sábado, 14 de octubre de 2017

Diario de Rio IV

Historias viejas para entender historias nuevas. O "no puede ser verdad". 

(escrito el jueves 12/10/2017; pasible de ser publicado recién hoy…)

Praia de Icaraí, Niteroi
El silencio de varios días en este diario se debió por una parte a las actividades académicas, sobre las que no siempre hay algo muy pintoresco que decir, y por otra parte a un viaje de toda la tarde del martes a Niteroi, del que sí hay mucho para contar, pero cuando los acontecimientos son conmovedores por demás es necesario que pase un tiempo para ser capaz de decir algo.
Ahora, a mi regreso, desde el aeropuerto de Galeao, esperando mi vuelo con tiempo de sobra, puedo intentar recuperar ese recorrido.
Niteroi es la antigua capital del estado de Rio de Janeiro, una pequeña ciudad de apenas medio millón de habitantes, cruzando la Bahía de Guanabara, que se comunica con Rio por un puente de varios kilómetros que atraviesa  la Bahía.
¿Qué íbamos a hacer a Niteroi? Es un relato aparte. Un relato que comienza hace ya más de siete años y voy a tratar de revivirlo.
En 2010 fui a un congreso de Educación comparada en Estambul. El viaje de ida fue bastante accidentado, casi desde el comienzo. El itinerario consistía de varios vuelos conectados que sumaban un total de 30 horas desde Montevideo hasta el destino en total. Una de las paradas era Rio, justamente donde estoy hoy mismo, aquí sentada, donde se hacía una conexión por Air France hacia París, para luego seguir. El bus que nos llevaba de la puerta de embarque al avión, que era enorme y por eso tal vez nos esperaba en el medio de la pista, parecía estar lleno de latinoamericanos que salían del continente hacia diferentes partes del mundo, todos pasando por París, punto de inflexión, punto neurálgico desde donde volvían a esparcirse hacia sus respectivos destinos alrededor del planeta. En el bus me sonrió un nervioso muchacho compatriota. Lo supe porque me lo preguntó de inmediato: “¿Sos uruguaya?” Él necesitaba hablar con alguien, y ese alguien fui yo. Iba a hacer un curso en China, y se había dado cuenta de que nuestro vuelo de Air France, con su ruta y horario, era el mismo en el cual aquel avión exactamente un año atrás había misteriosamente desaparecido mientras cruzaba el océano Atlántico. La tragedia el vuelo 447. Los restos de aquel avión aparecerían recién un año más tarde; por entonces era todavía un enigma. El muchacho estaba ridículamente preocupado, pero yo me pregunté si aquello podría ser un presagio. ¿Por qué yo, a quien hacía casi un año no se me había vuelto a pasar por la cabeza aquella tragedia aérea, venía a encontrarme con este chico obsesionado? ¿Sería un aviso, una señal? Quise olvidarme. Después de algún comentario cortés, le di la espalda y me puse a mirar a los demás pasajeros del bus. Y ahí los vi por primera vez, a Celia y José Linhares, sólo que yo todavía no sabía que eran ellos. Me gustaron porque era lo que yo estaba necesitando en ese mismo momento. De la edad que tendrían mis propios padres, ellos iban juntos, riendo y seguros, ostentando su pasaporte brasileño. No los había olvidado cuando los vi casi quince horas después en el aeropuerto de Charles de Gaulle. Porque sí, llegamos, y ya se los digo para que este relato no sea tan espeluznante, pero estuve a punto de no llegar.
La cosa es que cuando subí al bendito avión de Air France, me senté junto a una señora brasileña muy amable, profesora de idioma portugués en alguna Universidad de Brasil, y nos pusimos a conversar de manera tan profunda que desapareció el resto del mundo. Para cuando ella miró la hora y me dijo extrañada que se había hecho tarde, ya habían pasado cuarenta y cinco minutos desde que el avión supuestamente debía haber despegado. Ya no había tema posible de conversación. Dominaba la impaciencia. Y apenas unos minutos más tarde, pensé “no puede ser verdad”. Un año después se supo que esas fueron las mismísimas últimas palabras que quedaron registradas en la caja negra de la cabina del avión perdido. Tal vez es un pensamiento recurrente cuando los humanos estamos frente a un evento que nos aterroriza: “no puede ser verdad”. Pero por los altavoces se escuchó una voz diciendo, en francés y luego en portugués, que por “problemas técnicos” el avión iba a demorar en despegar. “No puede ser verdad”. Y yo, que no habría temido nada si no hubiera sido por el muchacho que se iba a la China y me había advertido de su propio miedo, pensé que era una señal del destino, que quería que yo me salvara. Me había enviado al muchacho para advertirme, para causarme este miedo, y para que me bajara del avión. ¿Alguna vez les ocurrió algo así? Estuve durante los sesenta minutos siguientes debatiéndome entre quedarme y bajarme. Me detuvo el hecho de que estaba en tránsito en Rio, y que si bajaba no sabría qué decir, ni por el idioma, ni por la explicación absurda que tenía para dar. Me detuvo pensar que la Universidad había pagado el pasaje, y que si nada malo pasaba, ¿cómo justificarme? No lo hice porque pensé que no tenía dónde ir. Ya no podía volver a casa sin más. Estaba a 3 horas de avión, y mi pasaje de vuelta estaba marcado para dentro de 1 semana. Por supuesto que no le dije nada de esto a la profesora a mi lado. Pero, por alguna razón, ella tampoco me hablaba. Cuanto más tiempo pasaba, más me convencía de que debía bajarme. Y cuando, alrededor de 2 horas después de la supuesta hora de despegue, estaba a punto de levantarme y salir, se encendieron los motores y la voz reconfortante del piloto nos dio la bienvenida.
Llegamos. Pero la conexión de Paris a Estambul se había perdido. Conseguí que me ubicaran en un vuelo seis horas más tarde, y mientras buscaba dónde conectarme a internet para avisar en casa que no esperaran noticias de mi llegada hasta mucho más tarde, vi a Celia y José Linhares, tan sonrientes, tan seguros como el día anterior, o ese mismo día, ya no lo sé, porque en los aviones y los aeropuertos, que son todos iguales a no ser por la hora que en los relojes va variando, nunca se puede estar seguro del tiempo transcurrido. Estaban mirando una pantalla con las indicaciones de puertas de embarque para los diferentes vuelos, y señalaban, increíblemente, al que iba a Estambul.
Me acerqué a ellos y me presenté; les dije que era uruguaya y que habíamos estado en el mismo vuelo desde Rio. Su calidez me envolvió al instante. Sí, habíamos perdido la conexión, ¡qué problema! ¿Qué iba a hacer yo a Estambul? Un congreso de Educación comparada. No me creerán, pero ellos venían a lo mismo. Celia era profesora de Educación en una Universidad de Rio, y su marido la acompañaba.
Después de eso, fuimos inseparables. Para no dejarme sola en Estambul a esas horas de la noche, me invitaron a tomar el mismo taxi al que pidieron que pasara primero por mi hotel. Me dieron la dirección y la habitación de su hotel, su email (los celulares no se usaban todavía tanto como ahora, por el alto costo, ya que, creo, no se hacían llamadas por internet, o no eran comunes). Hicimos visitas turísticas juntos y Celia y yo presenciamos mutuamente nuestras ponencias. Quedamos en contacto para siempre. Pero no fue hasta anteayer que los volví a ver, en su casa en Niteroi.
La visita no sería algo fácil, de cualquier manera. Porque este relato está indefectiblemente conectado a la tragedia. La tragedia del Air France, sucedida un año antes de conocernos, y  la tragedia de Celia y José, sucedida un año después. Porque en una carretera en los accesos a Rio, un accidente automovilístico mató a sus dos hijas, uno de los yernos y un nieto. Toda una historia familiar borrada de un plumazo. Ellos también deben de haber pensado “no puede ser verdad”. Sobrevivió un bebé, que ahora ellos crían como padres sustitutos. Todo eso me lo contó por email, y yo no sabía qué decir. Cada vez que se cumplía un aniversario del hecho: un mes, seis meses, un año, dos años, Celia escribía un poema para sus muertos queridos y los enviaba a sus amigos por email. Entre esos amigos estaba yo, por lo que pude seguir el proceso de ese duelo.
Las personas no son las mismas después de que les ocurren cosas así. Es imposible que sean las mismas. Por eso yo tenía miedo de ir a visitar a Celia y José, después de siete años, desgracia mediante. En eso pensaba mientras con Carmelia viajábamos en el ómnibus de transporte público que hacía su trayecto de hora y media desde la estación frente a la Universidad hasta el centro de Niteroi. Pensé que iba a llorar mucho.
Y sin embargo, es una gente llena de luz, de risa y de seguridad, la misma impresión que me dieron aquel día en el bus hacia en el avión en Rio, y confirmé en Charles de Gaulle. Nos recibieron en el edificio antiguo y macizo de una zona costera de Niteroi. Llegamos luego de atravesar calles de casas antiguas bañadas con la luz temblorosa que pasaba a través del follaje los árboles. Celia me esperaba con un abrazo enorme, reconfortante, como siempre. Conocimos a su nieto, el sobreviviente, alegre y luminoso, con alguna dificultad para caminar como secuela del accidente, y algún otro problema para hablar, según me dijeron, pero yo, que apenas entiendo portugués, no pude darme cuenta. Carmelia y yo procuramos no decir nada de la historia dolorosa, pero José tomó la iniciativa y nos mostró una foto familiar enorme, con más de diez personas en alguna época en que estaban todos presentes, en que el niño era un bebé, de mirada atenta dirigida bien al centro de la cámara, una mirada curiosa y esperanzada del futuro, sin sospecha alguna de lo que el destino le tenía deparado.
Como si esto fuera un relato de Paul Auster, José le preguntó a Carmelia sobre su pueblo de origen, y resultó que él había nacido en el mismo sitio. ¿Qué probabilidades hay de que, en un país inmenso como Brasil, una uruguaya visite a una pareja conocida casualmente en Estambul con una amiga del nordeste brasileño, y que uno de los miembros de la pareja provenga del mismo pequeño pueblo de un par de cientos de miles de habitantes? Casi ninguna. Pero así fue.
A las siete de la tarde, de vuelta hacia la costa de Niteroi a tomar el bus de regreso a Rio, caminábamos calladas, ensimismadas, comentando intermitentemente sobre el azoramiento de esos encuentros improbables, de las tragedias improbables, de todo lo que “no puede ser verdad” y sin embargo es.
Fue el día más hermoso de este viaje.

