Policial negro sin cadáver
La casa olía a café de ayer y a madera húmeda, recorrida por cucarachas nocturnas que se oían cuando se imponía el silencio. Era una casa donde las cosas no se rompían; solo se quedaban donde las dejabas. Como él. Ella supo la verdad una noche cualquiera. No hubo gritos. No hubo confesiones. En el cuarto, los niños dormían atravesados sobre la cama matrimonial, ocupándolo todo, con la televisión murmurando dibujitos azules en la pared. Él estaba parado en la puerta. No entraba. No salía. Miraba. No parecía un hombre enamorado. Parecía un hombre que había tomado una decisión años atrás y todavía la estaba pagando. Ella entendió algo simple; que él nunca se había quedado por ella. Se había quedado por un cuerpo pequeñito ocupando el centro del mundo. Por no ser el tipo que arma una valija y desaparece. Por poder mirarse al espejo sin escupirse. Con ella tenía una vida. Y después, otro hijo; otra estaca clavándolo al suelo. Con la otra, tenía una historia....