendiente. Veía detalles que otras personas no veían. Era extraordinariamente atento, inusualmente responsable;  controlador, después de todo, y con todo lo positivo que esa palabra puede conllevar. 
Durante años creyó que el TOC había desaparecido simplemente porque había abandonado la casa de sus padres. Ahora se preguntaba si no habría desaparecido también porque se había ido de allí con Gonzalo, con alguien para quien el mundo también debía permanecer bajo observación, con alguien que veía lo que ella temía no ver, con alguien que verificaba por ella.
Tal vez él fue, durante mucho tiempo, su candado. Y entonces el sueño adquiere otro significado, porque entre los souvenirs ella busca un candado. Hay candados con forma de botellas, de monumentos, de libros. En el sueño ella busca el mejor, el verdadero. Pero todos fallan; uno se le pierde apenas encontrado, otro no sirve para las puertas que ella tiene en mente, otro está hecho de cartón. Y de pronto comprende que aquellos candados no son sólo objetos, sino la promesa de que algo podría quedar asegurado para siempre, de la misma manera en que había creído durante años que estaba asegurado su matrimonio.
No porque pensara que Gonzalo fuera perfecto. No lo era; hubo errores, defectos, incluso otra mujer y un sufrimiento descomunal. Pero durante mucho tiempo, cuando una puerta por error quedaba abierta, él mismo la señalaba, reconocía que había sido él, y daba una explicación detallada y compungida. Ella podía comprender lo sucedido porque la realidad permanecía visible. La puerta podía abrirse, pero no estaba prohibido saber que estaba abierta, ni pedir explicaciones por el descuido. Y, sobre todo, podía descansar en la certeza de que la responsabilidad de vigilar la puerta no recaía únicamente sobre ella.
Lo que terminó destruyendo el matrimonio no fue una puerta abierta. Fue que un día la puerta estaba abierta y él dijo que no. Pero ella veía indicios que le recordaban una puerta abierta. En otro tiempo habrían pasado horas hablando de ellos, examinándolos desde todos los ángulos. Ahora, en cambio, las explicaciones se volvían breves, evasivas o insuficientes. Y por primera vez en su vida juntos, ella tuvo la sensación de estar sola frente a la puerta.
Entonces ocurrió algo que ninguno de los dos esperaba. Ella, que durante años lo había necesitado para  verificar su realidad, dejó de necesitarlo. El cambio no fue, ciertamente, repentino, pero se sintió como tal. Durante esas décadas ella había hecho amigas y terapia, había vivido, aprendido, madurado, y había construido una confianza propia, de la que todavía no era consciente. Pero cuando finalmente su percepción entró en conflicto con la de él, eligió confiar en sus propios ojos. 
Por eso el final del sueño le resulta tan removedor; porque el último objeto que encuentra es un candado con forma de libro. Con forma de sabiduría podría decirse; pero de cartón, que no sirve para cerrar, proteger ni asegurar nada. Y se da cuenta de que no necesita llevarse nada de recuerdo, ni siquiera el candado. Durante muchos años ella había tenido uno, y fue bueno; fue afortunado que existiera, haberlo encontrado y conservarlo durante tanto tiempo. La sostuvo mientras aprendía a sostenerse. Fue real. Se quisieron, se admiraron profundamente. Se ayudaron mutuamente a curar lastimaduras viejas y a caminar en suelo nuevo. Pero algo cambió con los años; quizás fue él, o ella, o los dos. O la forma en que miraban al mundo, que ya no era en la misma dirección; ya ni siquiera se miraban uno al otro. 
Lo cierto es que llegó un momento en que la percepción externa en la que había confiado durante décadas comenzó a decirle que veía mal. Pero para entonces ella ya había aprendido a mirar por sí misma. Mientras se alejaba del mostrador comprendió que no necesitaba irse con ningún souvenir, y tampoco con Gonzalo.




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