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Mostrando entradas de 2017

Diario de Rio IV

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Historias viejas para entender historias nuevas. O "no puede ser verdad".  (escrito el jueves 12/10/2017; pasible de ser publicado recién hoy…) El silencio de varios días en este diario se debió por una parte a las actividades académicas, sobre las que no siempre hay algo muy pintoresco que decir, y por otra parte a un viaje de toda la tarde del martes a Niteroi, del que sí hay mucho para contar, pero cuando los acontecimientos son conmovedores por demás es necesario que pase un tiempo para ser capaz de decir algo.
Ahora, a mi regreso, desde el aeropuerto de Galeao, esperando mi vuelo con tiempo de sobra, puedo intentar recuperar ese recorrido.
Niteroi es la antigua capital del estado de Rio de Janeiro, una pequeña ciudad de apenas medio millón de habitantes, cruzando la Bahía de Guanabara, que se comunica con Rio por un puente de varios kilómetros que atraviesa  la Bahía.
¿Qué íbamos a hacer a Niteroi? Es un relato aparte. Un relato que comienza hace ya más de siete años y…

Diario de Rio III

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La cabeza llena de historias
Creo que no voy a llegar a subir hasta el Cristo Redentor. Íbamos a salir hoy temprano con Carmelia pero nos dio pereza; nos quedamos haciendo la sobremesa del desayuno, hablando del origen de las favelas -tan distintas de los cantegriles de Montevideo, ya que éstas comenzaron con los primeros esclavos liberados, y en nuestro caso nunca sucedió eso... por el contrario, nuestro caso es más vergonzoso, porque lo que fue una vez una sociedad bastante equitativa fue expulsando poco a poco a nuestros propios iguales...-; sobre el drama de esas ciudades dentro de la ciudad, donde las familias pobres están a la merced de los traficantes, la policía y los paramilitares, sin saber a quién temer más; sobre el traficante Marcinho VP, que fue asesinado en la cárcel, su cuerpo sepultado bajo sus propios libros, con un mensaje: "Ahora ya no va a leer más"; sobre la comunidad de Dona Marta, famosa por sus casitas de colores... y se nos fue la hora. Y yo me que…

Diario de Rio II

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Pequeños relatos cotidianos El enamorado y el real En una florería donde elegíamos un ramo para la profesora Eliana, que nos invitó a cenar a su casa, entró intempestivamente un estudiante preguntando, como si en esa pregunta se le fuera la vida, si tenían alguna flor que costara como máximo 4 reales. El vendedor le dijo que no, que la más barata costaba 5 reales. El muchacho contó sus monedas muy decepcionado, pero el vendedor le dio las espalda. Carmelia no había llevado la billetera. Me preguntó si yo tenía monedas. Se las di todas. Yo  no las reconozco sin dificultad. No llegaban a un real, pero se aproximaban. Cuando el vendedor entendió que nosotras íbamos efectivamente a darle el dinero, tal vez caló en él la vergüenza, porque le aceptó los 4 reales y le dijo que eligiera una única flor de un grupo. No llegué a ver qué agarró, pero me quedó en la cara la brisa de la puerta que se abrió y cerró a toda velocidad, con la partida del estudiante. Nunca sabremos quién era la persona…

Diario de Rio 1

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Hay que construir este diario, sea como sea
Ya hace 36 horas que estoy en Rio de Janeiro con mi amiga Carmelia. Mientras planificábamos este viaje por Whatsapp, nos dijimos que íbamos a abrir un nuevo blog con el título "Diario de Rio", donde escribiríamos, ella en portugués y yo en español, nuestras impresiones paralelas. Las dos somos escritoras, una brasileña y la otra uruguaya respectivamente, así que el proyecto sonaba de lo más atractivo... (sí, sí, para nosotras) Algo pudimos hacer, mientras no habíamos llegado a destino. Cada una escribió por su lado, y nos lo enviamos mutuamente. Pero al encontrarnos cara a cara, la vorágine de las charlas y los paseos y la planificación de la vida cotidiana se ha llevado todo el tiempo. Apenas podemos escribir. Abrir un nuevo blog, ponernos de acuerdo en las imágenes, colores, y demás, hacen que esta tarea no termine nunca. En realidad, que no comience nunca.  Ahora, medianoche del viernes, Carme ya duerme. No le pude proponer mi …

Obligado y Charrúa V

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Nieves

Se parecía más a la bruja de Blanca Nieves, si es que en cada nombre puede encontrarse un sentido. Y ni remotamente creo que se le ocurriera competir por la belleza ante el espejito.
Para mí fue un impacto conocerla, porque ella supo romper con todas mis expectativas. Yo estaba acostumbrada, a lo largo de mi vida, a que la gente anciana me devolviera ternura por dulzura. Desde el trato con mis abuelos hasta las interacciones ocasionales en la calle, yo había aprendido infaliblemente que si entregaba una sonrisa, una sonrisa recibiría. Ella me mostró que eso no es siempre así.
El día en que la vi por primera vez, estábamos amueblando de a poquito el apartamento, preparándolo para cuando nos mudáramos juntos. Traíamos cada tanto alguna caja llena de vajilla donada por alguna tía que ya no la iba a usar, o una silla o una mesita olvidadas que surgían de algún hogar generoso. El pasillo hasta el apartamento 3 era angosto y larguísimo, media cuadra que recorreríamos varias veces por…