domingo, 8 de octubre de 2017

Diario de Rio III

La cabeza llena de historias


Dona Marta
Creo que no voy a llegar a subir hasta el Cristo Redentor. Íbamos a salir hoy temprano con Carmelia pero nos dio pereza; nos quedamos haciendo la sobremesa del desayuno, hablando del origen de las favelas -tan distintas de los cantegriles de Montevideo, ya que éstas comenzaron con los primeros esclavos liberados, y en nuestro caso nunca sucedió eso... por el contrario, nuestro caso es más vergonzoso, porque lo que fue una vez una sociedad bastante equitativa fue expulsando poco a poco a nuestros propios iguales...-; sobre el drama de esas ciudades dentro de la ciudad, donde las familias pobres están a la merced de los traficantes, la policía y los paramilitares, sin saber a quién temer más; sobre el traficante Marcinho VP, que fue asesinado en la cárcel, su cuerpo sepultado bajo sus propios libros, con un mensaje: "Ahora ya no va a leer más"; sobre la comunidad de Dona Marta, famosa por sus casitas de colores... y se nos fue la hora. Y yo me quedé pensando, ¿no es lo más importante las historias, la gente de un sitio? Carmelia vivió 4 años en Rio, y nunca subió al Cristo. Pero sabe todas estas historias. Y bueno, mañana empieza el Simposio, por lo tanto no creo que ya suba al Cristo. Pero me quedo con las historias.

Historias hay en todas partes. Esta tarde me llevó al Instituto Moreira Salles, donde había una exposición del fotógrafo de comienzos de siglo XX Chichico Alkmim. Los rostros de esas fotos, que viajaron en la imagen desde hace 100 años, caras anónimas, la mayoría en la ciudad llamada Diamantina (en Minas Gerais) por la extracción de diamantes en el siglo XVII, cuentan tantas historias si uno se detiene a escucharlas con los ojos... Esclavos, familias ricas, picnics en bosques, funerales de "anjinhos" (angelitos, los niños muertos). Unas miradas, unas poses, unas actitudes, que uno se pregunta si fue mérito del fotógrafo, técnicamente hablado, o si su arte estaba en una habilidad social, un aura de bonhomía que hacía que los modelos se relajaran y dejaran al descubierto la esencia de su alma. La foto que más me intrigó fue esta, la de las 4 chicas posando para una posteridad de la cual se desconoce el objetivo. ¿En qué circunstancia se buscaría inmortalizar semejante angustia evidente?
Chichico Alkmim
Si se mira bien, hay historias en todas partes. Claro que hay que viajar para conocer los relatos, porque esos relatos solo fluyen cerca de donde ocurrieron, como leyendas que están en el aire y que no suelen trascender fronteras. Para eso hay que viajar. Estoy convencida de que la mejor parte de viajar es tener la cabeza explotando de historias.

sábado, 7 de octubre de 2017

Diario de Rio II

Pequeños relatos cotidianos

El enamorado y el real

En una florería donde elegíamos un ramo para la profesora Eliana, que nos invitó a cenar a su casa, entró intempestivamente un estudiante preguntando, como si en esa pregunta se le fuera la vida, si tenían alguna flor que costara como máximo 4 reales. El vendedor le dijo que no, que la más barata costaba 5 reales. El muchacho contó sus monedas muy decepcionado, pero el vendedor le dio las espalda. Carmelia no había llevado la billetera. Me preguntó si yo tenía monedas. Se las di todas. Yo  no las reconozco sin dificultad. No llegaban a un real, pero se aproximaban. Cuando el vendedor entendió que nosotras íbamos efectivamente a darle el dinero, tal vez caló en él la vergüenza, porque le aceptó los 4 reales y le dijo que eligiera una única flor de un grupo. No llegué a ver qué agarró, pero me quedó en la cara la brisa de la puerta que se abrió y cerró a toda velocidad, con la partida del estudiante. Nunca sabremos quién era la persona afortunada digna de tal desvelo.

Água gelada

Caminábamos por la costanera de Ipanema, cuando el griterío de unas voces primero ininteligibles comenzó a hacerse más preciso. Eran dos niños cargando conservadoras de frío pequeñas, pero muy grandes para sus cuerpos, que venían andando a gran velocidad hasta una de las entradas a la playa. "Aguasheladágua" parecían decir. Era "Água gelada, água". Negritos, chiquitos, a paso rápido, seguramente para llegar lo antes posible a apoyar su valiosa carga enorme y pesada, y tal vez, también, para que se derritiera lo menos posible el hielo que vendrían cargando desde la favela. En la entrada se cruzaron con un papá que llevaba de la mano a un niño, de la misma edad, envuelto en una toalla y cargando su baldecito y palita de playa. 

Ucraniana

Aprendí, de palabras de Carmelia, que la escritora considerada brasileña Clarice Lispector, nació en realidad en Ucrania. Su familia emigró a Brasil cuando ella tenía sólo 2 años, y ella nunca quiso siquiera volver a su tierra natal. Se consideraba "carioca da gema" ("hasta el tuétano" podría decirse). Tan es así que su eterna figura, leyendo para siempre un libro con su perro Ulises a sus pies, soporta en bronce los diferentes climas del año, sentada sobre el murete de la Praia de Leme. Lindo lugar, y compañía, para pasar la eternidad. 


viernes, 6 de octubre de 2017

Diario de Rio 1

Hay que construir este diario, sea como sea


Ya hace 36 horas que estoy en Rio de Janeiro con mi amiga Carmelia.
Mientras planificábamos este viaje por Whatsapp, nos dijimos que íbamos a abrir un nuevo blog con el título "Diario de Rio", donde escribiríamos, ella en portugués y yo en español, nuestras impresiones paralelas. Las dos somos escritoras, una brasileña y la otra uruguaya respectivamente, así que el proyecto sonaba de lo más atractivo... (sí, sí, para nosotras)
Algo pudimos hacer, mientras no habíamos llegado a destino. Cada una escribió por su lado, y nos lo enviamos mutuamente. Pero al encontrarnos cara a cara, la vorágine de las charlas y los paseos y la planificación de la vida cotidiana se ha llevado todo el tiempo. Apenas podemos escribir. Abrir un nuevo blog, ponernos de acuerdo en las imágenes, colores, y demás, hacen que esta tarea no termine nunca. En realidad, que no comience nunca. 
Ahora, medianoche del viernes, Carme ya duerme. No le pude proponer mi idea, y es que cada una escriba su diario, pero desde su propio blog ya existente. Creo que es la única manera de que funcione. 
Aquí comienzo yo. Irá un poco atrasado en fechas, pero lo importante, para mí, es que lo hagamos. No hay nada mejor para un viaje que un diario. Está en construcción, como el Cristo de la foto. Ya veremos cómo resulta. Gracias por acompañarnos.

Lunes 2 de octubre

Hace tres años que no veo, cara a cara, a Carme. Pero su voz y su rostro me acompañan todo el tiempo. Es una típica amistad del siglo XXI. (¿Será verdad lo que digo? ¿Habrá muchas amistades así en el siglo XXI? Ojalá) Porque existe el Whatsapp, porque veo sus fotos en Facebook e Instagram, porque ella ha traducido partes de mi escritura y me las ha enviado por escrito, y también grabadas, con su voz con la dulce cadencia del portugués. Ella es casi la única persona con la que comparto, semana a semana, algún entusiasmo literario. Ahora se viene uno grande, un entusiasmo que no tiene precedentes: voy a conocer Rio de Janeiro, en apenas tres días. Y ella va conmigo. Ella, que transitó sus calles durante cuatro años mientras hacía su doctorado, viviendo allí como una carioca más aunque nació en el norte, en Ceará. Ella, que vivió en el entorno de la Rocinha, que llegó al grado académico más alto a la vez que caminaba entre la miseria. Ella, que es una escritora. Me va a llevar de la mano a conocer el Rio que ella conoce, el que ella huele, siente, recuerda e imagina. Y vamos a escribir juntas un diario. Dos escritoras, en español y en portugués, mirando y viendo sus propias perspectivas de la misma aventura. Es, ciertamente, un entusiasmo grande. Pero yo estoy viviendo en un caos. Antes de irme tengo que terminar muchas cosas: dar clases y corregir parciales, responder emails urgentes, dejar lista la medicación de mi madre para los casi 10 días en que estaré ausente, mientras preparo las 2 conferencias que daré en la Universidad de Rio. La ansiedad me está carcomiendo. Ansiedad de que no corra el tiempo, para que me deje un lugar para hacer una cosa más, una más, una más... Ansiedad para que corra el tiempo, porque quiero estar en Rio ya, ya, ya... Pero el tiempo es el tiempo. Corre a la velocidad que se le antoja. Si no, ¿cómo puede ser que ya pasaron tres años desde que le di el último abrazo a Carme?

