martes, 10 de abril de 2012

¿Quién está en primera base? Conversaciones con mamá.

Quienes tienen mi edad y más recordarán a los comediantes Abbot y Costello en este episodio en que no pueden ponerse de acuerdo porque los jugadores de baseball de los que hablan se llaman "Who" (quién), "What" (qué) y "I don't know" (no lo sé), por lo tanto la conversación gira y gira sin llegar jamás a buen puerto, ya que cuando uno pregunta "¿Quién está en primera base?" el otro responde "Sí". Les recomiendo que lo miren. No diré que "no tiene desperdicio", porque pasado el tercer o cuarto minuto aburre un poco, pero antes de llegar al tedio, cada palabra es para desternillarse de la risa.

Bueno, resulta que hoy tuve una conversación similar con mamá, y no puedo evitar contarlo aquí.
Es sobre un tema que la tiene preocupada, no importa cuál. Tal vez es eso, la edad y el nerviosismo, una combinación fatal, que provocó la anécdota de la que voy a escribirles.

Resulta ser que la llamé para contarle que una persona (que aquí llamaré "José") con la que ella había tenido una conversación, había malinterpretado sus intenciones y había contado lo que había hablado con mamá cambiando mucho el verdadero espíritu de lo que mamá había querido decir. Ocurrió que José habló con otra persona llamada Julia (nombre ficticio también), dándole la versión de lo que él había entendido de su conversación con mamá. Siendo Julia amiga mía, me llamó esta mañana para decirme "Qué raro que tu mamá dijera esas cosas, no va con su estilo y personalidad". "Por supuesto", dije. Mamá nunca habría hablado de esa manera.
Entonces hoy la llamé de noche y le dije que Julia me había dicho que José le había dicho que mamá le había dicho determinada cosa.
Mamá entendió todo (aunque parezca entreverado) en un destello de sensatez, que para ser honesta son comunes en ella. Es una persona muy lúcida. Sé que lo entendió porque se indignó, y por la cantidad de cosas que dijo de José después de mi relato. Lo tenía claro.
El problema fue cuando decidió hablar con José para "aclarar" que ella no había dicho lo que él había dicho que ella había dicho. Mamá es una persona muy delicada y diplomática, y también muy tímida, por lo cual la confrontación la asusta. Juntas armamos una lista de argumentos razonables que ella le plantearía a José para aclarar intenciones e interpretaciones, y cortamos la conversación por teléfono muy contentas.
Pero la ansiedad fue mucha. A los diez minutos, sonó el teléfono y era ella otra vez. "Tengo papel y lápiz. ¿Me podés dictar lo que le tengo que decir a José? Porque si me pongo nerviosa no voy a decirle nada que él pueda sacar en limpio, y el malentendido puede ser peor".
Muy bien. Me sonreí. Cuando yo era chica, ella solía hacerme escribir lo que yo tenía que ir a decirle a tal o cual, si era una situación seria, como hablar con la maestra para explicarle que no había podido hacer los deberes. También cuando me mandaba al almacén a comprar algo, ella no me pedía la lista de cosas en lo que en enseñanza de inglés se llama "Reported Speech", es decir, "pedile un kilo de azúcar", sino en "Direct Speech", algo así como "Decile 'Señor almacenero, ¿podría darme un kilo de azúcar?' " Siempre me fastidió esta faceta de mamá, y me peleé muchas veces con ella por eso, pero no dejo de admirar su coherencia, porque ahora, que ella es la chica y yo la grande, me pide que haga por ella lo mismo que ella hacía por mí...
Entonces empecé a dictar:
  • "Decile a José que hablaste conmigo y te dije que él había utilizado la conversación que tuvieron el otro día para concluir cosas distintas a las que vos dijiste".
  • "Esperá, vas muy rápido" dijo mamá "La lapicera se me tranca... Le digo a José que utilizó la conversación que tuvo contigo para..."
  • "¡No! ¡Conmigo no, contigo! ¡Yo no hablé con José!"
  • "¿No dijiste 'conmigo'?"
  • "Sí, que hablaste conmigo y yo te conté que parece que José interpretó mal la conversación que tuvo... A ver, empecemos de nuevo. Te dicto como si yo fuera vos. 'Hablé con Helena y me dí cuenta de que utilizaste la conversación que tuviste conmigo para sacar conclusiones indebidas' "
  • "¿Cómo? ¿Que yo utilicé una conversación que tuve contigo?"
  • "No, mamá. Estoy dictándote como si yo fuera vos."
  • "Ah, sí, sí, ya entendí. Ya anoté, pero no me queda muy claro"
  • "Bueno, decímelo a mí. Dale, yo soy José. Ensayemos"
  • "Hola, José. Quiero decirte que estoy indignada porque utilizaste una conversación que tuviste con Helena..."
  • "¡No!"
  • "¿Cómo que no?" 
  • "Estamos hablando de la conversación que tuvo contigo. Yo nunca hablé con José."
  • "¿Y entonces cómo sabés que malinterpretó lo que yo dije?"
  • "Porque me lo dijo Julia."
  • "Uy, bueno, a ver si ahora sale. Hola, José. Estoy indignada porque parece que malinterpretaste la conversación que TU Y YO (recalcando las palabras) tuvimos el otro día y utilizaste esto para hablar por ahí mal de mí".
  • "Muy bien. ¿Y quién te dijo esto?"
  • "Julia"
  • "Pero si vos no conocés a Julia..."
  • "¿Y quién me lo dijo?"
  • "Yo"
  • "¿Digo que vos me dijiste que Julia te dijo que José dijo que yo dije?"
  • "Sí"

En fin. Al final llegamos a buen puerto con nuestro dictado. Ahora bien, mañana ella va a llamar a José con sus apuntes... Muero por estar ahí y ver lo que le termina diciendo...

jueves, 15 de marzo de 2012

La gente mala

La semana pasada hubo un robo en mi cuadra. Una señora estaba en la parada del ómnibus cuando un muchacho le arrebató la cartera. Había muchos testigos, y el ladrón no tuvo suerte. Un hombre saltó del ómnibus, que recién había arrancado, para agarrar al ladrón del brazo y zarandearlo. Mi vecino de enfrente, que justo pasaba por "la escena del crimen", logró tirarlo al piso a empujones y se le paró encima para inmovilizarlo mientras otros testigos llamaban a la policía. El ladrón gritaba "¡no me pises!", y el vecino se reía: "Con mis 120 kilos se ta va a complicar para escaparte". Yo no estaba en ese momento. Llegué cuando, a pocos metros de mi casa, dos policías esposaban al delincuente y lo metían adentro del patrullero. Me dio la impresión de que el ladrón era un pobre tipo, era un botija joven, flaquísimo y muy mal vestido, que estaba con todos sus gestos encogidos, como las arañas que guardan sus patas al primer pisotón. Tenía la cabeza escondida entre los hombros, y caminaba con las piernas temblequeantes mientras los policías lo empujaban y tironeaban para hacerlo entrar al patrullero. No se resistía, no. Sólo que no era dueño de su cuerpo y seguramente no tenía idea de cómo cooperar. El patrullero se fue, pero un oficial se quedó para tomar las declaraciones de los testigos. A esta altura, esto sucedía justo frente a casa, porque mi vecino había ayudado a la señora a llegar hasta ahí, la había hecho sentar en el escalón de entrada y le ofreció un vaso de agua. Como de estos episodios no se viven todos los días, yo me quedé entre los vecinos, la señora y el policía, escuchando todas las declaraciones. De ahí me enteré de todo lo que les conté más arriba. Cuando se empezaron a repetir los testimonios, me aburrí y me fui. De noche recibí un mensaje por facebook de un amigo que me contaba que sus hijas habían pasado por la puerta de mi casa justo cuando se estaba dando el robo (unos 5 minutos antes de que yo llegara) y lo que ellas le habían relatado: la narración se repetía, excepto porque entraba en escena una señora, que pudo ser la víctima u otra vecina que justo pasaba, que, aprovechando que el ladrón estaba bajo los pies de mi vecino, se acercó blandiendo una picana de esas que están de moda entre las señoras para defenderse, y le daba choques eléctricos diciendo: "Así que te gusta robar, hijo de puta". Entonces, cuando escuché este relato fue cuando me di cuenta de la razón de la actitud encogida del muchacho. Esto, claro, no se lo iban a decir al policía. Era una "travesura encubierta" como en la escuela, conocida por todos los compañeros pero no se lo dirían a la maestra. El pobre diablo había recibido, concentrada en un par de minutos, toda la bronca de la sociedad sobre él. La inseguridad, los "malandras", la edad de imputabilidad, etc. etc. Todos los mensajes acumulados en nuestras cabezas por la tele habían confluido de pronto en un evento puntual en el que un muchacho había saltado de un ómnibus para defender del ladrón a la señora, mi vecino se le había parado encima, y una mujer lo había atacado con una picana. Con razón no podía ni caminar. La sociedad entera, en un momento suspendido en el tiempo, se las había cobrado a este desgraciado, que en ese instante era el representante de toda la gente mala.