Obligado y Charrúa IV

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Mantras Charly ocupó el otro dormitorio, el que a Gustavo le quedaba libre además del altillo. Se estaba separando de la mujer y no tenía dónde ir. Y como muchísimas cosas en la vida que suceden justo cuando estamos preparados para ellas, Gustavo en ese mismísimo momento andaba buscando con quién compartir los gastos del apartamento.
Charly era negro (¿o debería decir afrodescendiente? Creo que no, porque en 1991 esa palabra ni existía); altísimo y delgado como un junco, con unos rizos hermosos que le caían sobre los hombros; rondaba ya la edad de 30 y algo, casi 10 más que nosotros. Trabajaba, al igual que los dos Gustavos con quienes compartiría vivienda, en el Casmu. Pero mientras los otros dos tenían trabajos que, por atípicos dentro de la institución médica, eran invisibles por decirlo de alguna manera, Charly era un tradicional trabajador de hospital: enfermero.
Poco a poco fuimos descubriendo sobre su estilo de vida. Resultaba que siempre estaba, o bien trabajando, o bien ence…

Réquiem para una osadía

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Llegué al barrio de los “cuernos de Batlle”, del que Krisse se acaba de marchar, en 1977, poco antes de cumplir los nueve años. Ella me llevaba sólo tres, pero a esas edades la diferencia parece muy grande. Vivíamos, tanto en ese entonces como hoy (que ambas volvimos después de que la vida girara a su propio antojo), a sólo dos cuadras de distancia. Pero cuando uno es pequeño, su radio social se restringe a la propia manzana. Es recién en la adolescencia que uno comienza a aventurarse por su cuenta alguna calle más lejos, tal como los documentales muestran a los cachorros que se alejan de la madriguera para explorar. Krisse llegó a esa etapa, pues, tres años antes que yo.
Mi mejor amiga era Fernanda, que vivía casa por medio de la mía. Ella sigue estando en mi núcleo más cercano; es increíble qué cortos son al fin y al cabo los trayectos que podemos llegar a recorrer los humanos durante nuestras increíbles vidas. Los cachorros de los documentales en pocas semanas ya no recuerdan a su…

Obligado y Charrúa III

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Maluco En el altillo vivía Gustavo. El otro Gustavo. No es un juego de palabras ni un acertijo. Era un muchacho un poco mayor que nosotros, más cerca de los treinta, barbudo y de pelo largo, que también se llamaba Gustavo. Un hippie, podría decirse. Y sí, creo que él también se sentiría cómodo con el calificativo, sólo que en esa época ya no se hablaba de hippies. En todo caso de “malucos”. Puede que se sintiera más identificado con ese mote, sí.
La cosa es que Gustavo, mi novio, apenas mudado tenía el altillo y un dormitorio libres en el apartamento, y los había ofrecido entre sus conocidos para alivianar la cuota del banco. Gustavo, el maluco, aceptó encantado. Había hasta entonces vivido con sus padres en el populoso “Complejo Bulevar”, junto al Canal 5, pero la desgracia que recientemente había atravesado lo iba empujando gradualmente lejos de su cómodo círculo conocido. Quién sabe, tal vez también lejos de las claras estructuras mentales, de lo que es lógico, de lo que es cabal,…

Obligado y Charrúa II

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Apartamento 1
El apartamento 1 fue siempre un enigma. A diferencia de las demás paredes del corredor, que habían sido a lo largo de las décadas pobladas de ventanas antirreglamentarias, la primera unidad había mantenido su construcción original, con su puerta de dos hojas como única abertura hacia el pasillo, detrás de la cual, si estaba cerrada, como siempre, dominaba el misterio. Me asusté la primera vez en que la vi abrirse. Ya éramos novios, y atravesábamos el pasillo con cacharros viejos de cocina que una tía de Gustavo le había cedido para que pudiera de a poco emprender su mudanza. Entonces, la puerta enigmática se entreabrió y vi asomarse una cara reseca y arrebujada de una anciana. El poco pelo que tenía era blanco y le daba un marco casi invisible al pequeño rostro.
-¿Miriam? – dijo la aparición.
Me sobresalté, pero logré sobreponerme y le sonreí sacudiendo la cabeza; que no, que yo no era quien buscaba. Pero sus ojos, acuosos, grisáceos, no me miraban; en realidad no mirab…

Obligado y Charrúa I

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A la luz de la luna

Como siempre, yo veía muy poco. Y mucho peor si sólo estaba para iluminarlo la luna. Pero no importaba lo que había para ver. Era una aventura de cualquier manera.
Pocas veces recordamos con detalle la primera vez que estuvimos en un sitio que luego se convertirá en cotidiano, pero en el caso del apartamento de Obligado y Charrúa, sí, lo recuerdo bien. Salíamos del cine con Gustavo. Era nuestra primera cita en privado y “formal”, ya que esta vez fue él quien me invitó expresamente. Antes había sido espontáneamente, a veces con un grupo de gente de Facultad y a veces solos; siempre la invitación salía de no se sabía quién, parados en la esquina, alargando las discusiones de la clase, hasta que de pronto a alguien se le ocurría: “¿Y si la seguimos en La Tortuguita?”. Pero esta vez él me había dicho: “Tengo un 2 por 1 para ver ‘Danza con lobos’, ¿querés venir conmigo?” Y fuimos.
Para mí no había sido una cita romántica, aunque ahora la recuerdo como la primera, la qu…