Jueves 5 de octubre

A veces lo pienso, pero nunca se hizo más real que hoy, mientras el avión despegaba desde el aeropuerto de Carrasco hacia Rio. Hace un ratito, no más.
Pertenecer.
El avión iba cobrando altura y se veían casitas de techos rojos. (Es increíble: de niña pintaba los techos de las casas de rojo, cuando mi casa nunca fue así; creo que solamente lo imitaba de dibujos que veía en los cuentos ilustrados, pero sí, la mayoría de los techos, viéndolo desde el cielo se confirma, son rojos). Casas que para mí no significaban nada. Sin embargo, allí dentro, debajo de cada techito, un drama uruguayo de algún tipo: el nene que se va a quedar  a matemáticas; la ropa que se amontona sin lavar en estos días de humedad interminable; las cuentas inmanejables; el sueldo que todavía no se cobra; el auto que no arranca; las alergias, el colesterol, el desengaño. Yo también soy parte de esos pequeños dramas cotidianos, pero estoy aletargada. 
No es hasta que veo la costa alejándose, mientras nos internamos por el cielo sobre el mar, que siento efectivamente lo que tantas veces he presentido: ahí abajo, atrás, cada vez más pequeña, esa franja blanca de arena me pertenece. Ahí se queda mi idioma, no el español, sino el acento, el "Ahí va" (¿a dónde??), los balbuceos a media voz y que igual el guarda te dé el boleto que esperas. Eso no me sucede en ningún otro rincón del planeta.
Y me emociono: un leve temblor en el pecho, una falta de confort...
¿A dónde voy? A lo desconocido. Nunca estuve en Rio. Dicen que hay pobreza, que hay violencia; que es de las ciudades más hermosas del mundo.
Me espera mi anfitriona en un apartamento alquilado en Gávea. No sé llegar, espero que el taxista sea honesto...
A la noche, espero a Carmelia. Ella es lo único seguro; como un faro, alguien conocido que además conoce el lugar a donde voy. Mi puente.
Ya no se ve nada por la ventanilla: nubes y más nubes. Sacaría una foto, sólo que tengo el celular apagado. Igual, si quisiera, después podría bajar de Google cualquier foto, ya que todas las ventanillas de avión son iguales, ¿o no? Las ventanillas y lo que se ve por ellas cuando se está lejos del origen y el destino. Lo que diferencia a cada ventanilla es quién mira por ella, hacia dónde va, y qué historia deja.

Continuará...

domingo, 18 de junio de 2017

Obligado y Charrúa V


Nieves

Se parecía más a la bruja de Blanca Nieves, si es que en cada nombre puede encontrarse un sentido. Y ni remotamente creo que se le ocurriera competir por la belleza ante el espejito.
Para mí fue un impacto conocerla, porque ella supo romper con todas mis expectativas. Yo estaba acostumbrada, a lo largo de mi vida, a que la gente anciana me devolviera ternura por dulzura. Desde el trato con mis abuelos hasta las interacciones ocasionales en la calle, yo había aprendido infaliblemente que si entregaba una sonrisa, una sonrisa recibiría. Ella me mostró que eso no es siempre así.
El día en que la vi por primera vez, estábamos amueblando de a poquito el apartamento, preparándolo para cuando nos mudáramos juntos. Traíamos cada tanto alguna caja llena de vajilla donada por alguna tía que ya no la iba a usar, o una silla o una mesita olvidadas que surgían de algún hogar generoso. El pasillo hasta el apartamento 3 era angosto y larguísimo, media cuadra que recorreríamos varias veces por día durante quince años de nuestra vida. Nunca calculé cuántos quilómetros por día hacíamos a pie, por solo vivir en ese apartamento, pero ahora pienso que quizás por eso estábamos tan delgados.
El día de mi primer encuentro con Nieves, yo traía algo voluminoso, no puedo recordar qué, que me permitía avanzar de a poco, calculando los movimientos para no dar mi cargamento, en un tambaleo, contra la pared que se desmoronaba ante cualquier roce en pedacitos de revoque. La vieja vivía en el apartamento 2, unos metros antes que el nuestro, y tenía frente a su puerta una especie de banco largo, angosto y petiso, donde ostentaba diferentes macetas de variadas plantas. No recuerdo que las conservara después. Tal vez fue una costumbre de corto plazo. Pero ese preciso día, para dar inauguración a nuestro primer encuentro, allí estaban las plantas.
Lo cierto es que yo, concentrada en mi carga y las paredes porosas del pasillo, tropecé con el banco e hice que una de las macetas se cayera al suelo, boca abajo. Cuando dejé mi bulto y volví corriendo a recogerla, me percaté de que la planta había caído lejos de su maceta, de raíces para arriba. Fue en ese momento que Nieves abrió la puerta. Yo estaba ahí abajo, justo frente a ella, agachada, tratando de regresar, con las manos unidas como un cuenco, la tierra a la maceta, alrededor de las raíces expuestas de la planta. Le pedí disculpas, con mi dulzura aprendida y practicada durante mi corta vida. Que estábamos mudándonos, y que me había tropezado. Que ahora traería una escoba para que no quedara ni pizca de tierra sobre el piso.
-No importa –dijo categóricamente; -igual se va a morir. Una vez que se salen las raíces de la tierra, no hay nada que hacer.
Y cerró de un portazo. Había comenzado nuestra historia.
En aquella década, la de los noventa, en Montevideo todavía pasaban los cobradores de impuestos a domicilio. No existían las agencias Abitab ni RedPagos, y mucho menos los débitos automáticos. No recuerdo cómo pagábamos la electricidad ni el agua; más antiguamente la gente, como mi madre, tenía que ir a las oficinas más cercanas para abonar, pero sé que yo nunca pagué la luz en UTE ni el agua en OSE, y ahora me pregunto dónde lo hacíamos; lo que sí recuerdo es que pasaban puerta a puerta los cobradores de la Intendencia. A nosotros no nos encontraban siempre, porque venían generalmente de mañana, cuando los dos estábamos trabajando. Lo cierto es que Nieves sí estaba, sin excepción. Ella era una especie de matrona de su casa, donde vivía con sus dos hijos y sus tres nietos, por lo tanto tenía más que asegurados los mandados. Entonces estaba dedicada, supongo, a la limpieza, la comida y los detalles de la vida de los vecinos. Nada nos fastidiaba más que cuando nos interceptaba de regreso del trabajo para insinuar que nos habíamos escondido del cobrador.
-Hoy pasó el cobrador de impuestos – decía
-Ah, justo no estábamos – respondíamos.
-Sí, estaban, yo escuché la máquina de escribir.
Este intercambio quería decir más de una cosa: daba a entender que estaba pendiente de nuestras rutinas, de los ruidos de la casa, de nuestras tareas; insinuaba que nosotros evitábamos al cobrador para no pagarle; sugería que ella era una autoridad con la potestad de hacérnoslo notar. Los tres mensajes subliminales eran indignantes, por lo que preferíamos decirle todo que sí y seguir de largo.
La verdad es que el pago de las cuentas mensuales era el gran tema de conversación, indeseable por cierto, que manteníamos con Nieves. Hasta varios años más tarde, el agua corriente entraba a los cuatro apartamentos del corredor a través de un mismo contador de OSE, por lo que cada mes, cuando llegaba la factura, un apartamento diferente tenía que hacerse cargo de la totalidad del gasto, para luego cobrar a los vecinos, puerta por puerta. Desgraciadamente no solo era Nieves la que tenía actitudes obsesivas e irracionales respecto a la división de las obligaciones financieras de los habitantes del corredor, sino que la secundaba el que sigue siendo el ente público más desorganizado del país. OSE ofrecía, para todo el que fuera lo suficientemente demente como para aceptarlo, una especie de recibos impresos a mimeógrafo para cada apartamento. Cada recibo “oficial” ostentaba un monto a cobrar, fijado azarosamente, ya que OSE no tenía forma de conocer cuánto había gastado realmente cada familia. Nunca entendí cómo se calculaba. Había meses en que nos tocaba el monto más alto de todo el corredor, y otras el menor; algunos meses pagábamos una cifra intermedia, que se diferenciaba de otros apartamentos por unas cuantas monedas. En lugar de ese cálculo demencial y arbitrario, habría sido más justo dividir el total en cantidades iguales entre los cuatro apartamentos. Habría sido imposible, dada la clase de racionalidad de los vecinos, proponer una medida que tomara en cuenta el número de habitantes de cada apartamento, y a falta de ese tipo de precisiones, dividir en partes iguales habría resultado mínimamente cabal. Pero no; Nieves imponía, y nadie se atrevía a discutirle, que el monto a pagar por cada uno fuera el determinado arbitrariamente por OSE cada mes. Así era que cuando nos tocaba estar a cargo del pago, nos perturbaba, no el desembolso inicial, que era lo que Nieves creía, sino el tener que ir a hacer una cola a OSE para obtener los recibos infernales. Pero lo hacíamos puntualmente y sin chistar, con tal de no escuchar sus recriminaciones.
Un mes nos olvidamos de pagar. Fuimos castigados, no había forma de evitar el ojo que todo lo veía. Fue un mes caótico, de esos meses enredados que ocurren en la vida de todas las parejas. Tal vez ya había nacido Emiliano, y estábamos sin dormir; quizás estábamos planificando las vacaciones; podía ser durante la preparación de alguno de los concursos de Gustavo para subir de grado docente. No puedo recordarlo. Lo que sé es que la mesa del comedor siempre había sido anárquica, con papeles en blanco para escribir listas de supermercado, saleros y pimenteros regalados por diferentes amigos, tornillos que aparecían de pronto al barrer y nadie sabía a dónde pertenecían, destapadores, sacacorchos, folletos. Ese bendito mes, especialmente desorganizado, debo haber recibido la factura de OSE de manos de Nieves mientras me lanzaba por el corredor tratando de llegar a casa para almorzar antes de salir a dar clases otra vez, de un instituto de inglés a otro. Seguramente apenas la miré a Nieves y le dije que sí, sin saber a lo que asentía, y tras abrir la puerta de casa tiré la factura sin mirarla al rincón de papeles de la mesa. Ahí quedó, hasta un día en que, ordenando (porque a veces, sólo a veces, ordenaba), la encontré y había vencido hacía algunos días. La pagué, repartí las boletitas correspondientes en cada apartamento, y lo olvidé hasta el próximo mes. Pero en la siguiente oportunidad le tocaba pagar al apartamento 2… y en la factura figuraba una multa por pago fuera de fecha. Era un monto bajo, y cuando Nieves, indignada y sentenciosa, vino a señalar nuestro delito, le di el dinero en la mano, ahí mismo, para que se dejara de protestar. Sin embargo, pasamos formar parte de su lista negra, y cada cuatro meses, cuando era nuestro turno, teníamos que salir de casa y volver en puntas de pie por el corredor, a veces pasar agachados si las ventanas del apartamento 2 estaban abiertas, para que no nos viera, porque salía todos los días y a cualquier hora a recordarnos que no olvidáramos pagar. Cuando, un par de años después, OSE puso contadores de agua para cada apartamento, fue como haber declarado la independencia.
No puedo decir que la odiáramos, porque no nos había hecho ningún daño. Simplemente molestaba su presencia, sus reclamos, su radio con plena a todo volumen, sus chismes en el mejor de los casos, cuando estaba de buen humor y salía a recibirnos con la noticia de un accidente de tránsito en el barrio. No le deseábamos mal, pero sí queríamos pagarle con la misma moneda. Hubiéramos hecho cualquier cosa para molestarla a su vez, sólo que no encontrábamos la oportunidad, nos faltaba la imaginación para saber cómo. Se necesitaba para eso la fantasía de un niño, y ya hacía tiempo que no lo éramos. Así que fue un niño el que nos dio ese placer.
Emi ya tenía cinco años un día en que volvíamos de la mano de un mandado, una preciosa tarde de primavera, de esas en que no te dan ganas de entrar a la casa y quisieras seguir dando vueltas sin rumbo. Fue tal vez por eso que a él se le ocurrió la maldad que a mí me había costado tanto formular:
-¿Y si le hacemos una broma a la vieja Nieves? Le tocamos el timbre y le decimos “¿Tiene algo para dar?”
Todos teníamos portero eléctrico, y esa era la fórmula de la pregunta de quienes pasaban pidiendo puerta por puerta. Me pareció una idea estupenda. Era la hora de la siesta, y Nieves estaría seguramente acostada. Tendría que levantarse a atender, y lograríamos nuestro cometido de años: importunarla.
Tocamos una vez; el sonido de la chicharra se expandía, retumbando, por la superficie de la placa de bronce. Nada. Tocamos otra y otra vez.
-¿No estará?
No habíamos contado con que el contestador no funcionaba, ni con que Nieves se había levantado y caminado la media cuadra del corredor hasta el frente. Sólo nos percatamos cuando la escuchamos detrás de la puerta:
-¿Quién es?
¡Qué susto! Nos miramos con los ojos redondos: ya no éramos madre e hijo; éramos dos niños de cinco años, asustados con la bruja de Hansel y Gretel a punto de abrir la puerta.
-¿Tiene algo? – grité disfrazando mi voz, agarré de la mano a Emi y salimos disparados doblando la esquina justo antes de que se asomara.
Nos reíamos mientras corríamos hasta la otra esquina, y a mitad de cuadra de la calle paralela, en las antípodas de nuestro edificio, aún seguíamos ahogándonos en carcajadas. Todavía, si cierro los ojos, siento la falta de aire, el dolor de panza y el candor de los ojitos de Emi celebrando la travesura.
Este año llamé por teléfono, después de diez años, al apartamento 2. Precisaba comunicarme con la familia que se había mudado a nuestro sitio, y necesitaba que me dieran el número. Me atendió el hijo. Todo seguía casi igual. Excepto que Nieves, en algún momento de los últimos años, no pregunté exactamente cuándo, falleció. Ese corredor, para bien o para mal, ha perdido gran parte de su identidad.