Dos meses antes, yo iba en un ómnibus. Iba parada, aferrada al pasamanos para no caerme, y a mi derecha me llamó la atención el sombrero ridículo de una anciana, que no pude dejar de notar porque como era bajita me quedaba justo a la altura de mis ojos. Era un sombrero blanco de rafia en el que destacaba un prendedor dorado infame que representaba un águila. Me lo quedé mirando porque lo cierto es que no es común encontrar un prendedor de águila, tan grande, tan dorado y de tan mal gusto. Y finalmente me distraje. Era verano, y la gente parecía ir derritiéndose en el ómnibus de paso cansado, donde apenas corría una brisa caliente que no servía para refrescar a nadie. La gente sentada iba adormecida, algunos con sus cabezas ladeadas sobre la ventanilla, mirando hacia afuera con los ojos entrecerrados; los que estaban de pie, como yo, venían en su mayoría con una postura descontracturada, como si estuvieran colgados del pasamanos, las hombros caídos, algunas cabezas apoyadas sobre el brazo que colgaba. De pronto, esto cambió. Las espaldas se tensaron y los puños se apretaron, pero ninguna mirada cambió de dirección, fingiendo indiferencia. Así se manifiesta muchas veces el miedo. En el ómnibus, de improviso, comenzó a sonar una música conocida, un fantasma aborrecido llegaba del más allá: era la marcha militar 25 de agosto, la que abría cada "comunicado de las fuerzas armadas" por la radio y la tele durante la dictadura. "Pa-pa-pá...parará-parará-pa-pá..." Mi mente iba procesando, como supongo la de todos mis compañeros circunstanciales de viaje, lo que estaba recibiendo por mis oídos. Los ómnibus suelen tener la radio encendida que comparten con los pasajeros a través de parlantes en el techo. Pero cuando uno va distraído apenas piensa en lo que está escuchando. Pensé: "¿Es la radio? ¿Estaba prendida la radio, aunque no me di cuenta, y ahora están pasando esta música? ¿Por qué? ¿Qué radio con tan mal gusto pasaría semejante marcha?" Y el corazón me dio un vuelco, porque supuse que no era mal gusto, sino que había pasado lo tan temido: había vuelto la dictadura, y este era su primer anuncio. Recordé el relato de mi padre. El día del golpe de estado, el 27 de junio de 1973, él se levantó y fue a la comisaría, la Seccional 24 que es la que le correspondía, porque vivíamos en el Cerro. Necesitaba una constancia de domicilio para un trámite. Entró y notó que había poca gente; generalmente había una pequeña cola de personas para alguna denuncia o trámite como el que iba a hacer él, pero este día él parecía ser el único interesado. Un policía salió de atrás del mostrador y lo interceptó en el medio del recinto. Lo miró extrañado y le preguntó:"¿Qué se le ofrece, caballero?". Mi padre era bastante histriónico y solía contarme esto de una manera muy graciosa. Metía la cabeza entre los hombros, ponía una cara de fingida inocencia y decía titubeante: "Bueno... yo vengo a buscar... una constancia de domicilio..." Años me reí con el repetido relato de mi padre, porque dentro de lo dramático, la imagen era muy cómica. El policía levantó los brazos como un italiano que sale a increparle a un vecino y exclamó: "¡Ma qué constancia de domicilio! ¿No sabe lo que está pasando?". "Y... la verdá que no..." "Golpe de estado, señor, vaya para su casa". A partir de ese día comenzó a oírse la marcha militar que marcó los subconsicentes de todos los uruguayos. Me acordé de mi padre justo en ese momento, en el ómnibus, porque pensé que un golpe de estado podría darse en cualquier momento de la vida de alguien. Puede pasar mientras estás siendo operado de apendicitis, mientras estás tomando un café en el bar de la esquina, mientras estás yendo a la comisaría a pedir una constancia de domicilio, o aferrado al pasamanos para no caerse en un ómnibus cualquiera yendo a cualquier sitio irrelevante, porque en ese momento lo que verdaderamente pasa a marcar tu vida es que acaba de haber un golpe de estado... Me vino pánico. Busqué las miradas de mis compañeros de viaje, pero nadie miraba. Se habían separado las cabezas de la ventanilla, se habían enderezado las posturas de sopor veraniego, pero nadie, nadie, me miró, nadie miró a nadie más. De pronto, la música diabólica se detuvo, y a mi lado la voz de la vieja del águila se oyó: "¿Holáaaa?.... Sí... estoy en el ómnibus". Era un celular. La marcha militar era el ringtone de la vieja del águila. Entonces cerraba todo. El ridículo símbolo fascista del águila y la prepotente marcha militar. Volví a buscar la mirada de los demás, pero no encontré ninguna. Finalmente, una señora que se encontraba a mi izquierda dejó que nuestros ojos se cruzaran y me hizo un gesto incómodo, alzando las cejas, y terminó murmurando "No se puede creer". Pero nadie, nadie, dijo nada más. Yo tampoco, claro. Ahora me arrepiento. Quizás podría, en una frenada del ómnibus, hacerme la que me tropezaba y caerme arriba de la vieja. Era bajita y vieja, seguro que la habría aplastado, como mi vecino al ladrón. Entonces alguien podría haberla escupido en la cara, algo así, pero no sucedió.
Me pregunto si el verdadero malo era aquel pobre flacuchento que había arrebatado la cartera de la señora y había quedado como un pollito mojado tras las manifestaciones de indignación de la sociedad y había marchado preso, como corresponde, o la vieja del águila, que descaradamente ostentaba la marcha militar en su celular, y que sin embargo unas paradas después se bajó del ómnibus muy oronda, y nadie le dirigió una palabra de oprobio. Me pregunto.
Un psicoanalista amigo agarrará este texto y me dirá que tiene una conexión subconsciente obvia: la picana de la vecina en el primer relato y la asociación innombrada con la tortura en el segundo. ¿Será que siempre se tortura al vulnerable y se respeta al prepotente? ¿Será nuestra idiosincracia uruguaya un escollo insalvable para alcanzar la justicia?

domingo, 19 de febrero de 2012

El hombre más triste del mundo

Comienzo con la canción "Nada me da satisfacción" del uruguayo "Cuarteto de Nos":

Me aburre todo y no encuentro acomodo
nada me motiva, ni capta mi atención
no me asombro ya de ningún modo
ni nadie es santo de mi devoción

Busco una sorpresa que me vuele la cabeza
pero por mi naturaleza, nada me interesa
y sí, se ve, no encuentro en que creer
pero no me resigno a ver la vida por tv

Nada que oír, nada que ver, ni nada que me mueva
nada que hablar, nada que hacer, nada que me conmueva
nada de acción, que me haga sentir algo de emoción
(ahhh) nada me da satisfacción
(no) (no) (no) (no)

Mi pasión se esconde no sé en dónde
no me llega lo moderno, ni lo "kitsch"
hablo con mi almohada y no me responde
no me alegra ni un verano en Miami beach

Ni ver gente en el cadalso en la CNN
ni entrar con un nombre falso en el MSN
ya sé, yo voy en otra dirección
pero mi paciencia ya está en vías de extinción

Nada que oír, nada que ver, ni nada que me mueva
nada que hablar, nada que hacer, nada que me conmueva
nada de acción que me haga sentir algo de emoción
(ahhh) nada me da satisfacción

Ver nacer placer en mi es un parto y de buscar estoy harto
algo que parta de un tirón mi corazón como un infarto
y para fingir alguna sensación
no le puedo pedir ni a mi propia imaginación

Ni tomar un escocés, ni degustar un daiquiri
si fuera japonés, ya me hacia el harakiri
y sí, ok, no soy Galilei
y ya no me apasiona ni luchar contra la ley

Nada que oír, nada que ver, ni nada que me mueva
nada que hablar, nada que hacer, nada que me conmueva
nada de acción que me haga sentir algo de emoción
(ahhh) nada me da satisfacción
(no) (no) (no) (no)

El estadio, ¡me aburre!
La radio, ¡me aburre!
El camping, ¡me aburre!
El zapping, ¡me aburre!
La religión, ¡me aburre!
El cotillón, ¡me aburre!
El bingo, ¡me aburre!
El domingo, ¡me aburre!
El fair play, ¡me aburre!
El dj, ¡me aburre!
La oficina, ¡me aburre!
La rutina, ¡me aburre!
El shopping, ¡me aburre!
El doping, ¡me aburre!
Divertirme, ¡me aburre!
Aburrirme, ¡me aburre!

