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Mostrando entradas de enero, 2017

Obligado y Charrúa III

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Maluco En el altillo vivía Gustavo. El otro Gustavo. No es un juego de palabras ni un acertijo. Era un muchacho un poco mayor que nosotros, más cerca de los treinta, barbudo y de pelo largo, que también se llamaba Gustavo. Un hippie, podría decirse. Y sí, creo que él también se sentiría cómodo con el calificativo, sólo que en esa época ya no se hablaba de hippies. En todo caso de “malucos”. Puede que se sintiera más identificado con ese mote, sí.
La cosa es que Gustavo, mi novio, apenas mudado tenía el altillo y un dormitorio libres en el apartamento, y los había ofrecido entre sus conocidos para alivianar la cuota del banco. Gustavo, el maluco, aceptó encantado. Había hasta entonces vivido con sus padres en el populoso “Complejo Bulevar”, junto al Canal 5, pero la desgracia que recientemente había atravesado lo iba empujando gradualmente lejos de su cómodo círculo conocido. Quién sabe, tal vez también lejos de las claras estructuras mentales, de lo que es lógico, de lo que es cabal,…

Obligado y Charrúa II

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Apartamento 1
El apartamento 1 fue siempre un enigma. A diferencia de las demás paredes del corredor, que habían sido a lo largo de las décadas pobladas de ventanas antirreglamentarias, la primera unidad había mantenido su construcción original, con su puerta de dos hojas como única abertura hacia el pasillo, detrás de la cual, si estaba cerrada, como siempre, dominaba el misterio. Me asusté la primera vez en que la vi abrirse. Ya éramos novios, y atravesábamos el pasillo con cacharros viejos de cocina que una tía de Gustavo le había cedido para que pudiera de a poco emprender su mudanza. Entonces, la puerta enigmática se entreabrió y vi asomarse una cara reseca y arrebujada de una anciana. El poco pelo que tenía era blanco y le daba un marco casi invisible al pequeño rostro.
-¿Miriam? – dijo la aparición.
Me sobresalté, pero logré sobreponerme y le sonreí sacudiendo la cabeza; que no, que yo no era quien buscaba. Pero sus ojos, acuosos, grisáceos, no me miraban; en realidad no mirab…

Obligado y Charrúa I

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A la luz de la luna

Como siempre, yo veía muy poco. Y mucho peor si sólo estaba para iluminarlo la luna. Pero no importaba lo que había para ver. Era una aventura de cualquier manera.
Pocas veces recordamos con detalle la primera vez que estuvimos en un sitio que luego se convertirá en cotidiano, pero en el caso del apartamento de Obligado y Charrúa, sí, lo recuerdo bien. Salíamos del cine con Gustavo. Era nuestra primera cita en privado y “formal”, ya que esta vez fue él quien me invitó expresamente. Antes había sido espontáneamente, a veces con un grupo de gente de Facultad y a veces solos; siempre la invitación salía de no se sabía quién, parados en la esquina, alargando las discusiones de la clase, hasta que de pronto a alguien se le ocurría: “¿Y si la seguimos en La Tortuguita?”. Pero esta vez él me había dicho: “Tengo un 2 por 1 para ver ‘Danza con lobos’, ¿querés venir conmigo?” Y fuimos.
Para mí no había sido una cita romántica, aunque ahora la recuerdo como la primera, la qu…