lunes, 3 de abril de 2017

Obligado y Charrúa IV

Mantras

Charly ocupó el otro dormitorio, el que a Gustavo le quedaba libre además del altillo. Se estaba separando de la mujer y no tenía dónde ir. Y como muchísimas cosas en la vida que suceden justo cuando estamos preparados para ellas, Gustavo en ese mismísimo momento andaba buscando con quién compartir los gastos del apartamento.
Charly era negro (¿o debería decir afrodescendiente? Creo que no, porque en 1991 esa palabra ni existía); altísimo y delgado como un junco, con unos rizos hermosos que le caían sobre los hombros; rondaba ya la edad de 30 y algo, casi 10 más que nosotros. Trabajaba, al igual que los dos Gustavos con quienes compartiría vivienda, en el Casmu. Pero mientras los otros dos tenían trabajos que, por atípicos dentro de la institución médica, eran invisibles por decirlo de alguna manera, Charly era un tradicional trabajador de hospital: enfermero.
Poco a poco fuimos descubriendo sobre su estilo de vida. Resultaba que siempre estaba, o bien trabajando, o bien encerrado en su habitación, donde sabíamos de su presencia por un envolvente aroma a incienso que salía entre los resquicios de la puerta entornada, e impregnaba todo el apartamento de una paz religiosa. Las veces en que encontré la puerta abierta, todo lo que alcancé a ver fue un colchón sobre el suelo, cubierto por unas seductoras telas coloridas y revueltas ondulantemente. Yo me imaginaba que si ponía un pie en ese cuarto, me sentiría transportada, por los aromas y las texturas, a una dimensión nueva, como si viajara instantáneamente a Oriente. No estaba muy errada, porque luego supimos que Charly seguía prácticas religiosas orientales.
Luego de algunos meses conocimos a Graciela, una joven de sonrisa y voz aterciopeladas que venía a buscarlo cada tanto. Ella no era ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni linda ni fea, pero te sonreía y la oías hablar y te daban ganas de quedarte, como si a su lado las experiencias de tu día a día común y corriente de pronto cobraran una relevancia inusitada bajo su mirada mansa y auténticamente curiosa. Tenía la piel muy pálida, el pelo castaño ondulado hasta la cintura y usaba unas camisolas largas de telas suaves que hacían juego con la decoración del cuarto de Charly. Él nos la presentó como “Graciela”, pero después de algunas semanas volvió a presentárnosla como “mi novia”. Era de esas personas tranquilas como el agua de un estanque. Sabía escuchar en silencio y siempre tenía algo agradable para responder, acariciándote con su voz queda, o una risa mansa para cualquier broma que uno dijera. No estoy segura, pero yo tenía la impresión de que olía a incienso, y estar con ella un par de minutos me devolvía una paz perdida en alguna hora alocada de mi día, y me provocaba una sensación suave en el cuero cabelludo que se me quedaba ahí por largo rato. Probablemente Charly también encontrara en ella esas cosas, y no tuvo más remedio que enamorarse.
Cuando Gustavo y yo nos casamos, ellos ya se habían organizado para irse vivir juntos en otro sitio. Comenzamos entonces una intensa relación de amistad. En aquel entonces no éramos conscientes de eso, pero ellos fueron de las primeras parejas que frecuentábamos. Es que éramos demasiado jóvenes; yo tenía a mis amigas solteras y Gustavo a sus amigos solteros, y eso iba a seguir siendo así por varios años, durante los cuales los amigos poco a poco fueran “sentando cabeza”. Yo salía entonces a reuniones de chicas a las que él no estaba invitado, y él hacía lo mismo. Después de un tiempo esa realidad cambió, y comenzamos a vernos predominantemente con parejas. En aquellos primeros años de la década de los 90, Charly y Graciela eran casi la única pareja estable que veíamos. Los invitábamos a cenar y ellos se metían con nosotros en la diminuta cocina donde amontonados nos las arreglábamos para cocinar juntos. Ese gesto salía de la cotidianeidad que habían aprendido a tener en nuestro Obligado y Charrúa, que conocían bien porque también había sido de ellos. Yo disfrutaba tanto de sus visitas, porque me parecían enormemente diferentes de las que había tenido que sufrir en la casa de mis padres, donde mi madre se preocupaba hasta la desesperación cuando esperaban invitados, y pasaba cocinando toda la tarde, involucrándome en su estrés haciéndome ordenar mi cuarto, o preparando los manteles y cubiertos, o enviándome a hacer incontables mandados a conseguir cosas incomprensibles. Esperar a Charly y Graciela con la carne cruda y las verduras sin lavar le agregaba a nuestra invitación un placer extra que, probablemente, era yo quien disfrutaba con mayor plenitud. Entonces ellos se arremangaban y abrían la heladera, y aquello se convertía de pronto en una cocina de restorán, donde, por turnos, alguno daba órdenes y otros cooperaban. En aquellos tiempos escribí un cuento llamado “Visitas” en honor a ese contraste entre las cenas organizadas por mi madre y las que armábamos entre Charly, Graciela, Gustavo y yo. Ese relato daba cuenta también de unos riquísimos cafés con crema doble y mucha azúcar con los que terminábamos la cena, testimonio invaluable de una época en la que no importaban ni los carbohidratos ni el trasnoche. Pero lo escribí en la Olivetti, y el tiempo se lo engulló en alguna papelera distraída. Ya no tengo pruebas de que nuestra vida alguna vez fue así, nueva, despreocupada e inexpugnable.
Un día, durante esas cenas, Charly y Graciela me pidieron una traducción de un artículo que habían encontrado en una revista en inglés sobre hinduismo. El artículo era largo y a mí se me hacía difícil encontrar el tiempo de escribir todo eso en español. Entonces Gustavo me dio la idea de grabarlo. Con mi grabador JVC que había sido regalo de Reyes cuando tenía 15 años y aún me acompañaba (¿existe todavía la marca JVC? ¿O desapareció, como todo lo destinado a perdurar una vida entera?), durante días fui leyendo el artículo en voz alta, pasando torpemente (la traducción fluida nunca fue lo mío) la palabras escritas en inglés a vocalizaciones en español. Yo no tenía ni idea de muchas de las cosas que ese artículo mencionaba. Allí supe, usando un diccionario muy gordo que hace años he archivado porque ahora todo está al alcance en Google, que “fast” como sustantivo significa “ayuno”, y también aprendí, mucho más tarde y para mi risueña vergüenza, que Maharaj Ji es un antiguo nombre de Dios en sánscrito, que se utiliza para nombrar a algunos líderes espirituales hinduistas. La vergüenza fue retroactiva, cuando varios años después me prestaron un libro sobre la vida de Prem Rawat, también conocido como “Maharaji”; mi único contacto con esa palabra había sido en mi niñez a través de un sketch humorístico televisivo de Espalter y Almada, que por alguna razón nunca olvidé, donde se referían a un cierto “maestro, el gurú Marajá Jijí” (así pronunciado: MARAJÁ JI JÍ). Al ver la palabra escrita y su contexto, le pregunté a la amiga que me había prestado el libro qué era y cómo se pronunciaba, y en ese momento supe que era “Majarashi”. La traducción grabada, sin embargo, me había tomado por sorpresa. La primera vez que me encontré con la palabra, iba torpemente haciendo mi traducción, cuando irrumpió de pronto en el texto. Me detuve y sin pensarlo demasiado me salieron de los labios las únicas sílabas que mi mente había alguna vez registrado: “MARAJÁ…JÍ”. El nombre era repetido a lo largo del artículo varias veces, por lo tanto, finalmente tomé velocidad y la grabación se volvió una especie de mantra donde, cada tantas oraciones se repetía “MARAJÁ… JÍ…MARAJÁ… JÍ”.
Años después, cuando llegó por circunstancias insólitas e insospechadas ese libro revelador a mis manos, supe de la verdadera pronunciación y significado tanto de la palabra original como de la pretendida broma de Espalter y Almada, recordé mi grabación y por un buen rato no pude parar de reír imaginando retrospectivamente cómo se habrían desternillado Charly y Graciela escuchándome. Recordé también que días después de haberles entregado el cassette, vimos a Charly y éste me agradeció muy efusivamente el trabajo: “Nos fascinó tu forma de leer”, dijo con una sonrisa de oreja a oreja. Ahora cobraba sentido. Por supuesto que les fascinó. Se habrían descoyuntado, rodando por el suelo, en esos instantes en que la realidad desaparece por un momento y todo se reduce al presente en que el cuerpo, dominado por estertores, y la causa de la risa se hacen uno y lo único que existe. Era, ciertamente, algo para agradecer.