Nada que oír, nada que ver, ni nada que me mueva
nada que hablar, nada que hacer, nada que me conmueva
nada de acción que me haga sentir algo de emoción
(ahhh) nada me da satisfacción
(no) (no) (no) (no)


Si querés escucharla y ver al Cuarteto:


Comienzo con esta canción porque hoy iba camino a ver a mi padre en el residencial y dio la casualidad que mi mp3 en "random" se ubicó en este tema. Jung solía decir que "nada es casualidad", por lo tanto seguramente hubo algo en el aire, en mi estado de ánimo, que me estaba preparando para ver a mi padre. A mí esta canción me gusta al oído pero me desespera cuando reflexiono un poco acerca de su contenido. ¿Qué le quedaría a alguien a quien "nada le da satisfacción"? La muerte, acaso.
Mi padre está ahora en un residencial porque él mismo decidió que la vida era demasiado triste para vivirla.
Ya lo conté en otro momento. Se metió en cama un día hace más de dos años y sólo se levantaba para ir a comer o al baño. De esa manera fue perdiendo toda su masa muscular y, ahora, ya no puede mantenerse en pie. Tenía amigos que lo adoraban, pero él rechazaba toda visita, no conversaba con nadie, ni siquiera con mi madre, y hoy ha perdido una gran parte de su vocabulario, y ni siquiera se acuerda de nuestros nombres cuando vamos a verlo. ¿Qué lleva a que un hombre llegue a esa situación?
Fue difícil para nosotros sus hijos verlo regodearse en la tristeza. Que viniéramos a ofrecerle nuestros éxitos y él dijera: "Qué suerte que tenés vos, pero mi vida es una desgracia". ¿Qué vida era una desgracia? ¿No es la vida acaso algo que construimos con otros? Si los otros que están más cerca son felices, están enamorados, tienen bebés, salvan exámenes y abrigan sueños, ¿no es eso suficiente para que alguien sea feliz?
Me dicen que se llama depresión, que es una enfermedad y que por lo tanto debería comprender. Nunca lo pude comprender. Nunca. Yo también, al igual que sus amigos, comencé a dejar de verlo. Insistí muchas veces en llevarle mis alegrías. Cuando su respuesta: "qué suerte que tenés" se perpetuó, como si yo fuera alguien que no tuviera nada que ver con su felicidad, dejé de verlo.
Hoy, he vuelto. Porque está indefenso, porque perdió sus capacidades básicas y porque en el residencial no está siempre mi madre, en cuya compañía me apoyé, como pretexto, para pensar que mi compañía no era necesaria. Ahora voy. Día por medio estoy ahí, y es la experiencia más triste que he pasado en mi vida. 
Mentira, no es la más triste. Hubo otras. De pérdidas insuperables, de sinsentidos del destino. Pero de esas otras pérdidas uno se puede recuperar con el esfuerzo de focalizarse en otra cosa, otra cosa que le "da satisfacción" como en la canción. Algunos optarán por "la radio, el zapping, el shopping o la religión" como dice el Cuarteto, y lograrán salir de una manera u otra. A mi padre no se le ha arrebatado nada. La tristeza está dentro suyo, ¿cómo se extirpa?
La semana pasada le llevé a mi hijo de 10 años, Leandro. Mi padre lloró de emoción: "Qué precioso es, qué afortunada sos de tener un hijo así". Le dije que también era su nieto, pero eso no lo quiso escuchar. Leandro le había llevado barajas en su afán de motivarlo. El abuelo le dijo: "Muchas gracias por tu intención, pero yo no quiero jugar a nada", y volvió a llorar de emoción por el buen corazón de su nieto.
Esta tarde, cuando llegué, después de escuchar la canción en cuestión, me di cuenta de que eso es en definitiva lo que le pasa: que sí le pasan cosas, que están a su disposición, pero él no puede asirlas, las ve pasar y nunca puede apoderarse de ellas, aunque incluso le pertenezcan. 
Le di de comer. Como él me dio de comer de bebé, soplando el bocado de papa y zapallo y poniéndomelo en la boca, yo hice lo mismo. Me miró agradecido: "¡Qué buena persona que sos!" me dijo, "Y pensar que yo estoy tan solo". Mi compañía no servía de nada. 
Ya no me da para enojarme como antes, porque está más desvalido que nunca. 
Un hombre que está en una cama porque así lo eligió, que tiene una tele que no quiere ver, unos nietos que no reconoce como parte de su patrimonio vivo, gente buena que lo rodea pero él los ve sólo como circunstancias pasajeras, porque su esencia es la soledad. 
¿Dónde, qué tan profundamente enterrado, está el corazón de un hombre así de triste? ¿Cómo se llega a ese corazón?
Y yo peleo cada día por mi alegría, porque sé que puede estar acechándome, escondida entre mis genes, la tristeza del hombre más triste del mundo. No le tengo miedo a nada en este mundo. Excepto a eso. 

Van Gogh, En el umbral de la eternidad


jueves, 2 de febrero de 2012

Moves like Jagger

Ya estoy en uno de esas noches, con ese estado de ánimo, las conozco bien a esas noches, en que todos se me van a dormir y yo me quedo despierta, buscando música que se me ocurre en youtube, ensayando con canciones que hace mil años no escucho, a ver si youtube las tiene, y sí, siempre las tiene... Y paso los minutos que se hacen horas escuchando y mirando, y riéndome de la estética de los 70. ¿Alguno de ustedes se atrevió a mirar el video clip de "Born to be alive"? De un tal Patrick Hernández, recién me entero con esto de youtube... No lo miren, por la memoria de la canción, por favor! jaja.
Y sin querer, pero queriendo (¿es de esta intención que sale la frase del Chapulín Colorado?) termino en este tema que conozco hace apenas 2 meses, pero que ha ocupado aproximadamente la mitad de mis pensamientos. "Moves like Jagger" ¿Cómo se sentirá ser como Jagger, haber creado un estilo, tener 68 años y seguir creando y bailando y escuchando a los fans aullando e inspirando música como esta?

El mismo hombre, que no es bobo, agradeció de alguna manera al universo al crear su "God gave me everything". Miralo y leé la letra en los subtítulos:

Me fascina, pero con una sensación agridulce, la pregunta que me hago de cómo puede ser que alguien reciba tanto, tanto, como recibió él, incluyendo la gratitud que muestra en la canción (que la gratitud es un don más), mientras otros perecen sin haber sido felices un sólo minuto. ¿Cómo funciona este Dios que le "dio todo" a un sólo hombre, a Jagger? ¿Tenemos un Dios que juega todas sus fichas a un sólo número?
Y otras veces me concilio con la idea y creo que la clave está en la frase "I'm still looking" ("Aún sigo buscando"). Tal vez Jagger se lo merece, tal vez comenzó su vida buscando, y nunca se cansó de buscar, y hoy sigue buscando... Dicen que el universo te da lo que te empecinás en buscar... Quizás toda la canción se reduce a esa frase, que él introdujo subrepticiamente, al disimulo, y que es el corazón de la canción... "I'm still looking"... Para contagiarnos, para darnos pistas de que la vida sólo va en eso, en seguir buscando...
Yo también todavía busco. Y cuando siento que comparto con Jagger esa sensación de que siempre falta algo, entonces tengo la esperanza de que el universo también me va a dar todo lo que quiero. Que esta entrada de blog te llegue de una manera u otra y me dejes un comentario, por ejemplo. ¿Qué pensabas? ¿La riqueza y la fama? Mis padres dejaron de vivir en vida cuando dejaron de buscar. La riqueza ya la tenían. No quisieron nada más; esa ha sido su muerte en vida. Yo hoy sólo busco un lector. Eso me hermana con Jagger. Sigo buscando.
Dios ya nos dio todo. Sólo hay que saber mirar dónde está escondido. Y como siempre, el menor lugar para esconder algo es... a la vista de todos.
Ya te dije al principio que estoy en una de esas noches... No digas que estoy loca, o incoherente. Vos debés de tener tus propias noches.
Buenas noches.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Regalito de Navidad: El mordiscón en la cola de Papá Noel





