Policial negro sin cadáver

 

La casa olía a café de ayer y a madera húmeda, recorrida por cucarachas nocturnas que se oían cuando se imponía el silencio. Era una casa donde las cosas no se rompían; solo se quedaban donde las dejabas. Como él.

Ella supo la verdad una noche cualquiera. No hubo gritos. No hubo confesiones. En el cuarto, los niños dormían atravesados sobre la cama matrimonial, ocupándolo todo, con la televisión murmurando dibujitos azules en la pared. Él estaba parado en la puerta. No entraba. No salía. Miraba.

No parecía un hombre enamorado.
Parecía un hombre que había tomado una decisión años atrás y todavía la estaba pagando.

Ella entendió algo simple; que él nunca se había quedado por ella. Se había quedado por un cuerpo pequeñito ocupando el centro del mundo. Por no ser el tipo que arma una valija y desaparece. Por poder mirarse al espejo sin escupirse.

Con ella tenía una vida. Y después, otro hijo; otra estaca clavándolo al suelo.
Con la otra, tenía una historia. Y las historias son más difíciles de matar.

Los mensajes aparecieron después. Siempre en fechas limpias. Cumpleaños. Navidad. Dos palabras educadas. Después, borradas. Como si el problema no fuera escribirlas, sino admitir que habían sido escritas.

—No es nada —dijo él—. Solo un saludo.

Los hombres dicen “solo” cuando quieren que algo pese menos.

Ella no discutió. Ya no hacía falta. Él no era mujeriego. Era peor; era fiel. A un amor que lo había hecho sentirse vivo, en el momento en que más vivo y poderoso se había sentido. A un hijo que lo obligó a quedarse, y después otro. Y así, él siguió siendo fiel a la idea de ser un buen hombre.

Con ella cumplía. Pagaba cuentas. Hacía planes. Criaba niños, adolescentes, y más tarde, jóvenes adultos que salieron bien.
No era una mala vida. Tampoco era el centro de nada.

Ella a veces pensaba algo que no se atrevía a decir en voz alta, y era que ojalá la otra mujer todavía estuviera disponible. Ojalá ese amor hubiera tenido una segunda oportunidad limpia. Al menos habría habido una lógica. Una recompensa. Un final feliz, aunque no fuera el suyo propio. Habría podido decir “valió la pena perderlo”.

Pero no. El amor viejo estaba congelado en el pasado. No se realizaba ni se extinguía. Solo seguía ahí, como una deuda que nadie terminaba de pagar.

Eso era lo más sucio del caso.

Una noche se sentó sola en la cocina. La heladera zumbaba como un insecto cansado. Pensó que en el policial negro nadie gana; como mucho, se entiende demasiado tarde.

Ella había entendido.

Se levantó. No lloró. No hizo escena.
Se fue porque ya no quería ser el lugar donde un hombre se queda por ética.

Quería ser el lugar donde un hombre se queda porque no imagina otro sitio donde estar, porque ahí, y solo ahí, está el amor; pero la vida ya había pasado y ya no habría nadie que se quedara por amor.

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