Veinticinco años más tarde, hemos perdido el contacto con Charly. Tenemos nuevamente amigos solteros, es decir, separados, divorciados, mientras nosotros seguimos imbatiblemente siendo dos, nuevamente raros, nuevamente solitarios. Una mañana Gustavo y yo estamos en el Casmu para hacernos análisis de rutina de glicemia y colesterol, algo impensable en aquel tiempo en que tomábamos sin culpas el café con crema doble saturado de azúcar; todo llega… Todo llega, incluso una voz conocida pero ya olvidada que nos llama en el hall de espera para la extracción de sangre. Es Charly. Con sus rizos largos, ahora entrecanos, tan alto como siempre, pero con un poco de panza. Lleva su uniforme blanco impecable de enfermero. Le hablamos de nuestros hijos, nos habla de los suyos. “¿Seguís con Graciela?” “Claro”, dice, “si pierdo ese tren, muero…” Al fin y al cabo, siguen siendo casi la única pareja estable que conocemos en un tiempo de soledades. Intercambiamos números de celular, y un día de estos los vamos a invitar a cenar.

domingo, 19 de febrero de 2017

Réquiem para una osadía

26/10/2016. Mawi Gómez fotografía
Llegué al barrio de los “cuernos de Batlle”, del que Krisse se acaba de marchar, en 1977, poco antes de cumplir los nueve años. Ella me llevaba sólo tres, pero a esas edades la diferencia parece muy grande. Vivíamos, tanto en ese entonces como hoy (que ambas volvimos después de que la vida girara a su propio antojo), a sólo dos cuadras de distancia. Pero cuando uno es pequeño, su radio social se restringe a la propia manzana. Es recién en la adolescencia que uno comienza a aventurarse por su cuenta alguna calle más lejos, tal como los documentales muestran a los cachorros que se alejan de la madriguera para explorar. Krisse llegó a esa etapa, pues, tres años antes que yo.
Mi mejor amiga era Fernanda, que vivía casa por medio de la mía. Ella sigue estando en mi núcleo más cercano; es increíble qué cortos son al fin y al cabo los trayectos que podemos llegar a recorrer los humanos durante nuestras increíbles vidas. Los cachorros de los documentales en pocas semanas ya no recuerdan a su madre, mientras que los humanos, por más lejos que viajemos con nuestra acción e imaginación, finalmente recalamos en el mismo puerto, junto a las mismas personas. Como las almas, dicen quienes creen en la reencarnación, ¿verdad? Al fin y al cabo, es la misma idea: todo un universo a nuestra disposición, pero nos quedamos agazapados debajo de una misma manta. Hay mucho de ternura y calidez en esa idea. Me gusta. Por eso, tal vez, es que pueden contarse este tipo de relatos.
Lo cierto es que pasábamos todos los fines de semana del año y todos los días del verano jugando en la calle. Se mezclan en mi memoria algunas niñas más, pero la que siempre está en esas imágenes que se agolpan en mi retina es Fernanda, con quien en plena vereda ensayábamos los pasos de baile del grupo Menudo. Para ese entonces nosotras ya tendríamos once años, y Krisse estaba dando dos grandes pasos simultáneos: sus incursiones lejos del cuidado de su madre, y su incipiente transformación sexual. Fue cuando la vimos por primera vez. Era nuestro primer encuentro con una naciente chica trans; ni siquiera sabíamos que la categoría existía, pero así son los niños, al no conocer de categorías, todo es más natural y válido; lamentablemente eso se pierde con los años. Deteníamos nuestras coreografías para observarla pasar. Ella era un varón, claramente, pero llevaba la ropa ceñida al cuerpo y  el pelo lacio por los hombros, suelto y aclarado con agua oxigenada, que era lo que se usaba en esa época cuando cualquiera de nosotras quería experimentar un cambio en el color de un mechón sin que la madre se enterara, porque era algo barato que se podía comprar rápidamente en la farmacia.
Tan elemental nos parecía el pasaje de un género a otro, que un día Fernanda me dijo: “Averigüé que se llama Fernando. ¿Entonces se hará llamar como yo?”. Después de verla pasar muchas veces, comenzamos a saludarla. Mi recuerdo de ella es como esas confusas imágenes de los sueños que pretendemos recuperar al amanecer. Su paso coqueto, su ropa andrógina y audaz, su cabello rojizo. Y de pronto, es como si me despertara y me doy cuenta de que ya soy una adulta y que le perdí el rastro. No la volví a ver durante unos veinticinco años.
Diez años después de las coreografías en la vereda yo ya había evolucionado a una joven adulta y me ennovié con Gustavo, mi actual marido. Los primeros meses de noviazgo fueron, como en todas las parejas, de una intensidad inusitada, como si exprimiéramos la energía vital de la otra persona con la que quisiéramos fusionarnos, hacernos una sola, no sólo en cuerpo, sino en espíritu, en historia de vida, como si pudiéramos viajar en el tiempo y formar parte de esa vida anterior que exploramos mientras respiramos sus relatos.
Gustavo también vivía en el barrio, incluso en la misma calle que yo, sólo que unas quince cuadras hacia el Prado. Por la misma calle, a medio camino entre mi casa y la de él, estaba (sigue estando) el Liceo Nº26, donde cursó Gustavo. En una de esas conversaciones arqueológicas de intensa exploración mutua, él me preguntó si yo conocía “al Cardozo”. Yo no tenía idea de quién me hablaba. “Un puto que iba al 26. Vivía ahí, a dos cuadras de tu casa.” Y entonces entendí que se trataba de Krisse. Pero para nosotros todavía no era Krisse. Para mí era Fernando, y para él era “el Cardozo”, por esa costumbre liceal de llamarse por los apellidos. Yo no lo había vuelto a ver. Él sabía que se había terminado de transformar, luciendo como una auténtica mujer, y que se prostituía habitualmente en la esquina de Bulevar y Nicaragua. Lo (“la”, pero el concepto de la autonomía del género no asomaba todavía en los albores de la década de los 90) habían visto varias veces al pasar por ahí con ex compañeros del liceo, y siempre le gritaban groserías. No me pareció ni bien ni mal. La empatía todavía no había golpeado a mi puerta. A la de Gustavo tampoco.
En 2002 estaba emprendiendo la investigación que me llevaría a la publicación de A su imagen y semejanza, cuando recibí una llamada de Gloria Álvez, que ya era presidenta de ATRU y a quien yo ya había entrevistado. Me dijo que la secretaria de ATRU (“Cris”, anoté en mi agenda) quería contarme su historia. Pero que no podía trasladarse hasta la sede de ATRU porque hacía poco se había caído de la moto y se estaba recuperando de una fractura en la clavícula. La llamé entonces al teléfono fijo que me dio Gloria, anoté la dirección y me largué, a pleno barrio Unión, una casita humilde pero confortable en la esquina de una calle paralela a 8 de Octubre, a pasos de Veracierto. Me abrió la puerta en bata de plush y con el pelo mojado. Se acababa de duchar en ese día insoportable de verano. Me hizo pasar y se me quedó mirando descaradamente, como si me interrogara con la mirada. Ella era la segunda “travesti” (como se autodenominaban todavía en esa década) que yo entrevistaba, y me seguía provocando esa sensación rara en el estómago cuando las veía tan de cerca. Una mezcla física de atracción y turbación, un morbo excitante que me llevaba a imaginarla desnuda y a la vez deseos contradictorios de alejarme.