Todo el mundo sabe el revuelo que se arma la noche en que Papá Noel llega a visitar las casas de los niños y dejar sus regalos. Más o menos a partir del momento en que empieza a oscurecer, para que no lo vean, viene Papá Noel, con su panza enorme escondida dentro de su traje rojo y su larga barba de algodón, por el cielo, montado en su carro  arrastrado por renos. Por si no lo saben,  los renos son una especie de ciervos, como Bambi, pero con cuernos grandes y muy grueso pelaje, porque viven entre la nieve. Son los mejores compañeros de Papá Noel, puesto que Papá Noel también vive en zonas frías de nuestro planeta Tierra, nadie sabe bien dónde, porque siempre está escondido entre los pinos de blancos bosques nevados. Por eso usa esas ropas gruesas de lana roja, y no se afeita la barba, que cada año está más larga, con el propósito de abrigarse más, aún cuando viene a Uruguay, donde en esa época es verano y los nenes andan vestidos de pantalón corto y las nenas de vestiditos sin mangas. Lo que pasa es que donde vive Papá Noel hace tanto, pero tanto frío, que aunque él pase por muchos países donde hace calor, él trae el viento helado de sus bosques metido debajo de su piel, y de que acá es verano, ni se entera.
Una de las tareas principales de los niños es asegurarse de  dejar alguna ventana o banderola abierta por donde Papá Noel pueda entrar, y si en la casa hay chimenea es mejor, porque él siempre viene buscando el calorcito, y aunque en verano nosotros no usemos las estufas a leña, el viejito se tira como por un tobogán por ellas, porque siempre tiene la esperanza de encontrar alguna estufa prendida para ablandarse su congelada cola gorda.
Emiliano tiene, precisamente, una chimenea en su casa. En invierno papá la prende para calentar el ambiente, y para hacer chorizos en una parrillita mientras nos sentamos todos alrededor de ella con las caras iluminadas por el resplandor del fuego anaranjado. En verano, la chimenea siempre está vacía, y como no hay peligro de que se prenda fuego, Emiliano y mamá colocan el arbolito de Navidad frente a ella, con sus chirimbolos y pesebre al costado. Lo ponen ahí porque es el lugar en el que queda más lindo, y también para hacerle a Papá Noel la tarea más fácil, que al caer de cola dentro de la boca de la estufa se debe dar tremendo porrazo y le deben de doler todos los huesos porque es muy viejito, pero por suerte no tiene que moverse mucho porque pone los regalos ahí mismo, al lado del arbolito que está al alcance de su mano.
Emiliano también tiene una mascota, una perra Dálmata que se llama Leila. Como los de la película, es de cuerpo blanco todo manchado de negro desde las orejas hasta los dedos de las patas. En esas noches de fiesta, en que todos los vecinos salen a la calle a tirar cohetes y fuegos artificiales, Leila, como todos los perros, se asusta mucho, llora y trata de esconderse, porque no entiende qué lío está pasando. Por eso en los días de fiesta, Emiliano y sus papás la dejamos adentro de la casa, atada de los barrotes de la escalera, a unos pocos pasos de la chimenea, para que se sienta más segura.
El año pasado, cuando llegó Papá Noel, Emiliano y sus papás estaban cenando en casa de sus abuelos. Habíamos dejado todo preparado para la gran visita: la estufa a leña limpia, el arbolito de Navidad con sus lucecitas encendidas, y a Leila al lado de la escalera. Emiliano estaba contento de tener que irse de la casa, porque bien es sabido que Papá Noel no quiere que nadie lo vea, y que si toda la noche hay gente en una casa, a esa casa no va a dejar ningún regalo, a menos hasta que todos se hayan ido a dormir, y poder trabajar sin ser visto. Sin embargo, una preocupación asaltó a Emiliano: y si Leila estaba despierta cerca de la chimenea, ¿vendría Papá Noel a traer los regalos? La verdad es que ninguno de nosotros lo sabíamos. Papá Noel se esconde de las personas, pero ¿también de los perros?
La respuesta la tuvimos al volver, mucho después de la medianoche, de la casa de los abuelos en que celebramos el nacimiento de Jesús con una cena, cañitas voladoras y besos y abrazos: el arbolito de Navidad, junto a la estufa a leña, estaba rodeado de regalos. Leila estaba en su lugar, atada a la escalera, dando saltitos de contenta de que hubiéramos llegado. Teníamos muchas preguntas para hacerle: ¿habría visto a un viejo gordo de barba blanca y vestido de rojo, cayendo por la chimenea? ¿Le habría ladrado mucho? ¿Papá Noel se habría asustado? Pero los perros no hablan, así que nos quedaremos para siempre con la duda. Lo que más nos preocupa pero nunca sabremos es si, cuando Papá Noel estaba agachado poniendo los regalos, Leila no habrá estirado, estirado, es-ti-raaaaa-doooo la cadena todo lo que pudo, para darle un mordiscón en la cola... Ojalá que no. 
De la serie "Cuentos para la escuela"

domingo, 27 de noviembre de 2011

Palabras y más palabras... en busca de mi propia palabra

Comparto uno de los cuentos que conformaron mi contribución al proyecto sobre jóvenes LGBT y VIH financiado por ONUSIDA. La idea de contribuir al proyecto con cuentos basados en las entrevistas tiene que ver con la posibilidad de alcanzar un público más amplio que el interesado en estadísticas y análisis de encuestas, para de alguna manera influir en la visión que de estos grupos se tiene desde el prejuicio. Un cuento nos permite entrar con el personaje en su intimidad, verlo en su cuarto, llorando o soñando, y da lugar a una reflexión sobre el valor y riqueza de una vida diferente a la del lector. Los dejo con el cuento, que se titula "Palabras y más palabras... en busca de mi propia palabra".


