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Obligado y Charrúa X

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De ángeles y derrumbes Alguien diría que quince años no es demasiado tiempo; que no da para mucho en una vida. Pero para levantar un apartamento en ruinas, abrirle ventanas antirreglamentarias, construirle un galpón y un parrillero en la azotea, que todo esté a punto de derrumbarse y volver a levantarlo, para todo eso sí, nos dio. Y para alimentar al ángel que, aunque nunca lo hayamos visto, seguramente habitaba nuestro diminuto rincón del mundo y estaba destinado a protegernos.
Nuestra intención no había sido necesariamente vivir allí para siempre. Habíamos calculado que para mudarnos juntos requeriríamos por lo menos de dos habitaciones. Por nuestros estudios y nacientes profesiones, un cuarto además del dormitorio debería estar destinado a la biblioteca y los escritorios, pero también vendría bien un lugar de desahogo, donde guardar “cachivaches” e implementos de la vida cotidiana como el lavarropas, la aspiradora, la caja de herramientas, sillas plegables, y el arbolito de Navida…

Obligado y Charrúa IX

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Réquiem tardío Nuestro apartamento siempre estuvo de reformas, salvo cortos períodos de paz, durante los quince años que lo habitamos. Estuvo signado por la presencia de albañiles desde la primera vez en que Gustavo me llevó a conocerlo, en que lo vi hecho escombros; creo que ese estado era un presagio de lo que sería su marca por el resto de nuestra historia allí.
A los primeros albañiles no los conocí. Eran los que iban y venían con la misma periodicidad de los ahorros de Gustavo, antes de habitarlo e incluso después, cuando ya vivían allí Charly y Maluco.
Después llegó Fernando, el albañil jovencito. Era amigo de Maluco y juntos tenían una banda. Maluco tocaba la batería, que tenía instalada ahí arriba, en el altillito de cal descascarada y colchón en el piso, y Fernando venía a ensayar con su guitarra. Al parecer se encerraban horas ahí arriba, pero yo apenas fui ocasional testigo. La primera vez en que recuerdo haberlo visto fue sentado en lo alto de la escalera del altillo. Ten…

Obligado y Charrúa VIII

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Juego de niños Nuestro apartamento 3 vuelve a mis sueños constantemente. A veces me veo caminando a lo largo del corredor, sabiendo que han pasado varios años, constatando que allí se hicieron grandes reformas impensables, como la instalación de ascensores para subir a los altillos, que se encuentran de pronto a una altura absurda, o la plantación de árboles frutales. Otras veces me sueño entrando como si todavía fuera mi casa, para encontrarla decepcionantemente vacía.
Creo que vuelve a mis paseos oníricos de manera tan recurrente porque fue la primera vez que fui verdaderamente dueña de algo; la primera vez que me sentí adulta y responsable por un pedazo de mundo. Y, tal vez, sobre todo fue así porque comenzó como un juego, en manos de unos niños que no sabían qué era lo que tenían que hacer para levantar un hogar, pero hicieron lo que pudieron, con los consejos a los que accedieron, y con la mejor intención y mayor fuerza de voluntad disponibles. Los niños se sienten por primera v…

La boda

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Fue el 24 de febrero de 1968, exactamente diez meses y una semana antes de que yo abriera mis ojos por primera vez en este mundo. Todavía está el álbum de fotos en casa, todas monocromáticas, prendidas de las páginas de cartulina negra con esquineritos dorados. Ella parecía una princesa con su vestido blanco largo, sus guantes de seda y su diadema de piedritas brillantes, y le agregaba un cierto aire de solemne misterio un velo transparente de tul que la cubría desde la cabeza hasta el pecho. De casi todas las novias se dice que parecen princesas. Esta descripción no es nada original, y de nulo valor literario. Pero permítaseme hacerla porque se trataba de mi mamá, y todas las niñas en algún momento de la vida queremos decir que nuestra mamá era una princesa. No voy a privarme de ese gusto.

En las fotos resalta mi abuelo Casimiro llevándola al altar, ya viejo (creo que siempre fue viejo, hasta su muerte veinte años después). Está también el resto de los padrinos de boda: mi abuela Wl…

Obligado y Charrúa VII

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Operativo a la uruguaya
Nuestro apartamento 3 estaba casi al final del típico corredor de las construcciones tradicionales en las que una fila de apartamentos diminutos se extienden manzana adentro por el costado de las dos casas principales, la de arriba y la de abajo. Por eso nuestra puerta era el “1303 bis”, ese agregado que avisaba que no se trataba de ningún sitio destacado, sino un añadido, como si el constructor no hubiera querido desaprovechar ninguna porción del terreno, y solo por eso se nos hubiera permitido el privilegio de vivir allí. La casa “principal”, la de abajo, tenía, como la tienen todas en esa clase de edificios, un número de puerta propio. La de arriba, a la que se accedía por una empinada escalera que llevaba a la “casa de altos”, tenía otro número, el 1303, y a ella se anexaba nuestro “bis” de vivienda segundona, de la cual nosotros ocupábamos apenas una cuarta parte, casi al fondo.
Por el 1303 pasaron diferentes familias a lo largo de nuestra vida allí, pero…

La vida es sueño IV

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System failure (o Se me cayó el sistema)

Me comprometí a escribir sobre retratos de personas, aventuras en lugares insólitos y aprendizajes académicos. Y no escribí nada. Cada día me decía a mí misma que hoy de noche sí tendría tiempo de, antes de acostarme, relajarme un rato y poner mis ideas en el teclado, pero nunca pude. Tal vez la explicación de las razones de los diferentes días sirva como un relato atrasado de lo prometido.
Sobre todo, Sue, mi amiga inglesa. He compartido con ella horas y horas de mi vida. Me pregunto con qué otra persona he pasado exactamente quince días sin separarnos, ni día ni noche, más que algunas horas un solo día, y me cuesta pensar en alguien más que no sea un miembro de mi familia y exclusivamente en vacaciones. Porque si bien las personas más cercanas de la familia suelen vivir en la misma casa, es común y esperable que tengan actividades separadas. Pero Sue y yo lo único que hacíamos en privado era ir al baño y dormir…  la mayoría de las veces.
Ell…

La vida es sueño III

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Gente DOMINGO 18 DE MARZO. En un tren hacia Swansea.
Hace cinco días que no escribo nada. Ha sido imposible. Miro las fotos y no puedo creer que haya pasado todo este tiempo sin haber podido sentarme a tomar un descanso, reflexionar y escribir algo sobre esto, y sin embargo tampoco puedo creer que todo lo que tengo para decir haya ocurrido verdaderamente en cinco días, y no en cinco meses. 
Anastasia Me hice de una amiga rusa, Anastasia: entre todos los nombres posibles para una mujer rusa, yo conocí a la que tiene el nombre más obvio. Una joven de treinta años que trabaja en la Biblioteca nacional de Moscú dando talleres de Filosofía para niños. Inteligente y serena, me cayó bien desde que la vi por primera vez en el taller que dictó el miércoles sobre comunidad de indagación y arte abstracto, como parte de esta semana de intercambio sobre el mismo tema. Ella llegó de Moscú el martes de noche, menos de 12 horas antes de empezar su taller, que ya se había cancelado, porque su visa no…