-Yo te conozco – me dijo.
Yo estaba segura de que no. Le dije que era la segunda travesti que entrevistaba, que yo no había visto a otra de cerca nunca antes en mi vida. (Con una oración similar comenzaría luego la novela). Me preguntó dónde vivía. Le dije que en Pocitos. Dónde trabajaba. Clases de inglés. No, no. No encajaba, pero ella estaba segura de que me conocía. De a poco fuimos narrándonos, hacia atrás, las líneas generales del relato de nuestras vidas. Yo le respondía sin ganas, porque estaba segura de que no teníamos nada en común. Pero llegó el punto en que coincidimos: los cuernos de Batlle. Me maravillé. Fernando, “el Cardozo”. Ahora era Krisse. Ahí estaba frente a mí, más cerca de lo que nunca había estado, transformada en mujer más de lo que yo nunca la había visto. La pasada cercanía aflojó nuestras mutuas reticencias, y terminamos la tarde en una charla de amigas. Le hablé de Gustavo, pero decía que no lo recordaba. “Debe ser que no me lo cogí, porque de esa época me acuerdo de los nombres y las caras de uno por uno”. Me contó cosas de sus inicios, porque quería remontarse junto a mí a lugares que sabía que yo conocía, y eso parecía devolverla tangiblemente a un pasado feliz en el que todo su futuro había parecido inmenso, eterno y triunfal. Me mostró el anillo de bodas que llevaba permanentemente en su dedo anular; unas iniciales que ya no recuerdo y una fecha de 1980. Me contó que se lo había regalado su amor de la adolescencia el día antes de casarse, una señal de que habría querido casarse con ella, pero que ella, como siempre, no era una chica para llevar al altar. Un corazón tan roto… Como hasta el final de sus días.
Llegué a casa transfigurada. Feliz y maravillada. Otra vez pensé qué vidas tan cortas y pequeñas las nuestras, que por más caminos extraños y diversos que exploráramos, siempre veníamos a terminar en el mismo sitio.
-¡A que no sabés a quién entrevisté! –le pregunté a Gustavo.
El me respondió que evidentemente no sabía a quién había entrevistado, ya que él no conocía personalmente a ninguna trans.
-Sí, conocés una, aunque no te acuerdes ahora. “El Cardozo”.
La sorpresa le tranfiguró el rostro, y empezó a hacerme todo tipo de preguntas. Le conté las cosas que Krisse me había contado, el doloroso camino de abandonar su familia, de ser hostigada en el liceo, de amores que la habían adorado y sin embargo la habían mantenido en el secreto como una vergüenza inconfesable.
-Ojalá pudiera volver atrás y defenderla de los que la molestaban – me dijo con tristeza; -claro que uno de esos era yo mismo.
Y me narró momentos que él recordaba en los que “el Cardozo” había sido humillado en público, y que había presenciado sin hacer nada. Los relatos de ese día quedaron plasmados en la parte de la novela donde la profesora de inglés, Leonor, se encuentra con Karine, el personaje que representa a Krisse, y descubren que se conocen desde la niñez. El marido de Leonor cuenta más tarde una pelea infame en la calle atrás del liceo. Todo ese fragmento está constituido por los relatos que me fueron contados por uno y otro en ese inolvidable día que me reencontré con Krisse. Por lo menos se salvó ese testimonio.
El 7 de setiembre de 2006 fue la presentación de A su imagen y semejanza en un bar de la Ciudad Vieja, y allí los “presenté” (es un decir, porque ya se conocían) a Gustavo y a Krisse. “¿Así que vos me gritabas ordinarieces, como dice ahí en el libro? Tenés suerte de que no me acuerdo” y así ella le arrancó una risa. Tenía ese humor irresistible.
Ese año estuvimos juntas, gracias a ese libro, en canales de televisión. En Canal 5, con Raquel Daruech, que estaba muy agitada y colorada porque “nunca había entrevistado travestis” según me confesó entre risas nerviosas; estuvimos en “Buen Día Uruguay” con Leonardo Lorenzo, y allí me enteré de su problema cardíaco. La pasé a buscar en el auto, pero yo nunca había estado en el Canal 4, entonces me perdí. Dimos vueltas y vueltas, y se nos hizo un poco tarde. Krisse se puso roja como un tomate y me contó, entre leves jadeos, que sufría del corazón y que la taquicardia de los nervios la ponía así. Llegamos en hora y la maquillaron divina, pero nunca olvidé con cierta culpa el mal rato que para ella significó un esfuerzo para su maltrecho corazón.
El 26 de octubre del año pasado apareció por última vez en público en la celebración de los 10 años de la novela. Estaba increíblemente hermosa, y contenta, con su risa que se le escapaba sin que pudiera hacer nada. La foto que encabeza este texto es uno de esos momentos.
No fue la última vez que la vi. Porque en algún momento desde que nos volvimos a ver en 2002, ambas regresamos a los cuernos de Batlle. Me la encontraba haciendo mandados por el barrio y nos quedábamos charlando. Ella hacía tiempo que ya no estaba saliendo a trabajar, porque se sofocaba y apenas podía caminar un par de cuadras. Estaba viviendo de una pensión. La vi hace dos semanas, sentada en la puerta de su edificio, en una sillita de playa, tomando aire a la sombra del árbol. Un día sofocante; llevaba el inhalador en la mano. Me habló de que se había inscripto para trabajar en el Sistema de Cuidados, porque tenía experiencia con gente muy mayor, pero que todavía no la habían llamado. Me dijo que había pasado varias semanas entrando y saliendo del hospital, que ya se le dificultaba respirar. Entonces se me cruzó por la cabeza que cualquier momento de esos sería el último en que nos viéramos. Qué curioso; se me ocurrió y lo era. Pero no le presté atención a la idea. Lo que sí atrajo mi atención fue el ver que ya no llevaba su alianza de bodas. Le iba a preguntar qué había sido de ese anillo, pero entre tantas cosas que hablamos, se me olvió. Ahora ya no habrá a quién preguntarle. Alguien se casó en 1980 y el día de su boda le dijo a la novia que había perdido la alianza que llevaba en el dedo desde su compromiso. ¿Cómo habrán resuelto el problema el mismo día del casamiento? ¿La novia se habrá enojado mucho? ¿Habrán utilizado una alianza prestada por un familiar? Ahora el dedo que la llevó durante alrededor de 30 años quedará desnudo para siempre. ¿Se la habrán robado en algún servicio de salud? ¿Lo habrá empeñado en alguna época de penuria económica? O cuando alguien vacíe su casa ¿lo encontrará atesorado en una antigua cajita de música?
Cada vez que alguien se va deja agujeros, sean cuales sean. Preguntas que nunca se hicieron, secretos que no se contaron. Objetos y sitios habitados por antiguos fantasmas. Está bien que así sea. Cada uno atesora una leyenda. Krisse se va con la suya propia.