Una vez escuché en una entrevista en la tele que le hacían a una actriz trans, que ella no se consideraba homosexual, sino hetero. Olvidé quién era la actriz porque hace ya mucho tiempo, yo era casi una niña que miraba la tele peinando con un cepillo el pelo esplendoroso de una de las barbies de mi hermana, pero sé que dijo eso, y eso no lo olvidé jamás. Es más, tengo la certeza de que esa frase, dondequiera que esté esa bendita actriz que jamás lo sabrá, salvó mi vida. No me refiero al suicidio, ni a una conversión religiosa, esas cosas que la gente se imagina cuando alguien habla de salvación; estoy hablando del valor que me doy a mí misma, y eso es, verdaderamente, muy importante. Claro que debe de sonar raro que les diga que una aclaración de palabras, “homo” y “hetero” pueda salvar la vida de alguien. De hecho, cuando estudiaba inglés me enseñaron una rima que decía “Sticks and stones may break my bones but words will never hurt me” (“Palos y piedras pueden romperme los huesos, pero las palabras nunca me lastimarán”), es decir, lo único que puede tener consecuencias son los actos físicos, pero las palabras no pueden ser de verdadera trascendencia. Me opongo. Desde el momento en que somos humanos, las palabras nos acompañan hasta en nuestros sueños, nos definen, nos matan o nos salvan. Y les voy a contar cómo me ocurrió esto a mí.
El sentirme extraña, no sólo dentro de mi cuerpo, sino en la forma en que me trataban las demás personas, es algo que he experimentado desde que tengo memoria. Recuerdo que a la edad de siete u ocho años me metía en el cuarto de mi hermana para jugar con su casita de muñecas, pero cuando ella llegaba, casi siempre con amigas (ella ya tenía doce años y tenía mayor libertad para ir y venir a su antojo), me encontraban en el cuarto en el medio de una de mis historias imaginarias entre las muñecas y no podían sofocar sus risitas nerviosas ni disimular esos codazos que se daban para dirigir las miradas de unas y otras hacia mí. Yo las intentaba saludar con naturalidad, no entendía qué tanto había de gracioso en verme dentro del cuarto de mi hermana, y hubiera deseado de todo corazón que alguna de ellas se acercara para jugar conmigo, darme una idea en el desenlace de esas historias que siempre eran acerca de princesas deprimidas, encerradas en su habitación, o agarrar una de las muñecas y darle vida con sus propias manos o voz. Pero nunca, nunca, lo hicieron. Simplemente esa risita que poco a poco fue antojándoseme infame, esas miradas estúpidas, y alejarse, hacia otra habitación, lejos de mí.
Mi hermana, sin embargo, no olvidaba, como sus amigas, una vez que se alejaba. Tan es así que un día, estando sola, entró en su cuarto que yo constantemente ocupaba para revisar su guardarropa y peinar a sus muñecas, se sentó en el suelo a mi lado, me tomó las manos mirándome a los ojos con la mayor seriedad y me dijo: “Prometeme que nunca, nunca, vas a ser homosexual”. Yo no tenía idea de lo que significaba la palabra. Nuevamente, una palabra que me era impuesta, como un bozal, como una cadena, y yo sin saber qué responder. Lo único que sentía era la imperiosa necesidad de hacer lo que mi hermana me pedía, decirle que sí aunque no estuviera segura de lo que significaba, porque sus ojos me hablaban de que se trataba de un asunto de vida o muerte. “¡Claro!” le dije, con una seguridad que tomé de cualquier lado, menos de mi corazón.
Con el tiempo comprendí, entre el bombardeo de la tele y las burlas que paulatinamente, a medida que iba creciendo, iban conmigo creciendo por parte de mis amigos, lo que significaba la palabra. No me identificó. No entendí por qué mi hermana podría haberme pedido que le prometiera eso.
Homosexual significaba, según lo entendí, masculino atraído por lo masculino, femenino atraído por lo femenino. Yo había hecho buenas migas con una vecinita, y ella cuando jugábamos en el jardín de casa traía una vajilla de té de juguete, divina, en la que servíamos jugolín de manzana, que tiene un color muy parecido al té, y galletitas improvisadas a partir de las hojas secas que encontrábamos tiradas. Jugábamos a las señoras, y ella me había bautizado “Maruja”, como una amiga de su mamá que venía a tomar el té a su casa, pero con vajilla de grandes y de porcelana, por supuesto. Entonces mi amiguita me decía “Maruja, qué rico le quedó el té”, y yo le contestaba “Muchas gracias, querida”. En otros momentos, ella me contaba en secreto que Fabián, el vecinito de la otra cuadra a veces quería jugar con ella a los esposos y le daba besos en la boca. Pero a mí nunca se me habría ocurrido jugar con ella a los esposos, porque yo era Maruja, y ella mi vecina, y ninguna de las dos habría querido hacer el papel de marido, y menos se me habría ocurrido darle un beso en la boca. El único mundo sexual que yo podía conocer (si es que “homosexual”, como es una palabra terminada con “sexual”, estaba relacionado a eso) era el de mis juegos. Y en mis juegos yo era Maruja, y jamás me habría besado con mi vecinita; además, cuando jugaba en el cuarto de mi hermana, como ella sólo tenía muñecas nenas, yo tenía que improvisar osos de peluche para que hicieran de hombre. Los acostaba juntos, a la muñeca y el peluche, los hacía besarse, y a veces a ella hasta le sacaba la ropa, como veían en las películas, pero al oso no podía sacarle nada porque era peludo y ya no necesitaba ropa. Toda una desilusión, porque me hubiera gustado mucho desvestirlo prenda a prenda.
Homosexual significaba que a alguien le gustaría otra persona de su mismo sexo, pero que el órgano sexual que posee y lo define como de un determinado sexo es su instrumento, con el que se siente identificado y feliz. A mí nunca me ocurrió así. Fui conciente de eso el día en que, ya mayor, mi hermano, con quien siempre he tenido una relación muy estrecha, actuó conmigo con una familiaridad que habíamos perdido desde que yo era un bebé. Mi hermano me lleva diez años, y cuando mis padres estaban trabajando o salían, él se quedaba conmigo e incluso me cambiaba los pañales. Cuando fui creciendo me decía cosas que me daban mucha risa cuando me acompañaba al baño, como “¡qué olor a culo!”, o “secate la pija después de hacer pichí!”. Yo me reía a carcajadas, como hacen los niños chiquitos a esa edad, esa risa que parece una cascada de cascabeles brotando de su boca. Muchos años después, cuando ya le había contado a mi hermano –no podía ocultárselo a él- mi atracción hacia los hombres, él, con su confianza de siempre, buscando tal vez hacer menos dura la situación y arrancarme una vez más la cascada de cascabeles, me tocó simpáticamente la zona de mi pene; fue un segundo, fue un roce, un sacudón como cuando uno le hace una caricia en los rizos de la cabeza a un niño, y al hacerlo dijo “¿y ya te han tocado ahí?”, riendo. Yo entendí la intención. Era mi hermano, el de siempre, el que me decía “qué olor a culo”, el que me corría amenazándome con una alpargata por toda la casa, el que siempre provocó mis mejores risas. Pero para cuando yo le hablé de mi atracción hacia los chicos, la idea no era presentarme a mi hermano como un varón orgulloso de su pene y deseoso de ser exhibido ante otros varones, sino que me comprendiera como una chica. Pero él no entendió. Habría sido muy difícil que lo entendiera. Mi hermano me amaba, y lo que atinó a hacer para suavizar mi tensión fue tratarme como me había tratado siempre, como un hermano varón. Pero no me gustó, porque mi yo, escondido en mi cáscara de varón, le gritaba a mi hermano, no que me gustaban los varones, que eso no era el punto, sino que gritaba, sin saber con qué palabras ponerlo: “¡Oíme, por favor, están todos equivocados, soy una chica!”. Pero cómo iba a comprenderlo mi hermano, mi pobre hermano con sólo veinticuatro años de edad… Necesitaría una madurez mucho mayor para entenderme, y por eso lo comprendo y no lo condeno. Pero me hubiera gustado que no me viera como un “homosexual”, sino como una chica. Si me hubiera visto como una chica, nunca se hubiera atrevido a rozarme mis partes íntimas en un manotazo brutal y cómico como, dicen, se atacan entre varones cuando a alguno “le hacen la morta”. Nunca se lo hubiera hecho a mi hermana, pero a mí sí, porque me considera un par. ¿Sería posible que un día él me viera como ve a mi hermana? ¿Sería yo un bicho raro exigiendo algo imposible?
Lo que más me dolía era mi guardarropa. Que mamá llegara de hacer compras con una sonrisa diciéndome: “Mirá lo que te compré, a ver si te queda”, y descubrir que era un vaquero con corte masculino era muy frustrante. Mi mamá hace mucho tiempo que sabe cómo me siento, pero es incapaz de plegarse a mi espíritu y parece que lo único que sabe ver es mi exterior. Para fechas especiales me regala perfumes de hombre, cremas de afeitar o desodorantes Axe; ignoro si lo hace porque aún no entiende, o porque cuando va a elegir el regalo se niega rotundamente a aceptar que a su hijo menor le tenga que comprar cosas de nena. Nunca me animé a decírselo directamente. Sueño, a veces, con enfrentarla y decirle “Mamá, olvidate de tu hijo, no soy varón, parezco varón, pero en mi interior soy como vos, ¿por qué no me regalás algo que a vos a tu edad te habría encantado?”. Pero no me atrevo. Todavía no me atrevo. Lo cierto es que cada vez que abría mi ropero para ver camisas anchas y vaqueros de corte masculino me sobrevenía una náusea que se terminaba de desvanecer en una tristeza profunda, como si el cielo se hubiera llenado de nubes oscuras anunciando la lluvia.
Cuando me compraba alguna indumentaria femenina, mi madre me miraba de reojo y no me decía nada, mientras que mi hermana opinaba “¿Qué te pusiste?” aunque no resistía la tentación un minuto más tarde de comentar lo lindo que era, y si podía prestárselo algún día. Era una eterna fluctuación, entonces, entre el “qué te pusiste” que se le dice a un varón desubicado, y la charla cómplice entre hermanas que se intercambian la ropa. Me hubiera gustado mucho continuar con esta última, pero a ella no se le hacía posible, como si no pudiera dejar de ver, tras un velo en sus ojos, a su hermanito, como si nunca pudiera concebirme como una hermanita.
Entonces me decidí irme a vivir sola. Eso cambió bastante, aunque no fue de inmediato. Lo más hermoso al comienzo fue, justamente, el guardarropa. Desplegar sobre la cama cosas nuevas que me compraba o que mis amigas me prestaban, y sin tener que ocultarlas o, con un salto en el corazón, ver entrar a mi hermana de improviso y reconocer el escándalo en sus ojos. Pero algo faltaba. Y era corregir la palabra “homosexual”. Imaginaba a mi madre explicándole a sus amigas que yo me había ido de la casa porque era homosexual. Me imaginaba a mi hermana pensando que había traicionado mi antigua promesa porque finalmente me había transformado en homosexual. No era que condenara a un estilo de vida homosexual, era que yo no me sentía identificada.
Hasta el día que en facebook un amigo colgó un video de youtube. Era un fragmento de una película vieja donde trabajaba una actriz cuya cara me sonaba conocida. Aparecía cantando en una escena sensual en la que seducía a un hombre sin mirarlo ni tocarlo, simplemente por lo aterciopelado de su voz y sus movimientos gatunos. “Un clásico” ponía mi amigo como introducción al video. Lo miré varias veces intentando ubicar su rostro. Hasta que me di cuenta, como si un rayo me hubiera fulminado de pronto. Era aquella actriz trans, que en mi niñez había escuchado decir que no se consideraba homosexual, sino hetero. Entendí entonces que yo era libre de definir quién era yo. Me autocomprendí como una mujer que había nacido en un cuerpo que se había convertido en mi destino, pero que no cambiaba el hecho de que yo me autocomprendiera mujer. No traicionaba a mi hermana en la promesa; no era alguien “raro” por sentirme incómoda con mis genitales, no era impropio llenar mi guardarropa de minifaldas y lentejuelas y tops ajustados, no era contra la naturaleza haber comenzado a tomar hormonas para suavizar los contornos musculares y ubicar las grasas donde femeninamente se espera que estén. Porque yo soy una mujer que está buscando su más auténtica expresión en su cuerpo. Tampoco diría de mí misma que soy “hetero”. Nunca me gustaron los carteles y no pienso embanderarme con uno. Pero esta frase de la valiente actriz me mostró que puedo buscar libremente, dentro de mí misma, la palabra que un día logrará definirme. Todavía no la he encontrado. Pienso seguir buscando. Y no permitiré que nadie que no sea yo misma la encuentre por mí.

