La boda

Carmen Laffón - La novia
Fue el 24 de febrero de 1968, exactamente diez meses y una semana antes de que yo abriera mis ojos por primera vez en este mundo. Todavía está el álbum de fotos en casa, todas monocromáticas, prendidas de las páginas de cartulina negra con esquineritos dorados. Ella parecía una princesa con su vestido blanco largo, sus guantes de seda y su diadema de piedritas brillantes, y le agregaba un cierto aire de solemne misterio un velo transparente de tul que la cubría desde la cabeza hasta el pecho. De casi todas las novias se dice que parecen princesas. Esta descripción no es nada original, y de nulo valor literario. Pero permítaseme hacerla porque se trataba de mi mamá, y todas las niñas en algún momento de la vida queremos decir que nuestra mamá era una princesa. No voy a privarme de ese gusto.

En las fotos resalta mi abuelo Casimiro llevándola al altar, ya viejo (creo que siempre fue viejo, hasta su muerte veinte años después). Está también el resto de los padrinos de boda: mi abuela Wladyslawa junto a la que sería mi madrina Wladyslawa, hija del hermano de mi abuela, bautizada con el mismo nombre de su tía según se acostumbraba; estaba también el que luego sería mi padrino Pocho Ladaga, que en ese momento estaba casado con mi tía Juanita, de la cual un par de años después se separaría. De hecho, yo no recuerdo de él nada más que lo que veo en esas fotos, un hombre joven y delgado de pelo negro, que me dijeron que tenía una inmobiliaria y que en realidad se llamaba Rafael. Es posible que los títulos de padrinazgo caduquen con el tiempo y la distancia afectiva; por lo menos yo nunca más volví a saber de él, hasta que mi madre me avisó hace algunos años que había muerto. Seguramente murió de viejo, porque de aquellas fotos donde todos parecían tan felices han pasado cincuenta años, y si él tenía unos treinta y pico en aquella época, ahora tendría unos ochenta y algo, edad en la que los médicos empiezan a anotar en los certificados de defunción “Muerte natural”.
Me consta que mamá tenía miedo a ese día, a lo desconocido, a un tipo de relación humana que le era ajena y de la que no le habían hablado sino por medio de enigmáticas metáforas. Y sin embargo, a pesar del temor, a pesar del duelo por la reciente pérdida de su madre y el vacío que le había dejado al no haber quién le respondiera las preguntas que desamparadamente se hacía, ella se las arregló para hacer de su boda un momento soñado. Así como yo no puedo evitar decir que parecía una princesa, ella no pudo evitar hacer de su casamiento un cuento de hadas. He renegado mucho de mi madre a lo largo de mi vida. Pero ahora me pregunto, a la luz de estos relatos, si este empecinamiento mío con escribir historias y encontrarle una trascendencia a todo, no provendrá, en gran parte, de ella. Todo ese día estuvo bordado de detalles místicos.

La primera es la historia de las orquídeas. Ella luce, en las fotos, un ramo de tres grandes flores blancas con escasos pétalos en pico. Eran el desenlace de una trama que escuché varias veces. Se le habían metido en la cabeza. Quería un ramo de orquídeas blancas. Pero era una flor rara. Buscó por varias florerías y todas le ofrecían otras: claveles, rosas, jazmines, margaritas. No había orquídeas. Seguramente encargó un ramo respetable en alguna florería de paso, para no quedarse sin nada, pero no se rindió, y comprometió a algunas de sus amigas en la búsqueda. Un día antes, el 23 de febrero, su amiga Marie-Louise, que como profesora de música frecuentaba diferentes zonas de la ciudad durante su día de trabajo, la llamó por teléfono. En el refrigerador de una florería de la Ciudad Vieja, atesoraba sus últimas horas de frescura un ramo de orquídeas blancas armado para una novia que nunca pasó a buscarlo. ¿Qué habrá pasado con aquella novia? Nunca se sabrá. Pero mamá siempre me lo contó convencida: aquel ramo, desde el comienzo, había sido concebido para ella.  Después de la fiesta, no lo tiró a ciegas hacia atrás, como indica la tradición. Lo entregó en manos de Cristina, su mejor amiga. Se dice que la chica soltera que se queda con el ramo de la novia será la siguiente en casarse. Y así fue.

La otra leyenda es la del picaflor. Arrodillada frente al altar mientras esperaba la bendición del sacerdote, su mirada se entretuvo en la gran cantidad de flores que adornaban el frente de la iglesia, aquí y allá y más allá. Así descubrió al pájaro libando, sus pequeñas alas zumbando imperceptiblemente en su delicada danza suspendida en el aire. Ella no tuvo dudas: se trataba del alma de mi abuela, que venía a presenciar la boda a la que había dedicado las últimas semanas de su vida. Muchísimos años después escuché que los picaflores solitarios son considerados, por algunas personas, almas de seres amados que vuelven de visita, para anunciar que todo está bien. Mamá no era de esas personas: nunca creyó en esas cosas y las tachaba de supersticiones, aunque ese día, curiosamente, esa creencia fue la primera en asaltarla.

Yo también tengo leyendas al respecto, pero que surgieron cuando mamá ya había perdido su misticismo. Resultó que el Padre Juan Giedrys, cura párroco de la iglesia de la comunidad lituana del Cerro que todavía está en pie en la esquina de las calles Portugal y Bélgica, fue quien casó a mis padres (como a mí y tantos otros, así como también bautizó a muchísimos de nuestros bebés) y para tal ocasión leyó un discurso que él mismo había escrito y que luego se perdió en la neblina del tiempo. Esto no lo supe hasta hace pocos años. Al parecer, alguien habría grabado la ceremonia completa, pero nunca se supo dónde había quedado la cinta, y, como se sabe, “a las palabras se las lleva el viento”. No sé si el Padre Juan escribía cada una de sus alocuciones o lo hacía en contados casos, pero lo cierto es que ese discurso permaneció entre sus papeles en su habitación durante treinta años, hasta que él murió, una noche mientras dormía, amaneciendo recostado de lado y con el gesto dulce de quien sueña, aunque ya no respirara. Ese mismo año 1998, en esa misma iglesia, unas semanas después, estaba fijado el casamiento de mi amigo Alberto. Fue un golpe de dolor que el Padre falleciera justo antes de poder llevar adelante la ceremonia. El cura suplente, consciente de eso, se aventuró entre sus carpetas y cuadernos de apuntes, y encontró el discurso escrito para mis padres. No sé si fue elegido por ser el más hermoso, o si fue el único que halló, pero la voz del Padre Juan estuvo presente en la boda de Alberto por medio de esa lectura. Lo cierto es que yo había dejado de ver a Alberto por esa época, y no estuve invitada a la boda; ni siquiera supe que se casaba. Varios años más tarde nos reencontramos y él me regaló la página, que había conservado. Pertenecía a mi familia, me dijo. Escrita a máquina, con los nombres de mis padres en el encabezado, la fecha del casamiento, y la firma de puño y letra del Padre Juan. Fue removedor. Un círculo se había cerrado, comenzando con la boda de mis padres, terminando con mi reencuentro con la hoja de papel de cuya existencia nunca había oído hablar.

Después de años de alejamiento de mi madre, sigo narrando los enigmas de ese día, origen de mi propia historia mucho antes de que alguien acaso me soñara.

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