sábado, 28 de enero de 2017

Obligado y Charrúa III

Maluco

En el altillo vivía Gustavo. El otro Gustavo. No es un juego de palabras ni un acertijo. Era un muchacho un poco mayor que nosotros, más cerca de los treinta, barbudo y de pelo largo, que también se llamaba Gustavo. Un hippie, podría decirse. Y sí, creo que él también se sentiría cómodo con el calificativo, sólo que en esa época ya no se hablaba de hippies. En todo caso de “malucos”. Puede que se sintiera más identificado con ese mote, sí.
La cosa es que Gustavo, mi novio, apenas mudado tenía el altillo y un dormitorio libres en el apartamento, y los había ofrecido entre sus conocidos para alivianar la cuota del banco. Gustavo, el maluco, aceptó encantado. Había hasta entonces vivido con sus padres en el populoso “Complejo Bulevar”, junto al Canal 5, pero la desgracia que recientemente había atravesado lo iba empujando gradualmente lejos de su cómodo círculo conocido. Quién sabe, tal vez también lejos de las claras estructuras mentales, de lo que es lógico, de lo que es cabal, como más tarde tuvimos algún indicio. Así fue que escuchó la propuesta y le hizo ilusión ocupar el altillo diminuto encaramado en lo alto de la escalerita de hierro, con una salida propia a la azotea alrededor de nuestra claraboya.
En su evocación vuelve a mí angelical, transparente, siempre risueño; el pelo oscuro, lacio y grasiento cayéndole sobre los ojos, que él retiraba con la mano y un movimiento de la cabeza que reproducía decenas de veces durante nuestras charlas. En ocasiones merendábamos alrededor de una mesita plegable que servía de comedor improvisado bajo la claraboya, cuando todavía el apartamento estaba lejos de bien equipado. El maluco, por siempre solitario, encerrado en su altillo, nos oía y salía a buscar nuestra compañía. Se sentaba en lo alto de la escalera, sobre el descanso, umbral de su madriguera, y desde allí participaba en nuestras conversaciones con esa sonrisa bonachona, cándida. Entonces yo le ofrecía un bizcocho, y él bajaba sin hacerse rogar, desgarbado, bien aferrado a la barandita para no caerse y agradeciendo con la mirada más que con las palabras, y pasaba con nosotros el resto de la tarde.
A Gustavo lo impacientaban esas tertulias porque, decía, sacaban la parte más irracional de mí, y no le gustaba verme en ese trance. Es que el maluco era un excéntrico, y si entrabas en un sincero intercambio, no tenías más remedio que mimetizarte. No era la pinta, ni los hábitos, ni el hecho de que día por medio nos mostrara un retoño de marihuana que tenía en una maceta, alardeando de todos los porros con los que un día nos iba a convidar. Había en su discurso algo que inquietaba.
De a retazos fui armando la trama de su historia, la que lo había convertido en ese hombre a la deriva. En un mismo año había perdido a su madre, a su hermana y a su novia, con la que, al parecer, estaba comprometido para casarse. No sé si alguna vez conocimos todas las circunstancias, pero me queda claro que la novia murió en un accidente automovilístico. Interpreto que el dolor lo apartó de su anterior vida. Huyendo de quienes lo amaban y compadecían, y de quienes evitaban su presencia por la incapacidad de encontrar palabras adecuadas, se había refugiado en nuestro altillo. Igual, no era fácil andar por el mundo sin que éste se lo recordara con frecuencia. Un día de otoño, por ejemplo, Gustavo en la cocina hervía agua mientras un amigo lo esperaba bajo la claraboya. Iban a caminar por la rambla, y estaban armando el mate mientras charlaban sobre mujeres. Como era usual, el Gustavo maluco se asomó a lo alto de la escalera y prorrumpió amistosamente: “Mi tocayo parece un santo, pero por lo que veo, no deja títere con cabeza”, a lo que el amigo, en un similar tono fraterno, bromeó: “No pierdas de vista a tu mujer ni a tu hermana ni a tu madre, porque éste no le tiene piedad a ninguna”. El maluco lo miró con tristeza y tras un instante de silencio pudo decir: “A ellas, imposible tocarlas”. Se volvió a encerrar en el altillo, que ya no era refugio de nada, porque al mundo, como agua que sube por las averías de un bote, no había como evadirlo.
A medida que se acercaba nuestro casamiento, le comentábamos pequeñeces para ir dándole a entender que tendría que abandonar el altillo. Si alguna vez nacía un niño, le explicábamos ilusionados, tendríamos que mudar para ahí arriba nuestros escritorios. Él no se daba por aludido. Tan encariñado estaba con su buhardilla, con su palco privilegiado a nuestra vida cotidiana, que su imaginación parecía no dar cabida a otro universo. Nos miraba de hito en hito, como hurgando en nuestras intenciones, y preguntaba: “Pero no va a nacer enseguida, ¿no?”
Un día, mientras Gustavo se daba un baño, me quedé a solas con el maluco y entre mate y mate estuve muy cerca de tocar el corazón de su desdicha. Me contó que la novia era chilena, de una familia adinerada, y que tal vez por eso entre otras cosas el padre de ella no aprobaba el noviazgo. Que el accidente lo había tenido durante un viaje de visita a la ciudad donde había nacido. A él, la noticia le había llegado de casualidad, por algún pariente piadoso. Él sospechaba que fuera mentira; que en realidad se la hubieran arrebatado. Me lo quedé mirando boquiabierta, embriagada por la mera posibilidad de que su versión fuera la real, o por la fascinación ante las sinuosidades por las que una mente podía optar para esquivar la convicción de la desgracia. Me infectó la idea. Comencé a comerme las uñas y a hacerle preguntas. Apoyarlo en ese desvarío significaba, por fin, haber encontrado la única manera de darle un abrazo sin que pareciera cursi, la única forma de consuelo que no implicara tenerle lástima. Él también, se encendió de entusiasmo. Hablaba rápido y desmenuzaba los detalles de aquella relación añorada, los pormenores que él había observado, cual un detective salvaje, que ponían en evidencia que se trataba de un complot, y que ella debía seguir con vida. Cuando Gustavo salió de la ducha, vestido y afeitado, encontró a dos locos musitando incoherencias en las que, a pesar de todo, parecían estar de acuerdo. Me instó a irnos. La película que íbamos a ver en Cinemateca, dijo, estaba a punto de comenzar.
En solitario, era visible que el maluco sopesaba los efectos que su presencia podría tener en la convivencia de una pareja de recién casados. Un día nos esperó –era evidente por el apremio con que abrió la puerta y por cierta exaltación que agrandaba sus ojos- para contarnos lo que había estado pensando. Que nosotros necesitaríamos privacidad, aunque no naciera ningún niño, y que él entendía que nuestra intimidad estaría a salvo si pudiéramos contar con entradas independientes a la vivienda. Así, él se reservaría como acceso a su altillo la ventanita de la azotea. Tenía guardada una cadena larga y gruesa, con eslabones grandes como estribos, y la colgaría desde la azotea hasta el corredor para trepar por ella. Era tal la intensidad y el candor con que lo expresaba, que no supimos qué responderle. Cada día perfeccionaba su plan, y la cadena iba en su imaginación cobrando nuevos elementos para facilitar la subida y disimularla de la mirada de los vecinos. Como un niño, planificaba su vida dentro de una casita en el árbol; nosotros, los adultos, lo escuchábamos sin atrevernos a romper el hechizo.
El destino del Gustavo maluco se me pierde en la bruma de los preparativos de la boda. No puedo asegurar qué ocurrió exactamente, pero el día de nuestro casamiento, el maluco estaba sentado en los últimos bancos de la iglesia, con su pelo largo y una camisa blanca con corbata. Recuerdo, sí, mi sensación de alegría al verlo; haría semanas que se había mudado.
Un día hace no mucho, en los alrededores del Canal 5, los dos Gustavos se cruzaron y se saludaron fugazmente como parientes lejanos. Lejanos en el tiempo; habrían pasado casi veinte años. Posiblemente habría vuelto a su casa paterna. Seguía teniendo el pelo largo y la barba.

viernes, 20 de enero de 2017

Obligado y Charrúa II

Apartamento 1


El apartamento 1 fue siempre un enigma. A diferencia de las demás paredes del corredor, que habían sido a lo largo de las décadas pobladas de ventanas antirreglamentarias, la primera unidad había mantenido su construcción original, con su puerta de dos hojas como única abertura hacia el pasillo, detrás de la cual, si estaba cerrada, como siempre, dominaba el misterio. Me asusté la primera vez en que la vi abrirse. Ya éramos novios, y atravesábamos el pasillo con cacharros viejos de cocina que una tía de Gustavo le había cedido para que pudiera de a poco emprender su mudanza. Entonces, la puerta enigmática se entreabrió y vi asomarse una cara reseca y arrebujada de una anciana. El poco pelo que tenía era blanco y le daba un marco casi invisible al pequeño rostro.
-¿Miriam? – dijo la aparición.
Me sobresalté, pero logré sobreponerme y le sonreí sacudiendo la cabeza; que no, que yo no era quien buscaba. Pero sus ojos, acuosos, grisáceos, no me miraban; en realidad no miraban hacia ninguna parte, me atravesaran como si yo fuera un fantasma.
-¿Miriam? – volvió a preguntar, más vehementemente, y yo me estremecí.
Fue Gustavo el que salió a mi auxilio:
-No, señora, no es Miriam.
El rostro se volvió a sumergir en su escondite y la puerta se cerró de un golpe.
Gustavo se rio al verme lívida. Me explicó que la anciana vivía con una mujer más joven, que al parecer no estaba en todo el día, llamada Miriam. Y dedicaba la energía de todas sus horas a esperarla. Como si le sobrara el tiempo, tal como a un alma en pena, abría la puerta cada vez que oía pasos por el corredor y se asomaba para preguntar por Miriam.
Era el tiempo en que yo le enseñaba inglés a Gustavo. Era por eso que, como en un juego, las frases que Gustavo iba día tras día aprendiendo nos servían de condimento a nuestros diálogos, salpicándolos con el puro objetivo de hacernos reír. Entonces él, fingiendo adelantar su cabeza para sacarla por el resquicio de una imaginaria puerta con cierta brusquedad para asustarme, dijo: “Are you Miriam?”. Y nos deshicimos en carcajadas.
En algún momento de nuestra historia allí, seguramente pocos meses después del episodio, la anciana murió –cuando la vi, ya era casi un espectro-, y por chismes de los vecinos del apartamento 2 nos enteramos de que Miriam había heredado el sitio. Más tarde o más temprano, no puedo ordenar los recuerdos, algunos albañiles anduvieron picando dentro. Al parecer, Miriam quería hacer reformas. Algunos días pescábamos la puerta entreabierta mientras trabajaban los obreros, y pudimos ver que habían quitado la claraboya, y estaban subiendo un murito en el perímetro donde ésta antes había estado. Es una idea que obsesiona a algunos habitantes de recintos con claraboyas: liberarse de la indefensión que muchas veces hace sentir el desnudo vidrio bajo el sol quemante o bajo la tormenta, elevando una planchada con ventanas como tragaluces todo alrededor. Pero el dinero se le acabó pronto, porque las refacciones no avanzaron mucho, y un tiempo después el apartamento quedó desoladamente abandonado. La imaginación también se le había acabado pronto, al parecer, ya que una vez golpeó a todas las puertas del corredor una mujer desconocida con llaves en la mano; venía a ver la unidad 1 para comprarla, y pedía a los vecinos si le prestaban una linterna o una vela. Los tragaluces habían sido diseñados tan pequeños que como párpados soñolientos dejaban entrar apenas una línea de sol. El apartamento 1 se había convertido en una pequeña catacumba.
Finalmente lo compró una familia del interior que iba y venía. Nunca se supo quién era el “jefe de familia”. Vivían allí, a veces sí y a veces no, una madre de cerca de cuarenta años, un hijo de veintipico con su novia, una hija de 14 que escuchaba cumbia a todo lo que daba y un niño de 9 o 10 años que andaba en patineta por todo el corredor y se robaba el correo: facturas de UTE, OSE, lo que fuera. Nunca corrigieron la iluminación. El sitio quedó para siempre soñoliento, con sus ojos entreabiertos, y la luz artificial funcionaba todo el día. La tarde en que nos fuimos para siempre, en 2007, no había nadie ahí para despedirnos. Nunca dejó de ser un misterio.