sábado, 29 de octubre de 2011

Game over!

Mañana armo la valija. Es domingo, nadie me espera para evento-entrevista-clase, y ya no pienso hacer turismo... ¡voy a dominguear!
Así que probablemente esta sea la última vez que escriba este diario de viaje, porque el lunes a la mañana salgo con mi atadito al hombro para el aeropuerto.

Hoy terminó la conferencia. ¡Qué día! Las presentaciones de hoy fueron muyyyy interesantes. Tanto, que voy a hacer una lista de "citas célebres" que me encantaron.

Raymond Geuss:

  • "No se puede ser un buen comunista en una sociedad capitalista. Porque no es posible llevar adelante una vida correcta viviendo una vida falsa."
  • "La reflexión puede destruir el conocimiento acerca de lo ético, por eso Bernard Williams enterró la ética; se negó a hacer ética en su filosofía."


Alasdair McIntyre:

  • "Entender una acción es entender la emoción que la subyace, porque la emoción es la forma en que ve el mundo el sujeto que actúa en el momento que actúa."
  • "El camino a la prudencia es el auto-conocimiento, que se logra en cooperación con otros. Y eso es algo que no se puede aprender en el aula." (¡ESTÁ POR VERSE, MR MCINTYRE!)
  • "El razonamiento práctico funciona como las artes y las técnicas: conocer la teoría no garantiza que se hagan bien, pero puede ayudar. Por ejemplo, el conocimiento de la fisiología no le dice al médico qué debe hacer en este preciso momento con este paciente específico, pero puede darle el fundamento para la decisión."
  • "La imaginación es un elemento crucial de la buena deliberación."


Samuel Scheffler (que habló de la muerte, uff, impresionante presentación):

  • "Hay deseos categóricos y deseos hipotéticos. Los deseos categóricos son los que quiero hacer de cualquier manera. Los deseos hipotéticos son los que deseo en el caso de que se dé una cierta situación. Por ejemplo, decir que deseo que a mi funeral vaya mucha gente es un deseo hipotético, en el caso de que muera; no significa que quiero morirme ahora."
  • "El deseo de vivir se acaba cuando nos quedamos sin deseos categóricos."
  • Sobre la inmortalidad: "Uno quisiera vivir para siempre, pero lo que en realidad quisiera es vivir para HACER ALGO diferente a estar vivo; lo que me interesa es perderme a mí mismo para sumergirme en la ejecución del deseo categórico. Pero cuando el deseo categórico desaparece, sólo queda estar con uno mismo, y estar para siempre con uno mismo resulta ser muy aburrido". (Papá, te lo dedicaría si tuvieras la capacidad de entenderlo...)
  • "La muerte es lo que da sentido a la vida, pero sólo si sabemos que habrá otros después de nuestra muerte. Si fuéramos la última generación en la Tierra, como en la película "Children of Men" en la que sobreviene una infertilidad crónica y no nacen más niños, poco importaría hacer cualquier cosa. ¿Estaríamos escribiendo papers de filosofía? ¡A quién le importaría! ("Who cares?" [sic])"
  • "La humanidad en sí misma es un proyecto conjunto en curso permanente."
  • Y hablando del "héroe" de la película Children of Men: "Un héroe es quien se instrumentaliza a sí mismo en favor de un bien más elevado".


¡Los dejo!
Muchos, muchos besos.

viernes, 28 de octubre de 2011

Décimo día en Chicago: conferencia sobre Bernard Williams, y ya no doy más

Voy a utilizar las reflexiones que mi amiga Hiara hizo hace unos días cuando conté por este medio sobre la clase de la Nussbaum; me escribió algo así como: "¿Cómo? ¿No usan cañón ni powerpoint? ¿Los estudiantes no sacan apuntes con sus i-pads? Acá parece que si no tenés una metodología novedosa con uso de la última tecnología, tu docencia es pésima. Sin embargo, en la Universidad de Chicago, les alcanza con la Martita". No son las palabras exactas de Hiara, pero es el espíritu de lo que ella quería transmitir. En el paisito, el uso del powerpoint y los cañones se ha convertido en una obsesión tanto a nivel secundario como terciario. Hace dos años, cuando en la Facultad se empezó a implementar el uso de esta tecnología, a mí se me podía ocurrir un día antes hacer una actividad como mostrar un fragmento de una película, y siempre había disponible cañón, dvd o en su defecto laptop, y parlantes. Ahora, como se pusieron de moda, los pido una semana antes y ya no hay. Entonces desistí. Ya no muestro nada en clase, y me baso en mi persona y el tradicional pizarrón blanco. Pues, me llevé una sorpresa al ver que Martha Nussbaum, una profesora estrella en una de las Universidades más prestigiosas del mundo, tampoco utiliza ninguna tecnología, y tiene como cuatro marcadores de pizarra blanca, pero antes de usarlos los prueba, porque algunos no andan, jajaja. El nivel de sus clases no se mide por el oropel de la tecnología, sino por lo que ella sabe transmitir, porque lo conoce y lo contagia. Eso es todo.
Este tramo final de semana (viernes y sábado), estoy asistiendo a una conferencia sobre el filósofo Bernard Williams (inglés, 1929-2003) en la que profesores prestigiosos de USA (como Alasdair MacIntyre, Robert Pippin y Martha Nussbaum entre otros) y de Escocia (Sarah Broadie) que estudiaron a Williams se reúnen para realizar una serie de presentaciones sobre el autor en cuestión. La conferencia de dos días es gratuita pero con inscripciones para asegurarse el lugar, ya que el sitio es un pequeño teatro del Ida Noyes Hall, hermoso centro de eventos de estilo gótico, donde caben un máximo de cien personas y que no cuenta ni con proyector ni pantalla ni nada. Unos buenos micrófonos que no acoplan, eso sí. Simplemente una mesa tradicionalmente cubierta por un mantel que cubre las piernas de los presentadores, y un atril al costado. El que va a hablar, se para frente al atril y LEE muy prolijamente la presentación que llevó preparada, NO PAYA. Porque otra cosa que está pasando en el paisito es que se admira al que "no lee" porque parece que le sale "todo natural". No se trata de eso!  El que prepara una conferencia, por respeto al público, lo piensa bien con anticipación y lo escribe, y después lo practica, claro, para no andar leyendo como bobo letra por letra, sino que lee y mira al público, lee y mira al público, y así sucesivamente, pero es una muestra de respeto llevar todo muy bien preparado. Pues fue muy de mi agrado ver, al igual que para Hiara con su irónico comentario, que en la Universidad de Chicago está todo bien con no usar la tecnología y preparar minuciosamente el discurso y leerlo con solvencia... El capital docente de alguien está dentro del docente mismo, en lo que él es capaz de dar y preparar con seriedad, porque sabe qué escribir y dónde buscar el material que va a manejar. Al diablo con los fuegos artificiales de los powerpoints y los sofistas seductores con ceño fruncido y mirada ensoñadora haciéndose los intelectuales; en uno de los sitios más prestigiosos del mundo no se necesita de vuestra alaraca. (Hice catarsis, no?) Les dejo algunas imágenes.
Desde un corredor lateral del hermosísimo Ida Noyes Hall
Interior
Teatro. Sobre el pequeño escenario se ve la mesa y el atril a la izquierda. Al fondo, es simplemente una puerta .
video

