Dosis

 


Es sábado y la casa, tan grande y tan vacía, tiene ese silencio espeso de los fines de semana solitarios, cuando el tiempo parece derretirse sobre los muebles. La luz entra oblicua por la ventana del comedor y cae sobre la mesa donde debería estar trabajando. La computadora abierta, el cursor titilando como un reproche. Pero yo no estoy ahí.

Estoy caminando. Camino por la casa con el celular en la mano, como si llevara un vaso de whisky que no puedo apoyar (no tomo whisky, pero esta escena lo exige). Audio va; audio viene. Dos horas; tal vez más. El reloj dejó de tener importancia hace rato. Desde que lo desbloqueé en WhatsApp, en nombre de la civilización, algo volvió a abrirse como una puerta que yo había clausurado con llave. Por email era distinto. Más lento. Más frío. Más razonable. El correo electrónico no tiene respiración. La voz sí.

La voz entra por el oído y baja directo al cuerpo. Escucho el tono, las pausas, ese modo de decir “bueyes perdidos” como si de verdad estuviéramos hablando de cualquier cosa. Pero no hablamos de cualquier cosa. Hablamos de nosotros sin nombrarlo. De recuerdos desactivados. De pequeñas anécdotas que no comprometen nada y lo comprometen todo.

Grabo otro audio. Me escucho antes de enviarlo. Lo borro. Lo vuelvo a grabar. Camino. La madera cruje bajo mis pasos. Me doy cuenta de que no me senté en horas. Soy una mujer que no se sienta porque sentarse implicaría detenerse, y detenerse implicaría pensar.

En algún lugar de la escena, si esto fuera una verdadera novela noir, habría humo. Habría una lámpara encendida en plena tarde. Habría una mujer inclinada sobre un teléfono fijo, con medias de red y una copa vacía. Pero mi versión es más contemporánea: pantalón deportivo, descalza, el pelo desordenado tal como al levantarme, el celular caliente en la mano como un revólver sin disparar.

No es policial. No hay cadáver. Lo que hay es adicción, eso sí. Es la droga narrativa.

Cada audio es una dosis pequeña. Un alivio inmediato. Una descarga de sentido. Me habla. Le hablo. Me contesta rápido. Yo también. No hay silencio. No hay distancia. No hay el vacío que me obligue a escribir, a trabajar, a volver sobre mí.

Es más fácil orbitar esta conversación que habitar la mesa del comedor, con libros desparramados, abiertos y cerrados, apuntes que simulan una mente concentrada.

Lo más inquietante es que no es una pelea. No es un drama. Es cordial. Es incluso amable. Después de que vino el otro día y hablamos bien, yo decidí desbloquearlo. Civilización; madurez. “No hay que dramatizar”, me dije. Pero ahora, mientras voy del living a la cocina y de la cocina al dormitorio con el celular en la mano, veo con claridad el mecanismo. Veo que no es la persona, es la sustancia.

La sustancia son sus palabras dirigidas a mí. Hay algo en esa dirección exclusiva que me reordena. Me devuelve un lugar. Me hace existir en un eje conocido. Y entonces entiendo, con una nitidez brutal, que soy la mujer que juró dejar la bebida y ahora está inclinada sobre la barra a las tres de la tarde, diciéndose que solo será una copa. Una copa más. Un audio más.

En algún punto me detengo frente al espejo del pasillo. El celular apoyado contra la mejilla; escucho su exaltación cuando me cuenta lo que hará en la semana. Y me veo ahí, no triste, no devastada, sino alerta, excitada, con un temblor contenido. Ese es el peligro. No es el dolor lo que me engancha. Es la intensidad.

Si esto fuera estrictamente noir, habría traición y un disparo. Pero lo mío es psicológico. La traición ya ocurrió hace tiempo. El disparo es interno y lento.

Sigo caminando. El cursor en la computadora titila solo. Sé exactamente lo que está pasando. Esta conversación no es inocente; me roba horas, me saca del trabajo, de la escritura, de mí. Lo sé. Y aun así, grabo otro audio.

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