miércoles, 4 de enero de 2017

Obligado y Charrúa I

A la luz de la luna



Como siempre, yo veía muy poco. Y mucho peor si sólo estaba para iluminarlo la luna. Pero no importaba lo que había para ver. Era una aventura de cualquier manera.
Pocas veces recordamos con detalle la primera vez que estuvimos en un sitio que luego se convertirá en cotidiano, pero en el caso del apartamento de Obligado y Charrúa, sí, lo recuerdo bien. Salíamos del cine con Gustavo. Era nuestra primera cita en privado y “formal”, ya que esta vez fue él quien me invitó expresamente. Antes había sido espontáneamente, a veces con un grupo de gente de Facultad y a veces solos; siempre la invitación salía de no se sabía quién, parados en la esquina, alargando las discusiones de la clase, hasta que de pronto a alguien se le ocurría: “¿Y si la seguimos en La Tortuguita?”. Pero esta vez él me había dicho: “Tengo un 2 por 1 para ver ‘Danza con lobos’, ¿querés venir conmigo?” Y fuimos.
Para mí no había sido una cita romántica, aunque ahora la recuerdo como la primera, la que resquebrajó las rigideces que todavía quedaban entre nosotros. Para mí era, sencillamente, la invitación de un compañero de clase cualquiera para pagar a medias la entrada del cine. A veces me preguntan si es verdad que todavía no me había “picado el bichito” del amor. Es que nunca supe desear lo imposible. Él era demasiado mediático para mí (era, como lo repetiríamos por el resto de nuestras vidas como una broma privada, “el que hablaba en las asambleas”), demasiado seguro de sí mismo, y tenía novia. No era esta razón última, no. La novia era determinante, claro, sobre todo porque era más hermosa de lo que yo alguna vez pudiera soñar con parecer, y las ocasiones en que yo la había avistado se veía apremiante, como una obra consagrada de contemplación obligatoria que nunca hubiera sufrido la etapa de ser un simple esbozo. Pero era la seguridad de Gustavo para hablar en público y sus respuestas siempre prontas y aguzadas lo que lo había colocado en un sitio diametralmente opuesto de lo que yo buscaría en un chico que me interesara como pareja. No porque no fuera capaz de gustarme, sino porque seguramente yo no le gustaría a él, con mi retraimiento y mi inadecuación política y social. Y, como dije, nunca supe desear lo imposible.
Como no era una cita romántica, yo no sentía ni una pizca nerviosismo. Si la ropa y el peinado me quedaban bien o mal para la ocasión; creo que nunca me había importado menos que ese día. Él estaba en otro de esos períodos en que había dejado con su novia; se estaban repitiendo intermitentemente esos distanciamientos, cada vez más frecuentes y prolongados, y cada vez más perentorios, como él los describía. Creo que lo más importante era que esas separaciones ya no parecían darle ansiedad. Ahora pienso que tal vez es siempre así, que cuando se viene algo grande en nuestra vida, la señal es la serenidad, pero pocas veces somos conscientes de ella, porque la serenidad es justamente eso, ausencia de perturbación y por eso, cuando sucede, lo hace inadvertida. Por esa razón él estaba tranquilo con esa separación, y yo estaba tranquila con mi indumentaria, y ambos estábamos tranquilos con la película que viéramos y los temas que habláramos, porque eso era lo que teníamos, cierta serenidad que, lo veo ahora, señalaba hacia un norte certero.
Tal vez por eso, después del cine, él se sintió en la libertad de invitarme a su apartamento. Por una parte, la sugerencia no significaría, ni remotamente cerca, una invitación al romanticismo, porque no había eso entre nosotros. Por otra parte, el sentimentalismo habría sido imposible, ya que el lugar era una ruina, y cualquier chica se habría preguntado por qué la invitaba a un sitio así. Pero a mí me invitó. Estaba orgulloso y entusiasmado con el lugar donde planeaba irse a vivir solo, y quería que yo lo viera.
Vimos la película en el Alfabeta de Barreiro y Berro, y al salir me hizo la propuesta, ya que estábamos a sólo 5 minutos de ómnibus del apartamento. Nos bajamos del 121 en Avenida Brasil y Simón Bolívar y caminamos hasta Obligado. Era la noche del Viernes Santo de 1991; ese año la Semana Santa había caído a fines de marzo. Estaba fresco, otoñal. Si cierro los ojos puedo imaginar el paisaje comercial de la Avenida, pero no puedo estar segura exactamente de qué comercios se trataba. Los recuerdo visualmente, con sus luces, carteles, y árboles, pero más adelante se harían tan familiares que no logro ponerles conceptos, palabras, como nombre y rubro; simplemente reproduzco colores, olores y temperaturas, que es lo que prevalece cuando alguien se sumerge en la experiencia.
Antes de llegar a la esquina de Charrúa, él se detuvo y yo lo imité. “Esperá”, me dijo, “Justo acaba de entrar al corredor una vecina. Vamos a darle tiempo de que se meta en su apartamento, que no quiero que me vea llevando a una chica”. Me reí, encogiéndome de hombros. “¡No te rías! Van a ser mis vecinos, y si piensan ‘este desprolijo se las trae hasta entre los escombros’, ya empezamos mal”, bromeó.
La puerta del 1303bis era nueva y hermosa. De madera con molduras, y una línea lateral de vidrio moteado dejaba entrever desde la calle la luz de una bombita mortecina que alumbraba la entrada al corredor.  Un portero eléctrico con los números de los cuatro apartamentos iluminados le daba un toque sofisticado, apropiado al barrio. El corredor, cubierto por partes y abierto en trechos, era largo como esperanza de pobre. Casi al final, después de esquivar en la penumbra baldosas sueltas y macetas con plantas ubicadas a ambos lados del estrecho camino, llegamos al apartamento 3; una puerta blanca o crema de madera lisa, sucia.
Gustavo hizo girar la llave, y se expandió, ante nosotros, la luna, como si hubiera estado atrapada, sofocada, tras la puerta, y la hubiéramos liberado. Tardé unos segundos en comprender que no estábamos saliendo sino entrando a un recinto, un gran salón con una montaña de escombros en el centro, y un techo altísimo coronado por una claraboya que cubría toda su extensión. Por allí entraba el brillo de la luna llena, la única luz en aquel apartamento que aún no tenía electricidad.
Gustavo me explicó que lo estaban reformando, que le había salido bastante barato porque era muy pequeño, antiguo y estaba venido a menos, y que lo había comprado con un préstamo del Banco Hipotecario. Ahora, sólo restaba ponerlo habitable. Y en eso estaba; en plena reconstrucción de cocina, baño y revoques. Pero de esos detalles no se veía nada. Sólo un gran montículo de escombros en el centro de lo que sería el comedor, recibiendo de pleno la luz de la luna, plateada y fría.
Me señaló entonces una escalerita empinada de hierro que subía hasta la altura de la claraboya. Daba a un altillo, una habitación diminuta, donde una ventanita daba a su vez a la azotea, que consistía en el espacio de techo de las demás habitaciones que rodeaban la claraboya. Allí la luna avasallaba, habíamos salido a su dominio. No quedó más posibilidad que un acto de humildad como el de sentarnos sobre el pretil que limitaba con la azotea del vecino. Allí, bañados por la luna, de cara a la claraboya que la reflejaba, tuvimos nuestra primera larga conversación nocturna en Obligado y Charrúa, aunque aún no era romántica.