Aquí, antes de comenzar, disimuladamente capté a "la Martita"que se ve a la izquierda sobre todo al final del clip. Nadie sacó ni una foto, filmar, mucho menos. Entonces me agazapé en un rincón y me hice la disimulada. Allí pueden ver a la lady interactuando con naturalidad con conocidos. Yo creo, a decir verdad, que quienes han hablado mal de ella es porque no le perdonan que tenga 64 años y tenga el cuerpo de 35 y la cara de 50... Parece que si una quiere ser filósofa y vieja, tiene que ser una calandraca... Yo seguramente seré una calandraca, pero eso no justificará que hable mal de la Martita...
Al final de la conferencia la corrí para lograr que me diera un autógrafo en un libro de mi amiga Hiara. ¡Lo que uno hace por la amistad! ¿Recuerdan mis reparos para que firmara el cuadernito de Gustavo? Bueno, después de eso, a Hiara se le ocurrió sumarme la responsabilidad de que le autografiara un libro, y las chances que me quedaban de verla eran en esta conferencia... Yo ya me imaginaba, nuevamente cual ardilla metiendo la punta de la nariz entre la gente, pidiendo permiso entre los famosos que la rodearían, y yo con mi librito y la lapicera... "Could you please sign this for a friend of mine?" y todos girando sus rostros hacia mí con cara de "¿Quién es esta desconocida que encima tiene acento de quién sabe qué parte despreciable del mundo?" Pero no fue así. Porque como Cenicienta, la Nussbaum salía a todo lo que daba escaleras abajo, le faltaba perder el zapato de cristal. La perseguí y casi le grité "Hi!". Ella se detuvo majestuosamente, se dio vuelta y me miró con los ojos sonrientes. Me dijo que no podía firmarme el libro porque no tenía dónde apoyar y se iba muy apurada a un concierto. Me preguntó cuándo me iba; le dije que el lunes, entonces accedió a firmarme, por las dudas si no nos volvíamos a ver, allí, de pie, advirtiéndome que no iba a ser muy prolija. El resultado no estuvo tan mal de cualquier forma, y yo estaba radiante porque acababa de vencer mis propios complejos y lograr mi cometido. Lo cierto, querida Hiara, es que me moría por llevarte este souvenir, pero mi timidez me hace las cosas muy pero muy difíciles. Ahora, me siento agradablemente un poco más poderosa que hoy de mañana...
Mañana es el último día de conferencia, y el domingo dormiré hasta tarde y haré la valija. Lo cierto es que ya no doy más de saudade y cansancio y sensiblería y... ta. Quiero volver.
Montevideo, I'm on my way.

jueves, 27 de octubre de 2011

Noveno día en Chicago: Robie House

Hoy fue una sola cosa la que hice. Vistié la casa "Robie House" construida y amueblada en su totalidad por Lloyd Wright. Y casi valió por el viaje entero, por todo lo que aprendí. Puedo decir que aprendí que soy flor de despistada (bueno, eso no es nada nuevo), porque había pasado delante de la casa como cien veces, que queda frente al edificio donde trabaja el antropólogo y en diagonal a la Rockefeller Chapel, es decir, sitios que he mencionado ya, y yo como si nada... Aprendí también del arquitecto Lloyd Wright, de su personalidad, de arquitectura y urbanismo en Chicago, de la historia de la casa que es para morirse por lo irónico, y aprendí acerca de un edificio construido por Viñoly, el mismo que diseñó el nuevo aeropuerto de Montevideo, que está aquí mismo en la Universidad de Chicago, frente por frente a la Robie House.
Entonces voy a empezar por ese orden, bien ordenadamente para que no se me entreveren, y a ver si hoy me acuesto antes de la 1 de la mañana escribiendo...

1) Frank Lloyd Wright. Ya les había contado ayer que visité el edificio en Downtown que fue modernizado por el arquitecto Lloyd Wright, y cuya característica es atraer la luz a través de una cantidad enorme de vidrio y por otra parte las formas geométricas. Bueno, pero en ese trabajo él estaba haciendo sus aportes sobre la base del trabajo de otro, el arquitecto Root, mientras que en la Robie House toda la propuesta, de principio a fin, es suya. Esta casa pertenece al "Prairie style" en arquitectura, que vendría a querer decir "estilo pradera", llamado así porque se inspira en el paisaje de USA de las extensas praderas sin árboles. De allí que en las construcciones predominen las líneas horizontales frente a las verticales, y haya muy poca ornamentación más allá de las figuras geométricas y el uso de vegetación en canteros y macetas.
Así, entonces, es la Robie House:
Construida en 1910, era un estilo completamente revolucionario frente a la tradicional imitación de los estilos europeos. Por eso fue que, como les dije, yo había pasado muchas veces frente a ella y no había reparado en ella, pues hoy día es un estilo bastante común, si bien tiene su encanto especial que no cualquier casa moderna tiene... De estas fotos verán mucho mejores en internet. Por dentro, no estaba permitido fotografiar.
Sobre la personalidad de Lloyd Wright, supe de su enormemente exagerado ego, tan es así que cuando lo propusieron para darle el premio al mejor arquitecto viviente, se ofendió porque no le daban el premio al mejor arquitecto de todos los tiempos. ¡Qué gracioso! Y envidiable, sentirse así de grande, y serlo, debe de ser de las mejores cosas de la vida. La magnanimidad de la que hablaba Aristóteles, los estudiantes de Historia 1 se deben de estar acordando...

2) Arquitectura y urbanismo en Chicago: El guía era un señor mayor encantador que nos sabía contar cosas de todo un poco, y evidentemente era un apasionado de la arquitectura. Nos contó que a partir de 1871, año del gran incendio de Chicago del que ya hablé, cambió totalmente la arquitectura en Chicago, donde la obsesión por impedir la propagación del fuego hizo que se rechazara por completo la madera. Entonces yo le pregunté por qué había tantas casas de madera en Hyde Park. Me respondió que las que veo son, o bien más antiguas que 1871 (el barrio de Hyde Park está muy apartado del centro y no se incendió) o son de mampostería pero imitan la madera. Me pareció fascinante aprender esto después de haber sacado tantas fotos de casas de madera. También nos indicó que los "alleys" o callejones que cortan las manzanas por la mitad, y que ya me habían llamado la atención, son más numerosos en Chicago que en cualquier otra ciudad de USA, porque están construidos para que los bomberos, si no pueden llegar a una casa por el frente, por lo menos lleguen por detrás. Otra de las consecuencias que dejó la obsesión provocada por el gran incendio. Aquí una foto de un callejón:

3) La historia de la casa: Resulta que esta casa lleva este nombre porque fue encargada por Frederick Robie y su esposa, unos afluentes egresados de la Universidad de Chicago que decidieron hacer su casa con un arquitecto de punta en ese momento, que además era su amigo personal. Sin embargo, llegaron a vivir en la casa sólo 14 meses. ¿Qué ocurrió? En su lecho de muerte, el padre de Frederick le confesó que debía a sus acreedores un millón de dólares y le hizo prometer que limpiaría su nombre devolviendo todo el dinero. El pobre señor Robie tuvo que vender casi todas sus posesiones para cumplir con el último deseo de su padre... y la casa que soñó, pudo encargar y que fue tan pero tan importante que ha pasado a la historia (y con su nombre), le fue arrebatada después de sólo un año y dos meses. Una ironía sorprendente: ser capaz de tener algo reconocido por toda la humanidad como patrimonio, y quedarse sin ello inmediatamente por razones ajenas a su responsabilidad.

4) Para terminar, el guía se vio muy impresionado cuando le dije que era uruguaya, porque, según señaló inmediatamente, el edificio frente a la Robie House fue construido en 2004 por Rafael Viñoly, el mismo que diseñó nuestro nuevo aeropuerto "con forma de cucaracha" como diría la murga Agarrate Catalina... El edificio de Viñoly es la University of Chicago Booth School of Business, famosa además porque de allí han salido numerosos Premios Nobel. A partir de 2004, la School of Business tiene lugar en el edificio creado por Viñoly, que según explicó el guía, no quiso competir con la reputación de la Robie House sino que buscó dialogar con ella, utilizando también líneas horizontales y vidrio, jugando en el interior con la luz. De hecho, miren esta maravillosa claraboya. Qué bueno que sea un uruguayo. Hoy me sentí orgullosa cuando el guía lo decía, y me señalaba a mí. ("Aramos dijo un mosquito"...)
Uau! ¿Verdad?

En conclusión, fue un paseo corto pero muy nutritivo el de hoy. Me debía el descanso recreativo, porque mañana y pasado es el evento de día completo en la Universidad, sobre el filósofo Bernard Williams. Otra maratón de conocimiento y encuentros, y chismes (que es lo más interesante...). Es lo último que me queda hacer en Chicago. Ya vuelvo.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Been there, done that!

Este título tiene varias interpretaciones, literalmente "he estado ahí, he hecho eso", pero suele entenderse como "a mí ya me pasó", o  "para mí no es nada nuevo", o incluso "cuando tú vas, yo vuelvo". Pero cuando estuve en Londres hace muuuuchos años, la frase se vendía impresa en camisetas con imágenes de los landmarks de la ciudad, como el Big Ben, el Buckingham Palace, entre otros, y se refería a eso de lo que yo hablaba el domingo acerca de la actitud "turista japonés": tratar de cumplir con los "infaltables" de un sitio a donde uno viaja, y, por supuesto, registrar todo con una cámara y la compra de una cantidad considerable de souvenirs. La camiseta que decía "been there, done that", justamente era un souvenir de ese tipo, muy ingeniosamente haciendo una burla de sí misma.
El domingo sufrí, como habrán visto, un ataque de fobia a esta actitud, y me negué a salir del hotel. La verdad es que ahora creo que me sentía demasiado presionada por los eventos que estaban por venir.
Hoy, cuando lo más importante ya ha pasado (me queda un evento de dos días el fin de semana, pero que solamente seré espectadora y pasaré inadvertida, que es lo que más disfruto...), cumplí con una linda planificación de turista que armé anoche y que se llevó a cabo al pie de la letra. Y bueno, fui un poquito turista japonés, pero estuvo muy pero muy bueno. ¿Les cuento?

Para empezar, estuve en el Millennium Park. Podría hablarles horas de este parque, pero lo más fácil es que miren aquí, donde hay un resumen en español de lo más claro y conciso. No pensaba ir. Pero el lunes la Nussbaum puso como ejemplo The Crown Fountain, como una muestra de arte en la que no se necesita de reflexión para que en verano decenas de personas se conglomeren en comunión frente a las gigantescas caras esperando el chorro de agua que, de sorpresa, sin saber bien cuándo, sale de la boca del rostro proyectado. Y también me habló de la Cloud Gate, gigante espejo en forma de huevo, en el que el arte atrae naturalmente a las personas que buscan su reflejo distorsionado allí. Me quedó grabadito en la memoria, y cuando ayer planifiqué la visita a The Rookery, uno de los edificios intervenidos por Lloyd Wright, y vi que el Millennium Park estaba a un par de cuadras, decidí insertarlo en el itinerario.
Pues de verdad que fue muy divertido, y para que puedan disfrutarlo conmigo lo mejor son las filmaciones:
1) The Crown Fountain.
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Aquí la cara gigantesca hace muecas con la boca, y supuestamente se prepara para largar el chorro de agua, pero no lo hace. No me detuve un largo rato, y nunca vi, a pesar de los amagues, salir el agua, pero sí había agua en el suelo, prueba de que aún en otoño funciona.

2) The Cloud Gate:
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Curiosamente, hace unos días mi amiga Fer me envió un video muy emotivo en el que la imagen principal es la Cloud Gate. Ni ella (creo, porque no me lo mencionó) ni yo sabíamos en ese momento que esa imagen era un  landmark de Chicago y que yo estaba tan cerca de verla con mis propios ojos... Ironías de la vida... ¿o nada es casualidad???

Mi siguiente paso en el itinerario fue visitar The Rookery, un edificio de oficinas diseñado por el arquitecto John Root y construido entre 1885 y 1888, que más adelante fue modernizado por encargo por Frank Lloyd Wright en 1905. Fue un acierto haber ido allí, y haber averiguado con tiempo que a las 12 del mediodía hay un tour por los diferentes pisos que de lo contrario están vedados para los visitantes.
El otro día les conté del incendio de Chicago en 1871 del que básicamente sobrevivió sólo la torre de agua.  Pues como nunca hay mal que por bien no venga, ese incendio dio lugar a la formación de una generación de arquitectos que se propusieron a reconstruir la ciudad sobre la base de nuevos conceptos, entre los cuales estaba el rascacielos. El rascacielos, claro, en el origen no era tan alto como para "rascar el cielo", pero así se llamó por ser muy, muy alto (en el concepto de la época), con la finalidad de potenciar más el espacio. The Rookery es uno de los más antiguos que se conservan, y su revolucionaria estructura se propone dejar penetrar la luz natural por todos los medios posibles, ayudada por la utilización de vidrio y hierro. Los diseños del hierro de las escaleras, hermosos, etéreos y con formas de mariposas y flores geométricas fue lo que aportó en su reforma Lloyd Wright. Les dejo algunas fotitos.

Esas dos alas de una gigantesca libélula, son escaleras...
Después de allí, a un par de cuadras de distancia, visité el Art Institute; me quedé convencida de que es una de las mayores colecciones de arte del mundo. La cantidad de impresionistas que hay allí (Monet, Renoir, Degas, Van Gogh, Manet, etc. etc.) supongo que es muy difícil de encontrar en un sitio a la vez! También hay otros clásicos como Rubens, Tintoretto, Caravaggio, El Greco, etc. etc. etc.! Fue verdaderamente maravilloso. Pero lo más lindo, como nena que soy, fue la colección de habitaciones en miniatura de la señora James Ward Thorne (estas mujeres incluso llevan el nombre de pila del marido!), que vivió entre 1882 y 1966. La señora Thorne ser hizo famoa en la década de los 30 por sus miniaturas de habitaciones que reproducen interiores históricos. Saqué fotos, sí, pero son tan realistas, y fabricadas con materiales auténticos como madera, vidrio y tela, que al mirarlas parecen habitaciones reales. Entonces filmé, para que el efecto circundante de la cámara dejara bien en claro que se trata de miniaturas dentro de una vitrina! Les dejo mi favorita. Verán que pongo un dedo al final; no es de despistada, sino para comparen el tamaño!
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Y para terminar, me tomé el tren aéreo que da la vuelta entre los rascacielos.
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No me van a decir que no me porté como buena turista y que no me merecería mi camiseta que dijera "Been there, done that!".
Hasta mañana.